sábado, 28 de julio de 2018



EL PUEBLO, MI PUEBLO


         Hace muchos años, los que no eran de pueblo, los niños de ciudad que vestían pantalones cortos hasta los catorce años, aparecían predispuestos para una vida mejor, mejor que la que se nos presentaba a los niños de pueblo quiero decir. Los que habíamos nacido y vivíamos en el medio rural pertenecíamos a una clase menor, nos considerábamos como un poco juguete de la suerte. Por fortuna, echadas a la espalda un par de generaciones, las cosas han venido cambiando por sí solas, no sin que nos demos cuenta. El trabajo, la suerte, el sacrificio tantas veces, el dolor con el que se debe contar, han venido poniendo las cosas en su sitio sin que apenas nos demos cuenta. Y así, allá de tarde en tarde nos volvemos a encontrar, como producto que somos del capricho de los tiempos; hecho que suele ocurrir cada verano en la que es nuestra tierra madre, en nuestro pueblo quiero decir, escenario fiel de juegos y de viejas historias vividas, que salen a la luz y se repiten con tintes de novedad en cada reencuentro. Y es que, amigos, querámoslo o no, llevamos marcadas en la celdillas del corazón las huellas de un pasado que cada uno de nosotros conocemos.
         El amor a nuestro pueblo es una dolencia endémica que afecta a las gentes de bien, y que sale a la luz cuando nos juntamos con alguien que padece del mismo mal; circunstancia que se acentúa cada vez que volvemos al pueblo y llenamos las casas como lo estuvieron en lejanos tiempos, en nuestros tiempos, cuando nos juntábamos un centenar de niños y otro de niñas que llenábamos las cuatro escuelas, además de otra clase de párvulos que en aquellos tiempos regentaba doña Magdalena Orozco. Ahora se habla del cierre inminente de la única clase que queda, por falta de alumnado, (sólo dos niños me han dicho en edad escolar), con todo lo que ello conlleva pensando en el futuro de un municipio que yo llegué a conocer con una población de hecho superior a los dos mil habitantes, y que al cabo de medio siglo, no mas, se ha visto reducido a una décima parte de lo que entonces fue.
         A fe que en Olivares, como lugar de vacaciones y de recreo, ahora se vive bien. Los tiempos son otros. Antes fuer la ribera la que nos dio la vida y el bienestar, un tiempo feliz e inolvidable; periodo importante de nuestra existencia que no todos llegaron a conocer, pero que para mi uso no deja de ser su época gloriosa que nunca se volverá a repetir. Hoy estamos más sobrados de todo, en cambio, añoramos aquel pasado irrepetible que no volverá nunca, como tampoco lo harán tantas personas, familiares y amigos, que muy a nuestro pesar se fueron sin viaje de vuelta.
         Nos queda lo que somos y los que somos. Todavía estamos aquí presentes para vivir esta añoranza común que se traduce en cariño a lo nuestro, a todo lo nuestro, virtudes y defectos, que de todo hay, en un pueblo, a pesar de los pesares, donde nos tocó nacer, vivir niñez y juventud, y del que  nos sentimos orgullosos, como bien solemos demostrar cada verano en que poco a poco, gota a gota, vamos ocupando las casas y nos permitimos, a Dios gracias, el lujo de reencontrarnos en lugares tan agradables para la vida en común como nuestros bares y terrazas, nuestra piscina inmejorable (orgullo de nuestros veranos), y el milagro anual del reencuentro.
         ¡Ah! No se me había olvidado. Lo dejo para el final como punto de cierre a todo lo dicho. Siempre bajo la protección del Santo Niño, nuestro Patrón, el primero y principal de todos los olivareños.   

miércoles, 20 de diciembre de 2017

LA GUITARRA MÁGICA DE SEGUNDO PASTOR

     


En  fechas todavía recientes salió a la luz un libro (biografía humana y biografía musical) sobre uno de los personajes más queridos de la provincia de Guadalajara: el eminente guitarrista Don Segundo Pastor Marco, uno de los cuatro grandes de la guitarra española en el siglo XX.
Amante de sus tierras, Guadalajara y Cuenca, como a él le gustaba decir. De este libro paso a dejar constancia en el siguiente texto, no escrito por mí, pues soy coautor del mismo, sino de una pluma mucho más autorizada que la mía, la del Cronista Provincial de Guadalajara, D. Antonio Herrera Casado. Ahí os la dejo.

« A las manos me llega, y a los ojos asombrados, este libro que recupera la memoria de uno de nuestros grandes personajes provinciales, Segundo Pastor, el músico e intérprete de la guitarra española, natural de Poveda de la Sierra, que marcó una época de la historia musical española con sus composiciones y sus interpretaciones.
         Ha querido la Diputación Provincial de Guadalajara, siempre atenta a los acontecimientos y conmemoraciones relativas a la historia cultural de nuestra tierra, conmemorar el centenario del nacimiento de Pastor, publicando este libro, en el que se vuelca la memoria biográfica y el resumen de su intensa actividad artística.
         Y se consigue este meritorio trabajo evocador gracias a dos personas que durante mucho tiempo han dedicado particularmente su empeño en rememorar al molinés de pro: de una, el veterano escritor y periodista José Serrano Belinchón, de la Real Academia Conquense de Artes y Letras,  quien hace detallada la biografía del guitarrista. Ocupa su trabajo 36 páginas (entre la 9 y la 44 del libro) y en ellas nos muestra con detalle el devenir vital de este hombre único, plural al tiempo, maestro siempre.
         El otro de los firmantes del libro es Pedro Ruiz de Luna, discípulo y amigo, entrañablemente unido al guitarrista, y por tanto conocedor en profundidad de su obra, de sus quehaceres y milagros. Porque lo que consiguió Segundo Pastor con su arte musical, la devoción que suscitó en las masas que lo oían, solo puede calificarse de tal. Como una obra musical conciben los autores este libro, en cuatro partes dividido:
1.- El primer movimiento lo titulan “Vida” y es la biografía escrita por Serrano Belinchón.
2.- El segundo se presenta como “Voz” y en él se recogen conversaciones, declaraciones, entrevistas e influencias de Segundo Pastor.
3.- El tercer movimiento lleva por título “Retrato” y es como un viaje al interior del artista, avanzando por su metáfora musical para intentar allegar al fondo de su personalidad.
4.- El cuarto y último de estos pasos es el denominado “Coral” por los autores, y allí aparecen las voces que otros le entregan, tanto en forma de poemas, de imágenes y retratos, como de cartas dirigidas.
         El libro se completa con un epílogo, otra despedida, y un pequeño glosario musical que precede al índice onomástico.
         La cubierta, severa y clásica a un tiempo, se debe a Alba Ruiz de Luna Meyerhans, y la maquetación , sencilla y práctica, se debe al propio Pedro Ruiz de Luna González, junto a un equipo del que ha sabido rodearse.
         Un libro, en suma, que viene a saldar una deuda de la provincia de Guadalajara con la persona y la personalidad de Segundo Pastor. Una tarea bien hecha, una cumplida razón de amistad y bonhomía. Un éxito seguro. »

El libro, “La guitarra mágica de Segundo Pastor”, se vende en librerías y lleva incluido un CD en el que se recogen 20 títulos musicales compuestos e interpretados a la guitarra por el propio biografiado. 

martes, 4 de julio de 2017

NUESTRA IGLESIA



OLIVARES DEL JÚCAR
(Copia literal del nomenclátor de la diócesis de Cuenca)
IGLESIA DE LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA

Datos históricos: «Iglesia de mampostería y el techo de madera. (1)
«Aldea de don Alonso de Toledo y Guzmán, de 250 vecinos. De dos naves de manpostería y los arcos y postes de cantería, cubierta de madera. Hácese la torre, está alta del suelo como dos estados. Tiene la obra Francisco Prieto, cantero (2). La fábrica de cal y canto y muy antigua aunque se compone de dos capillas a lo moderno. El Altar Mayor ha hecho una quiebra y en especial la torre que tiene una grande por un rayo que cayó. Tiene dos campanas muy lindas y su órgano. De una nave aunque no está abovedada. Está bien de plata y ornamentos (3). Que se enluzca la bóveda del Altar Mayor (4). Que se haga nueva la pila bautismal (5).

IGLESIA ACTUAL

Fábrica de mampostería bien conservada. Torre cuadrada de tres cuerpos en el segundo con aristas achaflanadas. Portada bien compuesta con columnas exentas en los laterales y escudo con el anagrama de la Virgen en la clave.

INTERIOR: De dos naves, separadas por columnas cilíndricas con collarines de bocel y base cilíndrica sobre pedestal de dado. En el crucero, bóveda de media naranja sobre pechinas. La nave central con bóveda de medio cañón. A los pies, capilla con cúpula de media naranja sobre pechinas muy decoradas con relieves de escayola pintada, águilas bicéfalas y ramos muy abultados.

ENSERES Y MOBILIARIO: Retablo mayor de rocallas. Siglo XVIII. Cajonería , alacenas y frontal superior de cuarterones y peinazos formando cruz. Sobre el tablero del frente, hornacina con hueco para la cruz y las aletas, con borde de rocallas recubierto todo con pintura al óleo.

ORFEBRERÍA: Custodia de metal dorado de aros en el ostensorio y unión del mismo con el pie de tallos metálicos sueltos. 0,58 x 225. Copón de plata lisa, nudo cilíndrico sobre tronco de cono invertido; a la tapa le falta la cruz. P/SERANO. 0,25 x 0.12 (6).

AGUAMANIL (palangana y jarro) de plata lisa. P/meneses. Jarro, 0,13 x 0,08. Palangana, 0,08 x 0,08.

CALIZ de plata lisa, nudo de disco y otros varios discos en el vástago, pie liso escalonado P/ARA MAS BER(inscripción en forma de cruz) y otros dos signos. 0,24 x 0,145.

CALIZ de plata lisa con nudo de disco sobre cono  invertido P/AV.

BANDEJA  de metal plateado.

ERMITAS: San Roque y Santa Bárbara.

COFRADÍAS: Santísimo, Vera Cruz, Rosario, Asunción, Nombre de Jesús y Ánimas (7).

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(1) ADCCE Visitas 1, año 1569
(2) ADC L-202, año 1579
(3) ADCCE. Visitas 3, año 1711.
(4) ADCCE. Visitas 9, año 1746
(5) ADCCE. Visitas 16, año 1764
(6) «Mandó se hiciera un Copón de forma nueva con la tapa asida con sus goznes. Para ello se deshaga los dos viejos y las crismeras viejas dejando la de los enfermos» ADCCE, Vistas 9, año 1746.
(7) ADCCE Visitas 3, año 1711 (repetido)

    

martes, 27 de septiembre de 2016

EL PUEBLO SE HA QUEDADO SOLO


He pasado los últimos cinco días en mi pueblo aprovechando los postreros soles del verano y las primeras soledades del otoño. Es un buen momento para perderse en los viejos recuerdos del pueblo donde uno nació, donde fue niño y donde pasaron aquellos años, siempre presentes en la memoria, de la primera juventud. Por estas fechas los pueblos de Castilla ya están sin gente, se han quedado vacíos. Por las calles de Olivares, mi pueblo, no es fácil encontrarse con un alma ambulante antes de las diez de la mañana. Luz y silencio. Las campanas de la iglesia suenan a clamor. Acaba de morirse Julián, me ha dicho Águedo. Julián Moya; era muy mayor y rara vez se le veía por la calle. El pueblo está solo. Nadie diría que ésta es parte de la plaza y de la calle donde se reúne gran cantidad de gente en los días de la fiesta mayor del Santo Niño. Pero es el pueblo, mi pueblo, con su espacio en propiedad dentro del corazón de los olivareños, de los pocos que quedan allí y de los muchos a los que la vida nos fue repartiendo a su antojo por otros lugares de España y aun fuera de ella. Os dejo la imagen como recuerdo.

domingo, 28 de agosto de 2016

UN LIBRO DE CUENTAS DEL SIGLO XIX

   
      En mi libro sobre Olivares, publicado en 1995, con el título “El manuscrito de Bernabé Buendía” di cumplida información sobre un libro de cuentas, escrito por un erudito y prestamista olivareño de más de cien años atrás, quien a su vez daba noticias curiosas de la vida del pueblo entre operación y operación. Una actividad bastante al uso entre los adinerados de la época, los cuales se desenvolvían entre la usura y el abuso, frente a los más débiles económicamente de lugar. Por fortuna, aquello se reguló tiempo después, de manera que la actividad del posible prestamista espontáneo se convirtió en delito o, cuando menos en falta grave.


         Hoy ha caído en mis manos otro ejemplar de la misma época, similar a aquel; un totum revolutum en el que hay de todo: cuentas de préstamos y débitos, sobre todo; recetas para hacer varios tipos de galletas, y hasta un canto piadoso para la Semana Santa. Este libro se divide en dos partes, escritas en lugar y en épocas diferentes. Una primera parte la completa, hasta con cierto orden, un tal Leonardo López Villaseñor, vecino de Saelices, en donde rara vez aparece alguna de sus víctimas de Olivares, aunque las hay. Las fechas corresponden a la última década del siglo XIX. La segunda parte comienza con diferente tipo de letra, también manuscrito, pero de treinta años después. En esta segunda mitad, el prestamista, cuyo nombre no aparece por ninguna parte, centra toda su actividad en Olivares, comenzando en el años 1926 y siguientes, hasta poco antes de la Guerra Civil. Alguien, muy al final, en una de las páginas en blanco que le sobraron al segundo usuario del manuscrito, con letra más actual y sin faltas de ortografía, dejó una reseña en la que se puede leer: “Día 20 de Noviembre de 1975. Muere el Jefe del Estado Francisco Franco a las 6 de la mañana”; lo que no deja de ser chocante.
         En esta sugerente y variopinta segunda parte el desorden es total. Se ve que lo utilizan varias personas. Hay trozos escritos a pluma y trozos a lápiz. Predominan las cuentas de préstamos, tanto en metálico como en especie (trigo, cebada, paja…) Ahí me encuentro con nombres de paisanos que yo he llegado a conocer, del tiempo de nuestros padres y de nuestros abuelos, por lo que me parece incorrecto reflejar sus nombres, pues en su mayoría se trataba de deudores del desconocido personaje.

         Para su encuadernación, el primer usuario utilizó las tapas en piel repujada de un libro de la época, cuyo título era “Guía de forasteros en las Islas Baleares. 1851” De este libro saco como más interesante la situación social de nuestro pueblo hace poco más de un siglo, las marcadas diferencias entre unos y otros, predominando las economías bajas o muy bajas frente a la situación boyante de unos pocos. Al final se puede sacar otra conclusión inequívoca: que nadie, ni ricos ni pobres, vivían mejor de como vivimos hoy. En eso -y pese a lo que todavía nos falta- hemos mejorado bastante. Aquí lo dejo.     

lunes, 22 de agosto de 2016

A FELIPE "IN MEMORIAM"


A su primo José Antonio y a mí, que a principio de los años sesenta  hicimos la mili corriente y moliente en el cuartel donde él era oficial, nos aconsejó el entonces joven teniente Aparicio -oriundo de Villares del Saz- que nos hiciésemos cabos, como primer paso para conseguir un buen destino al salir del campamento. Así lo hicimos y así sucedió después. Un grupo de veinte salimos nominados, no al regimiento de Artillería A.A. 71 que era nuestro destino inicial, sino a la Jefatura de Artillería del Ejército, sita en el Ministerio, que como sabido es se encuentra en un lateral de la Plaza de Cibeles. Despachos todos de jefes y de algún que otro general.
         Como lugar de residencia nos adjudicaron en calidad de agregados al Parque y Maestranza de Artillería como cuartel más cercano. La suerte quiso que para mí, salvando las distancias, aquello fuera un poco como mi propia casa, pues me encontré con personas conocidas y eso siempre viene bien en semejantes circunstancias: el teniente Escribano, Félix Buendía a punto de ascender a sargento, los soldados Felipe Beltrán y Felipe Belinchón, mis quintos, el primero de ellos encargado de la lavandería del cuartel y el segundo asistente de algún oficial.
         Aunque mi grupo tenía un horario distinto de comidas y la estancia en el cuartel se limitaba tan sólo al comedor y al dormitorio, a los Felipes los veía casi a diario. Por razones que no vienen al caso, algunas noches volvíamos al cuartel después del toque de silencio, de manera que para llegar a nuestro improvisado dormitorio debíamos pasar por la batería en la que dormían los “enchufaos” del cuartel, entre ellos los dos Felipes, con sus literas juntas y su costumbre de dormir con los pies al descubierto. Algunas noches, al pasar, se me ocurría hacerles cosquillas en los pies, a lo que Felipe Beltrán me respondía con un exabrupto;  y otras, cuando hacía frío, procuraba taparlos.
   
      Han pasado casi sesenta años. Felipe Beltrán (Balagué entre los amigos) falleció años atrás, y el otro Felipe atraviesa el último tramo de su vida soportando la cruz de una enfermedad cruel. Tanto el uno como el otro son dos de las personas del pueblo para las que guardo el mejor de mis recuerdos; dos amigos especialmente queridos. Cuando las estancias del cuartel estaban desiertas, Felipe Beltrán entraba en la minibateria donde nos habían instalado a los del Ministerio, y me cambiaba las sábanas por otras limpias todas las semanas (a los demás, los servicios del cuartel se lo hacían cada quince días). Alguna vez me hizo la petaca, y otras me recriminaba de sucio y de dejao, que no había por dónde cogerme. Felipe disfrutaba con eso, y yo también.
         Saco estas cosas a colación, porque días atrás, alguien de los que vinieron a las fiestas del pueblo, me preguntó si ese Felipe Beltrán al que estaba dedicado el polideportivo era algún deportista famoso, hijo de Olivares, o algún personaje importante relacionado con el mundo del deporte. Le dije que no, que Felipe era Felipe, alguacil que fue durante casi toda su vida, servidor fiel del municipio, persona querida por todos, pese a sus salidas de pata de cabra tantas veces, a su censurable vocabulario en tantas ocasiones, regañón cien por cien porque ese era su carácter; pero una persona entregada al servicio del pueblo haciendo las cosas lo mejor que pudo,  pese a su estado de salud no siempre en exceso boyante.
         Varios días después de la inauguración del estupendo polideportivo que lleva su nombre, lo cogí una mañana y le dije que se viniera conmigo a dar un paseo hasta el Pozo y que a la vuelta nos tomaríamos una cerveza en el bar. La primera respuesta fue mandarme a paseo a mi solo, usando de la antigua confianza, con una de sus frases irreproducibles. Al final aceptó. Mi propósito no era llegar hasta la fuente del Pozo, sino sacarle una fotografía delante del polideportivo dedicado a su persona. También me costó lo mío hasta que se puso donde le indiqué y al fin se dejó fotografiar. Aquí os lo dejo como recuerdo.

domingo, 21 de agosto de 2016

TERMINARON LAS FIESTAS


Hemos llegado al final de las fiestas del Santo Niño en Olivares de Júcar, mi pueblo natal. La última página del libro de fiestas concluyó esta madrugada a las seis, con la actuación de la orquesta Maxims en la última sesión de “baile en la plaza”. Como resumen, y salvo mejor opinión que no dudo las habrá, quiero destacar dos actos en los que la gente se suele contar por centenares. Con ello me refiero a la Misa y procesión del día clave de la fiesta (martes 16), y a la “comida popular” en el deportivo (sábado 20), éste, de carácter más familiar, más íntimo, al que por lo general sólo asistimos los hijos del pueblo y familiares.
         El menú es siempre el mismo: caldereta con carne de toro cocinada por hombres, en una docena de recipientes distintos, a modo de concurso, con premio final para la que el jurado considera la mejor de todas; difícil decisión, pues todas son estupendas, si bien, con alguna pequeña diferencia, digamos de matiz. Este año, la comisión nos ha sorprendido con el obsequio, además, de medio melón o un cuarto de sandía por mesa; un detalle que habrá que revisar en futuras ediciones, pues hay mesas o grupos de dos o cuatro comensales, junto a otras de diez, de doce o de catorce. No obstante, se agradece el detalle. La bebida, por parte del comensal.

         Han terminado las fiestas sin que en ellas hayamos tenido algo que lamentar, cosa muy a tener en cuenta; pues suelen ser bastante corrientes los conflictos en este tipo de acontecimientos, casi siempre por exceso de bebidas perjudiciales, que no lo es en nuestro caso. Favor que, como siempre, tenemos que agradecer a nuestro Patrón, el Santo Niño, primer valedor de nuestro pueblo; un pueblo en paz del que no sólo nos sentimos honrados, sino orgullosos.

jueves, 11 de agosto de 2016

LA IMPORTANCIA DE NACER EN PUEBLO


         Es bien sabido por muchos de los que me conocen que tengo una manifiesta debilidad por los pueblos de España, de manera especial por los de Castilla y especialísima por los de Guadalajara y Cuenca, provincias en la que vivo y en la que nací, respectivamente. Los pueblos de Guadalajara los conozco todos: 434 en los que aún vive gente, sobre todo en verano. Y los conozco no como mero espectador o como turista de paso, sino como persona interesada por ellos, cuyo deseo no ha sido otro que conocerlos bien y dejar constancia escrita de ellos pensando en la posteridad. A los de Cuenca los conozco menos, pero debo decir que me interesan todos, y que me hubiese gustado, si la vida en plena forma para hacerlo diera más de sí, haber hecho de ellos otro tanto. Algunos los he visitado y he escrito de ellos, pero son los menos. No obstante, y por razones de peso que a nadie se le escapan, un pueblo de Cuenca tiene garantizada la mayor parte de mis amores y de mis querencias. Me refiero al mío, al pueblo en donde nací, donde fui niño, donde están enterrados mis padres y viven dos de mis hermanos.
         Mi pueblo tiene bonito hasta el nombre: Olivares de Júcar se llama. ¿Cuál otro lo podría igualar?: Madrigal de las Altas Torres?, Villanueva de los Infantes?, Sos del Rey Católico…? No sé; los encuentro demasiado pomposos y altisonantes. Me quedo con el mío.

         Cuando yo era niño, mi pueblo andaba en torno a los dos mil habitantes o algunos más. En Olivares había cinco escuelas repletas de alumnado; contaba con un funcionariado completo y con sanos deseos de vivir. Buenas tierras para la agricultura, que mis paisanos trabajaban con ilusión y con sabiduría; la Nacional II pasaba por el pueblo y le daba vida. Teníamos una ribera formidable de regadío, suficiente para sobrevivir en caso de extrema necesidad, que jamás llegó a darse.
         Se construyó el pantano de Alarcón, subieron las aguas embalsadas hasta cubrir la ribera por completo, y la mitad de la población se quedó sin trabajo y sin medios de subsistencia. Comenzó la obligada diáspora, la gente se fue. La siguiente generación, una buena parte de los que nos quedamos allí nos fuimos abriendo camino por otros derroteros, hasta que el pueblo se fue quedando en la décima parte de lo que había sido; uno más, un futurible lugar de gene mayor, como lo ha pasado a ser gran parte del medio rural castellano. Durante el verano el pueblo se rejuvenece; intenta ser lo que antes fue -por cuanto a población se refiere- por obra y gracia de las fiestas del Santo Niño, nuestro Patrón.

         Como de costumbre, he acudido puntual a la cita con parte de mi familia. Reencuentro con la antigua amistad; momentos y ocasión única de recordar tantas cosas buenas de nuestros años jóvenes, y otras no tanto; pero que llevan el calor y el color de lo que es nuestro y nos devuelve, un poco en alas de la fantasía, a aquellos tiempos ya idos, peores quizás, pero que tuvieron la gracia de hacernos felices; una felicidad muy distinta de la que hoy podemos disfrutar y que ahí está, ocupando su espacio en las celdillas del corazón, que es, siempre lo he creído así, como la primera página del libro de nuestra vida.    

miércoles, 13 de julio de 2016

ESTUVE EN EL PUEBLO

    
     El verano nos saca a veces de casa, con todas las ventajas y con todos los inconvenientes que la tan deseada estación suele llevar. Volver, aunque de tarde en tarde, al pueblo, es una situación excepcional, grata siempre, que a mi me gusta experimentar, cada vez con un mayor deseo.
         Y es que a medida que los años pasan, se van acumulando ingentes cantidades de nostalgia en la memoria y en el corazón por mi lugar de origen, por donde fui niño. Uno tras otro van pasado por el cerebro los recuerdos y las imágenes que no se borran nunca; escenas graníticas, inamovibles, que toman parte de mi personalidad sin que el tiempo haya conseguido evitarlo. Tal vez esto mismo nos ocurra a casi todos.
         Desde los callejones de esta otra parte del Barranco del Pilar, me he detenido -no es la primera vez- unos instantes en contemplar mi casa, la casa de mis padres, en la que yo nací y viví parte de mi juventud. Los recuerdos del pasado se agolparon en mi memoria, desfilando rápidos, a velocidad de vértigo, los felices y los que no lo fueron tanto, pero queridos todos, y las personas, los muchos que fuimos allí y de los que vamos quedando tan pocos. Permanecen, a Dios gracias, los muros encalados de aquella enorme mansión, sus ventanales de uno y otro lado, sus estancias que, pasados muchos años, me llevan a evocar momentos concretos de mi infancia y de mi adolescencia.
         De mis padres, la casa  pasó a pertenecer a Esperanza, mi hermana mayor de tan feliz y piadosa memoria, y de ella a sus hijos e hijas, mis sobrinos, que aunque son seis, tienen espacio suficiente para todos. Con cierta frecuencia, unos u otros vienen a pasar unos días en ella. Toda una satisfacción que la magna obra de mi padre sirva, después de tantos años, como lugar inmejorable de esparcimiento para sus nietos y bisnietos; cosa que no siempre suele ocurrir.

         Tarde de verano, la casa hoy está cerrada, dentro se sentirá el murmullo del caño de la “pila”, agua natural de la que bebíamos de niños. Debo decir, con el corazón un poco en volandas, que siento emoción al mirarla, emoción y cariño, un cariño inmenso e indefinible. Me marcho pensando en tantas personas queridas como vivimos allí, de la familia y de tantos que vivieron con nosotros, que el furor de la vida se llevo por delante. Una lágrima de afecto quiere saltar; le impido que salga. Por un momento me he sentido inmensamente feliz contemplando mi casa desde este otro lado del Barranco.            

domingo, 27 de marzo de 2016

SEMANA SANTA EN EL PUEBLO


Tres días en el pueblo. Cambio de hora, pequeño chubasco matinal, bajas temperaturas… Hemos decidido adelantar unas horas el viaje de regreso y ya estamos en casa. Los días clave de la Semana Santa han sido estupendos. Precisamente porque solemos ir de tarde en tarde, uno acostumbra tomar el viaje al pueblo con verdadero deseo. Es allí donde nos reencontramos con nuestro pasado, que no es pequeña cosa. Recuerdos perdurables de otro tiempo en cualquier paraje, en cualquier esquina, en cualquier rincón de nuestro pueblo, vuelven a ocupar su espacio prominente en la memoria y, por qué no, también en el corazón durante unos instantes; pocos, pero sí los suficientes como para saborear con exquisito gusto el poso, lejano ya, de otros tiempos.
         Olivares, mi pueblo, ha disminuido en su número de habitantes de manera aparatosa durante los últimos cincuenta años. De las dos mil almas que llegó a tener como censo, a los tal vez menos de quinientos que tiene hoy, la pérdida se sitúa en los límites de lo considerable. Viene a ser la misma proporción en la que se ha hecho aumentar la superficie del cementerio. Cinco o seis fallecimientos durante los últimos dos meses ha supuesto un impacto demasiado fuerte como para no acusarlo. Cuando llegamos en la mañana del Jueves Santo, la gente, no sólo del nuestro sino de otros pueblos más de la comarca, volvían del entierro de Jesús Beamud, un olivareño querido por todos que venía arrastrando su mal desde hacía varios años, quien al final tuvo que rendirse ante situación tan comprometida. En la noche del Viernes, los pasos del Cristo de la Nave y del Santo Sepulcro hicieron un alto frente a su casa junto al Calvario, y la trompeta lanzó al aire de la noche un canto de dolor. Al día siguiente, Pilar, su viuda, a la que subimos a acompañar durante unos minutos, nos habló de él viéndose reflejado en su rostro la viva señal de la amargura, pero con una entereza ejemplar.
         Por las calles del pueblo, a redoble de tambor y repiqueteo de palillos, desfilaron las cuatro cofradías que componen nuestra Semana Santa. Actos litúrgicos propios de esos días, Misa de Pascua y procesión del Encuentro, a la que la situación atmosférica no ha querido contribuir; y el pueblo, mucho me temo que mañana mismo volverá a quedarse en su expresión mínima, con su silencio, su quehacer diario; pero eso sí, con su campo hermoso, provocador: verde, azul y siena, en magnífico juego de tonalidades, con las que se pinta el paisaje y que no son otras que las del verde intenso de los sembrados, el azul de las aguas del pantano allá en la distancia, y el siena de la tierra madre, de la que tanto saben mis paisanos, los trabajadores del campo.

 Y como nota final, una puntualización, una idea, un consejo, nunca un reproche. Y es que seguimos echando en falta la asistencia de una representación de las cofradías en la procesión del Vía Crucis, el Viernes Santo a las once de la mañana por las calles del pueblo. Centenares de fieles en las procesiones vespertinas, soportando el frío, a veces la lluvia, todo fantástico y realmente encomiable, un ejemplo de silencio y de respeto que de verdad nos honra; pero eso de que sólo hayamos podido contar quince personas acompañando al Señor en su Camino del Dolor, es algo que deberemos corregir. Con cuatro o cinco personas de cada una de las cofradías, el pequeño grupo de la mañana del Viernes Santo tomaría más cuerpo y más color; contribuiría a mejorar esa Semana Santa que nunca debemos consentir que aminore en su interés. Pienso que no supondría el menor sacrificio; si, en cambio, una manera más de ensalzar los actos religiosos de nuestra Semana Grande, de la que tenemos motivos bastantes para sentirnos orgullosos.    

jueves, 3 de diciembre de 2015

"CUADERNO DE RECUERDOS"


Hace unos meses que terminé de escribir “Cuaderno de recuerdos”, titulo de “mis memorias”, una edición privada, íntima y familiar, de la que sólo he hecho 8 ejemplares para la familia, hijos y demás, y amigos más próximos. Es, como todos los de su especie, algo así como el libro de mi vida durante los primeros setenta y cinco años, del que os dejo un par de páginas de mis años de juventud en Olivares. La foto, mala de solemnidad, nos la hicieron en el Puente de la Vega, y aparecemos en ella, de abajo a arriba: mi primo Rafael Santoyo, Pedro José Bermejo, Honorio García y yo. Supongo que nadie nos reconocerá. Ahí os dejo el texto prometido. 

         «Creo que es éste el momento oportuno para hacer una breve referencia a la vida extraescolar, de vacaciones de verano, en aquellos años de adolescencia, cuando con muy pocos recursos, los quinceañeros teníamos que dar rienda suelta a los impulsos propios de la edad, teniendo en cuenta la situación y las circunstancias particulares de cada uno.
         En aquellos veranos de los años 1953 a 1955, algunos de los mocetes del pueblo con los que más trato solía tener, por motivo de trabajo disfrutaban de menos tiempo libre del que disponía yo. Las tareas de la siega, la recolección, la trilla y los demás quehaceres propios de ese tiempo en el medio rural, tenían ocupados a varios de ellos durante casi todas las horas del día. Para otros, como era mi caso, el compromiso al respecto era más suave, apenas me ocupaba algunas madrugadas, alguna mañana entera también, como “hacedero”, es decir, para alzar con la horca los haces de mies al mozo (Sixto), que se encargaba de ir colocando convenientemente sobre el meriñaque del carro hasta que se completaba la carga; labor que se solía cumplir de buena mañana, para evitar los fuertes calores del día. Alguna vez me tocó colaborar en las labores de la era, pero muy poco, de ahí que tuviera muchas horas para disfrutar del verano. Otros, en cambio -caso Pedro Belinchón y alguno más-, no tenían trato alguno con esas faenas, de manera que podían disfrutar libremente de todas las horas del día.
         Con los amigos “menos disponibles” nos solíamos encontrar alguna vez por la calle, sobre todo por las noches en momentos muy concretos, y en las tres fiestas de guardar más importantes del verano, que eran tres: el 18 de julio, el 25 del mismo mes, fiesta de Santiago Apóstol, y el 15 de agosto, solemne celebración de la Asunción de la Virgen. Cuando prácticamente se habían terminado los trabajos más urgentes del verano llegaban las fiestas mayores en honor del Santo Niño, nuestro Patrón, que por entonces tenían lugar el tercer domingo de septiembre, y duraban tres días. Eran unas fechas deseadas por todos, soñadas y preparadas convenientemente para disfrutar de ellas, sobre todo la juventud.
         Muchos de los mocetes y de los jóvenes del pueblo solíamos estrenar traje el día de la fiesta. Compraban el corte, al uso de última hora, nuestras madres en los almacenes de Modesto Abad, en Valverde, y nos los confeccionaba a medida un sastre de Valverde que se llamaba Aurelio. Tomarnos medida, probarlo, ir a recogerlo, era como una liturgia anual que nos obligaba a bajar en bicicleta (28 kilómetros entre ida y vuelta) todos los veranos. Hubo años en los que el enorme acopio de trabajo del sastre, nos obligó a bajar a Valverde en la mañana del mismo día de la fiesta. Regresar al pueblo sudorosos, lavarnos un poco -no había duchas-, plantarnos el traje, y salir en exposición a la hora de misa. Por aquellos años estaban en moda los color gris marengo y verde ike, y los bajos de las perneras lo más estrechos posible, dentro de lo razonable. Los pantalones de campana, es decir, la concepción opuesta, aparecerían una generación después de la nuestra.
         Las tres ocupaciones principales a las que dedicaríamos nuestro tiempo durante las fiestas del Santo Niño eran: la misa y procesión, en donde estrena y lucir nuestros trajes; el baile, como único contacto con las chicas de nuestra edad; y el bar o las tabernas, a los que con cierta moderación éramos bastante aficionados. En las horas intermedias nos bajábamos a pasear por las Arrevueltas, a fumar donde no nos viera nadie. Nos comprábamos a escote entre unos cuantos un paquete de “Ideales” de hebra, que procurábamos nos durase todo el día. Costaba dos pesetas y diez céntimos. Si se trataba de fiestas importantes, como las de Navidad o el Santo Niño, siempre aparecía alguno por allí con un paquete de “Bisonte”, tabaco rubio sin grandes pretensiones, de uso personal y restringido, que costaba seis pesetas y lo solíamos adquirir en el estanco de Valverde.»


lunes, 2 de noviembre de 2015

     
       El recuerdo de nuestros antepasado, familiares y amigos, nos llevó a pasar en el pueblo el fin de semana. Festividad de Todos los Santos. Nada especial que no sepamos. El sábado tuvimos un día estupendo; domingo día 1 la climatología se torció, el cielo se cubrió de nubes amenazadoras, pero aguantó sin llover y nos permitió regresar a casa sin el inconveniente de la lluvia ya en noche cerrada. El día de Todos los Santos sopló un viento fortísimo que acabó tirando por los suelos del cementerio muchos de los ramos y macetas de flores con los que la gente había engalanado las tumbas de sus seres queridos.

            Para los amigos que siempre agradecen las fotos del pueblo, aunque no llevé la cámara con la que acostumbro a tomarlas, sí que con el móvil saqué ésta desde la casa de mi hermana Pili, en el Calvario, con medio término de Olivares en la distancia, incluso de Villaverde y de Valverde allá al fondo, con el agua del pantano en la ribera donde ya se distinguen los pigotes de cemento del puente de la Caserna, a medida que el nivel del agua va descendiendo. Fue en la tarde del sábado, con esa iluminación especial de la ribera en las tardes de otoño.   

domingo, 4 de octubre de 2015

LA QUINTA DEL 65


Un grupo importante de chicos y chicas (hoy hombres y mujeres) nacidos en nuestro pueblo en el año 1965, tuvieron el pasado día 3 el encomiable detalle de reunirse para celebrar en conjunto el feliz acontecimiento de cumplir durante el presente año sus 50 de edad; los cuales, sin considerar las distancias, pues los había de Madrid, de Valencia, del País Vasco, de Cuenca, y de otras provincias de España como sitio de residencia, se dieron cita en Olivares, su pueblo natal, para compartir en amigable grupo una comida de hermandad en uno de los conocidos restaurantes de La Almarcha.

            La idea partió, parece ser, de Luis Valera (Conejo, para entendernos), quien se puso en contacto con todos, organizo el evento, y así hasta verlo exitosamente y felizmente cumplido. Solo una chica faltó por motivo más que justificado.
            El hecho de reunirse por lo menos una vez en la vida tiene su importancia y merece ser noticia emitible y publicable. Reconozco que otros lo hicimos antes, aprovechando las fiestas del Santo Niño, cuando todos estábamos en el pueblo, lo que le resta casi todo el mérito. Por eso quiero hacer constar que el gesto más hermoso, el que da a la noticia un carácter muy por encima de lo que otros hayamos podido celebrar en tiempos pasados, ha sido el que pensasen en invitar a una persona querida por todos, a una mujer que dejó en sus vidas una marca muy difícil de borrar. Me refiero a la que tuvieron por maestra cuarenta años atrás, a doña Pilar Bravo Bustos, doña Pili de tan grata memoria. Averiguaron su paradero, fueron a buscarla, y a devolverla después a su casa, según he sabido a altas horas de la noche.
            Doña Pili ejerció su profesión docente en Olivares durante nueve años, allá por la década de los setenta. Ella ha merecido por su calidad humana y profesional el título de Querida Maestra, de la amiga de todos, de esa persona que un día se puso en su camino y a la que abiertamente los que fueron sus alumnos profesan perpetua gratitud.
            - ¿Qué recuerda -le pregunté- de su paso por nuestro pueblo?
            - El afecto de la gente -me respondió-. Y el mucho contacto que tuve con todos.
            - Y de este simpático homenaje, ¿Qué recuerdo guardará a partir de hoy?
            - Mi más sentido agradecimiento. Todos son ya hombres y mujeres que tienen cada uno en mi corazón su rinconcito como algo propio.
            - Durante aquellos años residió, quiero recordar, en casa de mi abuela ¿Qué queda de ella en su memoria? 
           -La abuela Basilia era una mujer muy especial. Le gustaba hablar conmigo. Me solía contar cosas de cuando la guerra. Recuerdo muy bien que me decía que cuando hicieron el puente de la Caserna, vinieron a trabajar unos vascos altos como pinos.

            Para que no falte la presencia humana con sus nombres y apellidos, de los antiguos alumnos de doña Pili presentes en el acto, los paso a nombrar, creo que por el orden en el que estaban sentados en la larga mesa del restaurante, y que según la nota que se me facilitó, fueron los siguientes:

Mariano Cantero, María Angustias Moreno, Luis Alberto Díaz, Fernando Moya, Jesús Alberto Domínguez, Juan Carlos Belinchón, Luis Jiménez, Carlos Domínguez, Carlos Gustavo García, Clara Isabel Buendía, (Doña PILAR BRAVO), Jesús Olmo, José Luis Domínguez, Luciano Belinchón, Luis Valera, Encarna Alcalá, Begoña Toledo, Mari Luz Belinchón, Ana Esther Toledo, Lourdes Beltrán e Inés Osa.
           
           (A TODOS Y A TODAS MI FELICITACIÓN. SOIS FASNTÁSTICOS)


sábado, 29 de agosto de 2015

TERMINARON LAS VACACIONES


Hemos pasado en mi pueblo natal (Olivares de Júcar) unos días, como en lo que va quedando de mi familia viene siendo costumbre. Septiembre, ya tan próximo, nos pasa el aviso de que tenemos que volver a casa, a lo ordinario, a lo de siempre, e irnos despidiendo del pueblo hasta otra nueva ocasión no demasiado lejana, cosa que posiblemente haremos dentro de unas horas. Mis paisanos se quedan en sus trabajos habituales y el pueblo reduce su número de habitantes en un doscientos o en un trescientos por cien. Ha pasado la recolección del cereal e inmediatamente comenzarán con la recogida del girasol. La cosecha parece no haber sido demasiado buena. Entre uno y otro quehacer hay quienes dedican unos días a la recogida del almendruco, como es el caso de mi cuñado Jesús.

            En la foto podéis apreciar una escena de la limpia del almendruco recién cogido del árbol de forma manual. Familiares y amistades acuden al acto de la limpia como ayudantes, es decir, a dejar el almendruco al descubierto para la venta, libre de todo tipo de malezas. Son muchos los campos de la Mancha que se dedican al cultivo, cuidado y explotación de los almendros, que pronto se convertirán en el ingrediente principal para la fabricación del turrón navideño y demás aplicaciones, previo paso por cierto tipo de maquinarias encargadas del descascarillado, labor complicada y dicen que muy ruidosa. Aunque es poco lo que se habla de él, se trata de un importante producto de exportación, siendo la comarca manchega una de las principales productoras de España. 
Aunque supongo conocéis a todos los de la foto, os diré que de izquierda a derecha son: Adora Moya, mi hermana Pili, mi cuñado Jesús, Augusto y mi prima Araceli su mujer, y Jesús hijo. Obsérvese el perfecto estado de forma de mi sobrino.
   

viernes, 21 de agosto de 2015

EN LA FIESTA DEL SANTO NIÑO


Qué más quisiéramos sino que hubiesen transcurrido las fiestas del Santo Niño lo más lucidas posible. Es muy difícil que eso pueda ser; sería rozar los límites de la perfección y de eso todavía estamos a cierta distancia. Luces y sombras es lo nuestro, y en estos días de fiesta las luces se han hecho notar mucho más que las sombras, pero también las han habido y de algunas de ellas quizá tendremos que dar cuenta con la sana intención de que sean corregidas en lo sucesivo, de procurar al menos ponerles remedio.
        Ha sido tal vez una de las fiestas que han contado con un mayor número de asistentes. Creo que la iglesia nunca ha estado tan llena de público como lo estuvo en la misa del día dieciséis. El reencuentro con tantos conocidos de otro tiempo, amigos en buena parte, es uno de los más sustanciosos y apetecibles ingredientes que integran el cóctel de unas buenas fiestas, que sin duda los ha habido de manera abundante, con el general pláceme de ese importante grupo, cada vez menos numeroso, de los que peinamos canas, a quienes de un modo injusto nos gusta comparar nuestras fiestas de hoy con las de lejanos tiempos, con las fiestas de nuestra juventud condicionadas por la escasez de medios, pero ilusionados por la belleza incomparable de los quince o de los dieciocho años. Eso es así, y así lo seguirá siendo mientras el mundo exista, o mejor aún, mientras que nuestro pueblo exista, si todos, cada cual según sus capacidades nos imponemos el deber de arrimar el hombro.

        Comenzaron las fiestas de un modo oficial con el pasacalles de la banda de música de Villamayor de Santiago; continuaron aquella misma noche con el “pegón de fiestas” a cargo del sacerdote titular de nuestra iglesia, don Daniel Jiménez, una hermosa disertación: sencilla, profunda en contenido y ajustada en el tiempo, que el escaso público asistente -como va siendo costumbre- aplaudimos con entusiasmo, así como las emocionadas palabras de Pablo, el joven alcalde del pueblo, quien recibió la unánime prueba de afecto de los que nos encontrábamos allí. Y después “la Salve” a Nuestra Señora de la Asunción, titular de esta iglesia; para concluir estos primeros actos con los clásicos “fuegos artificiales” que, pese a lo difícil que debe de ser para los pirotécnicos, aportaron algo de novedad, cosa siempre digna de elogio. Y a la una de la madrugada del día siguiente continuaba la fiesta con baile en la plaza a cargo de la orquesta “Show Maxims” (hora ideal para los trasnochadores), acontecimiento festivo de primer orden, al que no se me ocurrió asistir a tan altas horas, y del que todo el mundo cuenta maravillas.
        La celebración litúrgica del Día del Niño, como antes dije, llenó a tope la iglesia; más de cien personas tuvieron que seguir en pie la ceremonia. Misa de un solo cura, don Daniel, era domingo, y seguidamente la procesión por su itinerario habitual, asistencia masiva de olivareños, de dentro y de fuera del pueblo, espléndida y emotiva como siempre, pero con un defecto capital -también como siempre-, que no debería repetirse; pues a pesar del bando hecho público por el alcalde prohibiendo la estancia de coches por las calles del recorrido durante el paso de la procesión, fueron decenas y decenas de ellos los que incomodaron el paso fluido de los banceros con la imagen de nuestro Patrón y de lo muchos cientos de público asistente. Medios para evitarlo los hay, falta aplicarlos en favor de la fiesta y del nombre del pueblo, sobre todo a la vista de los muchos asistentes que nos llegan de fuera.  
        El cambio social generalizado en toda la civilización de occidente durante los últimos cincuenta o sesenta años, ha hecho que nos acostumbremos a vivir unas fiestas mayores un poco peculiares. El baile, la música, aquellas orquestas de solo tres componentes: acordeón, saxofón y batería, y como mucho algún improvisado cantante en otros tiempos, fueron el punto fuerte para la juventud durante varias generaciones. La diversión para los de más edad se basaba en contemplar la fiesta desde las puertas de sus casas, pasar la tarde en el casino o distraerse viendo cómo se divertía la juventud; meros espectadores. Ahora son los de cumplida edad los que bailan en la plaza al son de modernas orquestas, mientras que los jóvenes -superado el lamentable espectáculo del botellón- se organizan en peñas, grupos de amistad, y viven las fiestas un tanto a su manera, reuniéndose en casetas propias de cada peña donde guardan los productos de consumo, cocinan si llega el caso, comen y beben sin meterse con nadie, se divierten, conviven en harmonía con arreglo a los imponderables usos del momento, en fin, siendo fieles a los usos y costumbres de los nuevos tiempos.

        Concursos y competiciones deportivas, juegos y otro tipo de actividades diversas, van llenando el horario de los primeros días hasta que la fiesta empieza a decaer. Capea durante la tarde en la plaza de toros, con sus aficionados o no que suelen llenarla en su totalidad; permanencia de público a determinadas horas de la mañana o de la tarde en las improvisadas terrazas de los bares, o en “El Mirador” con vistas al campo, para concluir el último día, generalmente el cuarto, con la comida popular en el polideportivo, que al menos para mi gusto, por lo que tiene de sana convivencia y amistad en un ambiente festivo, entrañable y optimista, es uno de los actos que me merecen una consideración especial, al que no suelo faltar; también por la excelente preparación y calidad de la popular “caldereta” (doce o catorce sartenes de superior tamaño) cocinada por experimentados paisanos durante la mañana en el ruedo de la plaza de toros. Un acto masivo y muy al gusto de todos.
        Y falta el “Espectáculo de variedades” de la media noche, con sus fervientes seguidores sentados en sillas a la subida de la ermita de San Roque, donde hay de todo y no siempre de lo mejor. Lo suele financiar la Diputación Provincial, teniendo como espectadores habituales a hombres y mujeres que ya pasaron los cuarenta, especialmente ellas. Antiguamente amenizaba el espectáculo alguna estrella de renombre, tal como Conchita Bautista, Los Mismos o Rafael Farina, de entre los que yo recuerdo; de años a hoy se van valiendo con figuras de menor calidad y nombradía, como broche final de toda la fiesta. En las peñas se da fin a las últimas existencias; suena en el Lejío el último cohete y la gente se marcha hacia sus casas frotándose los brazos, si es que no tuvo la precaución de salir con algo de chaqueta.
        Terminó la fiesta. Por fortuna, un año más no ha ocurrido nada importante que lamentar. Unos antes y otros después iremos desfilando a nuestros lugares de residencia repartidos por toda España (Valencia, Cuenca y Madrid, principalmente), dejando al pueblo en su natural estado, es decir, con sus escasos cuatrocientos habitantes, una quinta parte de los que fuimos sesenta años atrás, antes de que subiera el pantano. Es la estela amarga del correr de los tiempos; si bien, la añoranza del pueblo para los olivareños de buena ley, que sospecho lo somos todos, prevalece durante la larga ausencia no solo en la memoria, sino también en los ojos y en el corazón. Y es porque “Quien ha mordido la tierra -escribió Paul Claudel- conserva su sabor entre los dientes”. Podría ser nuestro caso. 

Olivares de Júcar. 21-8-2015

lunes, 10 de agosto de 2015

CON EL SANTO NIÑO POR TIERRAS DE LA MANCHA


            Con ocasión del XXV aniversario de la Coronación canónica de Nª Sª  las Virgen de los Llanos, en la tarde de ayer medio centenar de olivareños nos desplazamos con nuestro Patrón, el Santo Niño, hasta el pueblo manchego de Santa María de los Llanos. Un acontecimiento grandioso de fervor mariano, en el que participamos en torno a las cinco mil personas procedentes de distintos pueblos de la provincia, de la región y de otros lugares de España.
            Además de unos treinta estandartes –algunos extraordinarias obras de arte-, pertenecientes a hermandades de pueblos que no habían llevado su imagen, concurrieron a tan importante solemnidad otras diecisiete hermandades con su imagen como el mejor de sus testimonios; bellas mucha de ellas, entre las que nosotros situamos como primera de todas a nuestro Santo Niño, que causó verdadera admiración, recibió el aplauso y el calificativo de ¡guapo! durante la procesión, y muchas personas quisieron fotografiarse con el.

            Dos hora de procesión, con todos los estandartes e imágenes recorriendo las calles de pueblo. Servicio gratuito de agua fresca embotellada y de lavabo, atenciones por doquier, a lo que en justicia hemos de corresponder con nuestra felicitación y nuestra gratitud. Santa María de los Llanos, un pueblo de no mayor entidad que el nuestro, fue un modelo de organización y de atención al forastero, que bien merece se le reconozca y se le agradezca. Una gente admirable.
            La Misa se celebró en el campo de fútbol, con el altar instalado en una cancha estupenda de gran capacidad. Varios miles de sillas, todas nuevas, todas blancas, todas iguales. Presidió la Eucaristía el Obispo de la diócesis, Mons. José María Yanguas, con varios sacerdotes más como concelebrantes, entre los que se encontraban los dos últimos párrocos de nuestro pueblo: don Germán, hijo de Santa María de los Llanos, y don Daniel, nuestro actual sacerdote.

            Acabamos cansados, pero muy contentos. Encomiable el trabajo de preparadores y de transportistas, y sobre todo el de nuestros banceros que portaron la andas del Santo Niño con su alcalde a la cabeza, que soportaron sabre sus hombros aquel tremendo peso durante todo el trayecto, sin necesidad de relevos. Un gesto de generosidad y de sacrificio, que nuestro Patrón no dejará de premiar. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

FINAL DE VERANO




       Nos gusta venir al pueblo en todo tiempo, aunque en realidad es un ejercicio que practicamos poco. Paquita y yo solemos pasar en él un mes cada verano. Pero hay unas fechas que para mí son especialmente atractivas, unos días en los que Olivares tiene un especial encanto; con ello me refiero a la decena central del mes de septiembre, cuando los fuertes calores del verano se han ido moderando y los molestos rigores del invierno están todavía por llegar. De los veraneantes apenas queda un pequeño residuo, cuatro de ellos, que emprenderán la huída con los primeros fríos.
        A la entrada del otoño la actividad de mis paisanos ha vuelto a reiniciarse. Los agricultores andan ocupados con la segunda cosecha, la de los girasoles, en plena campaña de recogida. La temporada, por lo que dicen, no ha sido de las mejores. Las cosechadoras han vuelto a aparecer por los caminos, por las parcelas del girasol, y en algunas eras se pueden ver los montones de pipas de los cosecheros y de los compradores.
        No hace frío. Alguna noche me he atrevido a salir por las Arrevueltas en mangas de camisa, sin notar apenas el descenso de la temperatura a la hora de las estrellas, cuando en las iluminadas calles del pueblo el silencio es completo y uno advierte en cada rincón, en cada esquina en penumbra, un hálito de misterio. El mirador hacia los campos desde el pretil de la Iglesia es uno de mis lugares preferidos, también en estas noches cerradas que dan paso el otoño, cuando todo es silencio. Tiempo para buscar entre los pliegues de la memoria lo que fueron aquellos años de infancia, en los que a tantos de mi generación nos entró, como por ósmosis, el cariño a nuestro pueblo. Decía Flaubert que “a quien ha mordido la tierra, le queda su sabor entre los dientes”;  y debe ser verdad.


        Y a la luz de las farolas adosadas al muro, la portada neoclásica de la Iglesia; una de las imágenes que mejor guardamos en la memoria. Dentro de la iglesia -me dice la imaginación- la oscuridad será absoluta y el silencio total, rotos quizás por la luz de la lamparilla que anuncia que Dios está allí, y por los chasquidos de la cubierta que denuncian que las obras de restauración fueron un fraude sin piedad, del que hasta la fecha nadie se ha hecho responsable; que en los trapicheos de la oficialidad alguien jugó sucio, alguien decidió que los materiales fueran inapropiados y del más bajo coste posible, un tente mientras cobro, un ejemplo palpable del trabajo mal hecho, cuando en el proyecto figuraba algo muy distinto. Olivares, sí, ha recuperado su iglesia, que no ha mucho vimos en estado de ruina; pero las cosas pudieron haberse hecho bastante mejor.


        En estos días he podido comprobar el celo de los últimos sacerdotes por acondicionar la iglesia y todo su entorno con arreglo a los nuevos tiempos, con lo que el pueblo merece y con las necesidades inherentes a una feligresía en la que abunda la gente mayor. La vieja sacristía, que había sufrido los efectos propios de una antigüedad de siglos, más los muy particulares ocasionados por las últimas obras, necesitó ser renovada partiendo de cero; de forma que aquella cajonera donde se guardaban los viejos ornamentos litúrgicos: albas, casullas, capas pluviales y demás, los pocos vasos sagrados que quedaron después del famoso robo en el que desapareció, entre otras piezas de valor, la famosa custodia que tuvimos, ha sido necesario renovarlo en su totalidad, partiendo de unos fondos inexistentes, que los últimos párrocos, don Germán primero, y don Daniel después y definitivamente, se impusieron como meta conseguir contando con la generosidad de los hijos del pueblo, residentes y ausentes, pero que sus costes están todavía sin cubrir en una buena parte, a pesar de los donativos que hemos ido aportando algunos de los que nacimos aquí; pues aquí nos bautizaron, aquí se hicieron los funerales de nuestros padres, varios de vosotros os casasteis aquí, es nuestro pueblo, y por motivos varios tenemos la responsabilidad de arrimar el hombro en favor de nuestra iglesia, que de algún modo es en nuestro propio favor. La cantidad de dinero empleada ha sido importante y a ella debemos responder en la medida que cada uno pueda hacerlo. Acompaño dos fotografías con sendos detalles de lo que es la sacristía en este momento.
        Con el fin de facilitar la colaboración a todos cuantos seguís mi blog, y que como yo, también vivís fuera, os dejo el número de la cuenta de nuestra Parroquia de la Asunción, en la que podéis ingresar lo que buenamente esté a vuestro alcance, y que es la siguiente:

                       IBAN ES98, número 2105 5063 7730 10003496

        Ahora, invitaros a que os deis una vuelta por el pueblo durante estos días. Es tiempo de uvas, de higos, de zarzamoras, de almendrucos, de pipas de girasol, de preparar el tomate en conserva… Con la inevitable nostalgia de la despedida, que me ha impulsado a contaros estas cosas, vaya como final el saludo a todos mis paisanos; más afectuoso si cabe a los que vivís más lejos. También a los que os quedáis en él pueblo durante todo el año, naturalmente.

        

martes, 19 de agosto de 2014

PASARON LAS FIESTAS DEL SANTO NIÑO



Con penas y con glorias, como debe ser, más de lo segundo que de lo primero, pasaron por este año nuestras fiestas mayores en honor del Santo Niño, nuestro Patrón.
            Las crónicas sobre acontecimientos festivos de este tipo, en los que todos somos juez y somos parte, suelen llevar una importante carga de subjetividad. Dicho esto, debo hacer constar que las fiestas de este año 2014 han roto en buena parte el ritmo de ediciones anteriores. Hay cosas que han mejorado, y otras cuyo cambio no parece haber estado al gusto de todos, cosa, como sabido es, imposible de conseguir. La nueva Comisión de Fiestas se habrá dado cuenta, mejor que nadie, de los posibles fallos, y estoy seguro de que en la próxima edición se irán resolviendo, dentro de lo posible.
            De entre los aciertos, se me ocurre destacar el Circuito Ciclista en la mañana del día 15 por varias de nuestras pistas, caminos y senderos del término, con un importante número de participantes; también la gratuidad del servicio de cerveza en la Comida Popular del día 18 -con todos sus riesgos, ante el posible abuso, que siempre se da-, y la comida en sí, donde una vez más ha quedado demostrada la profesionalidad de nuestros cocineros. En el encierro de los toros, con carreras por las calles próximas a la plaza, me han contado que se divirtió la gente. De entre los errores, por permanecer escrito para la posteridad, la cantidad de faltas ortográficas que aparecen en el libro de fiestas, fallo en el que comprometo a quien escribiera los textos, y especialmente a la imprenta, que tiene la obligación de corregirlos. En nuestro pueblo la gente es más culta, como veremos enseguida, de lo que canta el libro. Las bufonadas de cada año, siguen apareciendo, como fenómeno inevitable.   


            Me gustó el Pregón de Fiestas, que este año corrió a cargo de Josefina García Lozano. Estupendo. Josefina ha sido la primera mujer, hija del pueblo, que ha corrido con el pequeño riesgo que supone el dirigirse al vecindario desde el estrado de la Plaza, con su personal mensaje en el que Olivares es siempre el exclusivo protagonista. Josefina es la hija menor de mi amigo Antonio García (“El Cacharrero”, para que os podáis situar), ya fallecido, y de María su mujer, de tan feliz memoria. Josefina es, salvo mejor opinión, la olivareña que goza de un expediente académico de mayor altura y variedad; pues estamos hablando de una Licenciada en Psicología, Doctora en Economía, Catedrática de Organización de Empresas y Recursos Humanos, y Rectora de la Universidad Católica de Murcia, ¿hay quien dé más? Posición social y académica brillante, conseguida a base de esfuerzo y de una indudable calidad humana. Como toda persona bien preparada y con tales valores, es una mujer sencilla, amable, que centró su interesante pregón en el álbum de recuerdos que ella conserva acerca de su niñez y juventud en Olivares, con nombres de lugares y de personas que marcaron su carácter y guarda, agradecida, en la celdilla de sus mejores afectos. Una olivareña ejemplar.
            Personas así, repartidas por el mundo, son las que engrandecen nuestro pueblo. Josefina, a la que apenas conocía, ha sido para mí, y creo que para muchos de nuestros paisanos, un luminoso descubrimiento.     

            A uno de los actos, minoritarios, pero no por eso menos importante que los demás, al que no suelo faltar, es al que en día y hora fija tiene lugar en el barrio de San Roque desde el año 1969. Me refiero a la procesión con el Santo por las calles principales del barrio, y al modesto ágape de cortezas, cacahuetes y zurra, con el que el vecindario acostumbra invitar a cuantos compartimos con ellos su pequeña fiesta. El día 16, según el calendario, se celebra en infinidad de lugares la fiesta dedicada a este santo Perugino, que cuenta desde hace siglos en nuestro pueblo con una ermita dedicada a él, en la que, una vez restaurada, se suelen celebrar algunos actos de culto.

            Pues bien, los vecinos de este barrio, presentes durante todo el año, o ausentes como son la mayoría, decidieron que su participación en el programa general de fiestas fuera un hecho que convendría conservar, y a fe que lo viene consiguiendo a fuerza de empeño y de dar a la tradición la importancia que merece. Un acontecimiento modesto, pero entrañable y familiar, que consiguen mantener sin ningún tipo de ayuda, por lo que no tienen compromisos ni protocolos a los que ajustarse, sino a la buena voluntad de la gente y al cariño por su barrio, sin duda uno de los más antiguos y queridos del pueblo. Julio Lorca me ha contado que subsisten en lo económico gracias a la venta de cien décimos de lotería de Navidad, con un recargo de dos euros por décimo, y que con eso todavía les queda hasta un pequeño remanente. No se trata de una asociación organizada como tal con cargos y reglamentos, si lo fuera, seguramente que funcionaría bastante peor.

            Al año que viene, si Dios quiere, otro poco.