viernes, 20 de febrero de 2009

EL MANUSCRITO DE BERNABÉ BUENDÍA ( y II )


«Libro de cuentas para el uso de Jacinto Valera que por fin y muerte de Bernabé Buendía recae sobre el dicho Jacinto». (107)

Durante casi un siglo, mientras el "Diario" estuvo en poder y pertenencia de Jacinto Valera y de algún otro de sus sucesores, no aparece dato escrito que merezca la pena reseñar.

(A partir de aquí los textos corresponden al tercero de los propietarios conocidos del manuscrito, de nombre Sixto Moya, personaje local que debió de vivir durante las últimas dédadas del sigl XIX y primeras del XX, según se desprende de sus escritos -interesantes anécdotas- que transcribo a continuación: ).

«El día 5 por la noche del mes de mayo se fugó un preso de esta cárcel rompiendo la pared por debajo de una ventana. Este preso era del pueblo de Zafrilla. Olivares, 5 de mayo de 1883.»

«El día de San José se puso la Santa Cruz en la ermita de San Roque como recuerdo de una misión de Doctrina Cristiana que predicaron en este pueblo de Olivares nuestros padres misioneros el padre Agustín y el padre Luis. La misión duró ocho días, desde el día 11 hasta el día 19 que fue martes, y el miércoles se marchó el padre Agustín a su convento de Tarancón y el padre Luis se marchó a Buenache a publicar otra misión. Año de 1889. Sixto Moya».

«En el año 1896 el día 23 de mayo ocurrió un caso imprevisto que riñeron dos hermanos por cosas de interés. Estos dos hermanos habían estado juntos desde que murieron sus padres que hace que murieron cerca de 11 años, estando el mas joven bajo la potestad del mas viejo, hasta que el mas joven se casó que no hace todavía un año. Entrambos hermanos riñeron y el mas joven mato al mas viejo dándole una puñalada en el lado izquierdo y murió a los tres cuartos de hora. Estos hermanos el mas viejo se llamaba Francisco del Olmo y el mas joven se llama Casto del Olmo. Los padres de estos dos desgraciados fueron Julián del Olmo y María Olmedilla. Murió esta en el año del cólera. Estos dos hermanos riñeron en sitio de prado primero».
«El día 3 de noviembre sentenciaron a Casto del Olmo que mató a su hermano y lo dejaron libre y sin costas en la ciudad de Cuenca, Año de 1896. Sixto Moya.»

«El día 12 de septiembre cayó un turbión muy grande que hace mas de 40 años que no ha bajado tanta agua por la vega y por este pueblo, y por Belmontejo cayó bastante mas agua que se llevó a un hombre y lo destrozó el agua por completo. Este agua hizo muchos daños en las barbecheras. Año de 1898. Sixto Moya»

«El día 25 de mayo de 1902 murió Ruperto Belinchón de repente en el pajar de Sandalio del Barrio Nuevo. Se murió jugando al truque y le llevaron muerto a su casa que vivía cerca de San Roque».

«El día 19 de noviembre vino el Sr. Obispo desde Valverde, salimos a esperarlo el Ayuntamiento y algunos vecinos desde el pueblo de Olivares y después se marchó a Hinojosa. Salimos a despedirlo al parador de Pascual. Año 1904. Sixto Moya».

«El día 7 de enero de año 1906 se pegó un tiro sobre la sien derecha la Felisa por tener relaciones con dos o tres mozos y sus familias le reñían y ella no hizo caso y cogió el revolver y se mató. Era hija de Nicanor Buendía y de Juliana Belinchón.»
«La Felisa se mató en casa de su tío, en el Pozuelo, por habladurías amorosas»
(Dice en otro lugar).

«En el año de 1918 vinieron los padres Redentoristas a predicar una misión de Doctrina Cristiana, vinieron el día 31 de enero el padre Saturnino Martín y el padre Teodomiro Ronda y se portaron muy bien. Estuvieron en esta 13 días y medio y se marcha­ron a Montalbanejo, si estuvieran todavía que se confesarían todos los vecinos de este pueblo que ahora se han quedado muy pocos sin confesar. El padre Martín sabía mucho y era muy peque­ño. Sixto Moya.»


(En la fotografía aparece el Puente de la Vega)

martes, 10 de febrero de 2009

EL MANUSCRITO DE BERNABÉ BUENDÍA ( I )


Bernabé Buendía fue un olivareño que vivió, y dominó a una buena parte de sus convecinos, allá por la segunda mitad del siglo XVIII. Era albañil de oficio, pero ejerció además de secretario, de zapatero y de prestamista, para ayudar con usura a las buenas gentes del pueblo hundidas en la necesidad.
Debió nacer hacia el año 1740 y murió en 1805. Tuvo durante su vida la idea feliz de escribir un diario que comenzó en el mes de enero de 1767; un manuscrito al que tituló: "Libro de cuenta y razón para el uso de Bernabé de Buen-Día: Natural y Morador de la villa de Olivares". La fortuna ha querido que dicho manus­crito exista todavía, y que quien esto dice haya tenido ocasión de verlo, de leerlo y de tomar de él cuantas notas creyó oportu­nas, gracias a la generosidad de sus dueños, José Moreno, y Martina, su esposa de tan grata y feliz memoria, propietarios del mismo.
Fueron muchas las anotaciones que en 1995 tomé del manuscrito de Bernabé Buendía, y que recogí para que tomasen parte -pienso que muy valiosa- de mi libro dedicado al pueblo. A su muerte, el documento pasó por herencia a ser propiedad de un tal Jacinto Valera, y más de un siglo después continuó escribiendo en él otro olivareño, quizás de la misma familia, Sixto Moya, a cuyos relatos y anécdotas habré de echar mano dentro de unos días en la página siguiente a ésta.
Resulta ilustrativo tener noticia escrita de secuencias como las que a continuación se trascriben. Nos dan una idea lo sufi­cientemente clara, como para saber cuál era la forma de vida en la que se desenvolvían nuestros antepasados de siglos atrás, tal vez los abuelos de nuestros abuelos. La cifra que aparece entre paréntesis al final de cada párrafo, correspon­de a la página donde figura el texto en el manuscrito de Bernabé Buendía.

«Le di a Tomás Moreno una carga de trigo con condición que me la ha de pagar como valga a los primeros de Mayo y si no me ha de dar el huerto». (3)
«A Juan García un cuartillo de miel». (10)
«A Juan Peñalver y Julián Peñalver cada uno media arroba de arroz». «José Peñalver media arroba de vino más tres cuartillos de vino y dos reales». (11)
«Mas catorce reales a Joseph Peñalver cuando fue a Honru­bia».(8)
«José Peñalver le di veinte reales y una fanega de trigo cuando se fue a trabajar a la sierra». (13)
«Cosecha de Bernabé de Buendía el año de sesenta y ocho trescien­tas y treinta fanegas de trigo. Cebada 80 fanegas. Centeno 14 fanegas. Escaña 70 fanegas. Fanega de trigo 30 reales.» (12)
«A Manuel de Moya cuatro reales de la tasación de las colme­nas». «Al Religioso de Valverde cuarenta reales» (14)
«Recibos firmados por D.Claudio en 1770 por 425 reales para cumplir y decir misas a Sta. María de Bernabé de Buendía y otros 400 de Diego Pablo Alvarez de Hinojosa con el mismo fin».
«Pedro el Mesonero ochenta reales para basura que se hace en la posada».
«Juan García media Azumbre de miel». (15)
«Hoy día 7 de Junio le día a D.Claudio tres fanegas de trigo por misas». (17)
«Día del Patrocinio de Nuestra Señora ajusté cuenta con Pedro el Mesonero». (20)
«Antonio Guijarro me paga con tres azumbres de aguardiente» (22)
«Catorce reales al abogado y tres pliegos de papel para sacar copia de la escritura». (25)
«Antonio de la Vega una saya para su mujer en cuarenta reales». (26)
«Se casa Bernabé de Buendía y María Domínguez año 1771 a diez de Junio. Dios los haga bien casados». «Se entrega a Bernardo Domínguez 39 libras de cera». (31)
«Cuenta con el mozo Valero Olivares de lo que ha llevado por su soldada: doce reales de segar. Seis reales de cuatro días que estuvo Diego de Moya. Zapatos al zapatero de Buenache treinta y cuatro reales». (42)
«Nació María Luisa Buendía Año 1772, A treinta de Mayo, hija de Bernabé de Buendía y María Domínguez Martínez»
«Cuenta con lo que voy dando al convento cincuenta fanegas de trigo, ciento diez reales, mil reales al escribano». (43)
«Cuenta y razón de la cosecha 1772. Cebada 27 fan, Avena 28 fan, trigo 36 fan, trigo candeal 30 fan, trigo 55 fan». (44)
«Trajo una mula nueva Bernabé de Buendía año de 1774 día 24 de enero y le costó 950 reales.
«Día 26 de septiembre vino una venida muy grande que destrozó toda la vega y en el molino se ahogaron 12 caballerías, ocho mayores y cuatro pequeñas año de 1775». (46)
«A Juan García el Herrero dos fanegas para pagar la escope­ta». (50)
«Se habla cuenta del mozo en domingo de Carnestolendas»
«Nació María Gregoria Buendía año 1776, 25 de Mayo». (51)
«Razón de las misas de mi madre que son 50. 20 ha dicho don Claudio. Don Julián 20. Don Francisco Guijarro 10». (62)
«Cuenta con los diezmos de este año de 84. Cebada 5 almudes. Escaña 5 almudes, trigo etc.». (75)
«Cuenta y razón con el mozo para el año de 82 que gana 29 ducados y medio y tiene 27 reales para la feria de la Parrilla». (91)

«
(En la fotografía, una cruz centenaria del cementerio viejo)

lunes, 2 de febrero de 2009

OLIVARES, UNA IMAGEN DE CALENDARIO


Para mis paisanos, y también para quienes desde la Mancha hasta Cuenca usaron la antigua carretera antes de que se construyese el desvío, esta imagen resulta altamente familiar. Está tomada al caer la tarde a la altura de la Huerta de Cayo, la víspera de San Isidro del año 2004. La Vega, toda de un intenso verde, y en las fachadas del barrio de la Iglesia y sobre el campanario, los dorados del último sol. Había sido un invierno generoso en lluvias.
De la calidad de la fotografía me di cuenta enseguida y consideré oportuno ponerla como indicativo visual de lo que el pueblo es, en la cabecera de este blog a mediados del pasado otoño. Después la colgué en “Panoramio”, una exposición permanente en la que se recogen de todo el mundo las fotografías que más llaman la atención al jurado encargado de clasificarlas. Pero lo que realmente me sorprendió, es que se interesase por ella una industria de artes gráficas de Olot, y que la hubiese elegido como estampa de calendario, con la promesa formal de que una vez publicada se repartirían los calendarios por el pueblo de forma gratuita. He sabido que se ha hecho así, en colaboración con el Ayuntamiento.
La ofrezco en versión original, recordando a los usuarios del blog que si pinchan sobre la imagen la podrán ver en un tamaño mucho mayor y con todo detalle. Creo que vale la pena echarle un vistazo.

miércoles, 28 de enero de 2009

DE SOL A SOL DONDE LA MANCHA ACABA ( y III)


OLIVARES DE JUCAR: LA NUEVA AVE FENIX EN LAS TIERRAS CON­QUENSES

Emprendemos el viaje de regreso por la carretera de Alcá­zar. La llanura manchega comienza a perder suavidad a medida que avanzamos entre las rastrojeras y los girasoles, entre los olivos y las carrascas del camino. Al otro lado de una vega que los hábiles hortelanos suelen regar con agua extraída del subsuelo, surge al volver de una curva el pueblo de Olivares, encaramado a lo largo de una loma que limita la grandiosa fábrica diecio­chesca de su iglesia parroquial. Media docena de vericuetos, que suben salvando las difíciles formas del terreno, nos dejarán por fin en la plaza de la gasolinera. Esta es su calle principal que coince­de con la antigua carretera de Cuenca. Unos ancianos charlan sentados a la sombra de la acera y en los bancos del jardinillo. Cruza el pueblo a todo correr una ambulancia sonando estrepitosa la sirena camino de la capital. En las calles silencio, mucho silencio, a estas horas trágicas, soñolientas, que hay entre el sol y la tarde.
Olivares de Júcar fue, antes de las aguas del pantano, uno de los pueblos más prósperos de la provincia. Obligado por las circunstancias, Olivares se despobló mucho antes de que lo hicieran tantos y tantos lugares más de la Castilla rural y viajera empujada por vientos modernistas. Los viejos lo cuentan en tono de añoranza, de resignación mal contenida, con la mente, con el corazón y con los ojos puestos en otro tiempo que, para mal suyo, no volverá nunca.
‑ La ribera fue todo. Cuando nos quitaron la ribera mataron el pueblo. ¡Qué tablares de habichuelas! ¡Y de patatas! ¡Cuánta fruta se perdió debajo del agua! Aquello fue una pena, una pena muy grande. La gente se tuvo que ir a buscar el pan donde pudo.
Pero la actual realidad del pueblo es bien distinta. Olivares sufrió en sus carnes como pocos el golpe fatal del despoblamiento a partir de 1950, en que el embalse de Alarcón comenzó a sepultar por vez primera su más importante medio de vida. De los 1.900 habitantes de hecho que tuvo por aquellas fechas, ha descendido a sólo 850 que lo pueblan hoy, dedicados en su mayoría al cultivo del campo que, alternando la especie, siembran de cereales y de girasol en su totalidad cada año. Existen en el pueblo ciento cinco tractores, lo que supone en el cómputo general, uno por cada ocho personas, y quince máquinas cosechadoras encargadas de pulir en dos semanas, una en julio y otra en septiembre, los cuarenta y nueve kilómetros cuadrados del término municipal, no todos, naturalmente, aptos para la explota­ción agrícola.
‑ Mire, mire. La cosa es que ahora se le vuelven a sacar buenos cuartos a la ribera. Como el pantano está vacío, se han hecho grupos de vecinos y lo siembran de pipas, y sin abono ni trabajo casi, este año nadie sabe lo que se va a subir de allí. Claro, que son de todo el pueblo y tampoco pueden tocar a mucho; pero la tierra esa donde estuvo el agua tanto tiempo es buenísi­ma.
Olivares de Júcar se dejó escapar tradiciones tan estima­bles como "los mayos", que aquí se cantaron siempre acompañados de acordeón y de almirez, y "la ranra". La ranra era una herman­dad simpática y pintoresca de hombres del pueblo que actuaba exclusiva­mente durante la víspera y los dos primeros días de la fiesta patronal del Santo Niño. Los componentes de la ranra solían vestir con sombrero negro y una flor mientras recorrían las calles del pueblo al son de la pita y del tamboril. Iban armados de trabucos que cargaban por la boca y disparaban en de‑ terminados momentos de la procesión al grito de ¡Viva el dulcísi­mo nombre de Jesús!, mientras que uno de ellos hacía malabarismos corriendo la pesada bandera con un solo brazo. Todo se fue y es de esperar que no para siempre, pues ésta, como muchas más costumbres ancestrales que son parte fundamental de la identidad de un pueblo, podrían volver a enraizar con un mínimo solamente de buena voluntad y de amor al pasado.
‑ Pero no quieren. A los de ahora no los sacas del bar. Menos mal a que el boleo está empezando a funcionar otra vez. Aquí se ha boleado mucho, mucho. Yo creo que el día que falten los cuartos, no van a tener más remedio que volver a lo de antes. Eso de ser todo el mundo millonario no es marcha.
El Tío Saturnino se quedó apurando el tema con otros ancianos a la puerta del bar. Por las calles en sombra las mujeres hacen costura en pequeños corrillos de vecindad y hablan conversaciones ininteligibles, sin mirarse unas a otras. En una de estas calles recónditas está la panadería de los hermanos Augusto y Arturo Domínguez, en donde se hacen, en plan industrial de pequeña empresa, los populares "rolletes", viejo bocado de las navidades olivareñas. Los rolletes fueron en su tiempo parte obligada de la repostería de invierno, de carácter exclusivamen­te local, una golosina casera, saludable, quizás un poco empalagosa a la hora del consumo, que hizo preciso para suplir la tal deficiencia alguna copita de anís en las mañanas anteriores y en las posteriores a la Nochebuena. Ahora, los "rolletes" se hacen durante todo el año y se consumen, por sistema, lejos de su lugar de origen. Así lo contaba Augusto saboreando una de aquellas riquísimas rosquillas que sacó de una de las cajas sobrantes del precintado.
‑ Se llevan muchos los de aquí, sobre todo los que vienen de fuera; pero donde más se llevan es a las tiendas para venderlos, de los pueblos limítrofes y de Madrid.
‑ ¿Tenéis idea de lo que se vende cada año?
‑ Es difícil, pero de doce mil kilos seguro que no baja. Los envasamos en cajas de dos kilos. Lo bueno que tienen es que no se echan a perder, se conservan todo el año como si tal cosa.
‑ ¿Y la gente del pueblo sigue todavía haciéndolos?
‑ Casi no. Las mujeres de aquí saben hacerlos, pero los compran hechos. Para Nochebuena siempre hay dos o tres que vienen y se hacen su cesta, igual que antes, aunque la mayoría prefieren llevarse una caja y cuando se les termina vienen a por otra ¡Ea!.
Desde el horno se llega muy pronto al atrio de la iglesia. Por el pretil se contempla al atardecer uno de los espectáculos a campo abierto más serenos que recuerdo. Dejando a un lado la Vega, que baja desde el poniente siguiendo el cauce de la rambla, el sol alumbra con nítida transparencia, tiñendo de gualda y de violeta la llanura inmensa de campos de cultivo que acabará escapándose de la vista allá, muy lejos, al otro lado del panta­no, en los montes de encinas que ocultan, tras la sombra gris señalada con una recta geométrica­mente perfecta de varios kilóme­tros de extensión, la antigua carretera general y el puente sobre el Júcar que, a pesar de los años bajo la superficie de las aguas, sigue sirviendo el paso a los que van y a los que vienen desde la una a la otra parte del rio.
Tenemos a la espalda la portada neoclásica de la iglesia. El templo parroquial de Olivares nos habla de una población numerosa en tiempos que nadie recuerda. Es una iglesia sin historia, sencillamente hermosa, sin más que resaltar que sus tres naves ‑una dividida en capillas‑ y el grandioso retablo mayor que conserva impecable su dorado del XVIII y preside la imagen de Nuestra Señora de la Asunción, titular de la parroquia. En otro retablo menor, muy reciente, al fondo de la primera nave, está la imagen menuda del Santo Niño, quien con su estandarte albo en la mano derecha vela las horas y los días de este simpá­tico pueblo conquense cuyo patronazgo ostenta desde tiempo inmemorial.
Con la caída de la tarde el pueblo comienza a vestirse de fiesta. Las cuadrillas de mozalbetes y de jovencitas quinceañeras se bajan a pasear por las curvas en sombra de la carretera. Muy cerca del cruce de caminos que parten desde Olivares para Madrid y para Cuenca por La Parrilla, las muchachas trabajan en un pequeño taller de tejido, manejando con increíble habilidad los hilos del telar, los nudos de color, la urdimbre y las tijeras en una alfombra palaciega que acabara, si no hay quien dé más, en los salones de cualquier potentado de la Wall Street o en la modesta residencia de alguno ‑vaya usted a saber‑ de los sacrifi­cados padres de la Patria.
‑ Trabajamos para una casa que no nos paga casi nada, pero las chicas, antes que marcharse a servir, prefieren quedarse en el pueblo haciendo esto. No merece la pena.
En las eras, los montones de trigo empiezan a confundirse entre los olmos oscuros y las luces mortecinas de la tarde. El sol alumbra enrojecido, como un disco enorme colocado sobre los llanos de la Lastra. Las piedras del campana­rio y el Cerro de los Muertos reciben los últimos rayos color naranja, y el pueblo se pierde por fin en la penumbra, salpicado de lámparas en las esquinas, de cara a la noche.
(Revista OLCADES. Cuenca)

miércoles, 21 de enero de 2009

DE SOL A SOL DONDE LA MANCHA ACABA ( II)


(continaución)


LA ALMARCHA: MORADA DEL DIOS AIRON

El asfalto de la general de Valencia exhala unos gases pastosos con el calor de agosto. Diríase que la moderna civiliza­ción ha sustituido con este vaho las polvaredas cervantinas de antaño en los caminos de la Mancha. Una importante instalación metálica, dedicada a la transformación y almacenado de las semillas de girasol, nos abre las puertas del pueblo. Los nuevos estableci­mientos hoteleros a que dio lugar la venida de la carretera, están comenzando a recibir gentes de paso que llegan en camión y en automóviles de la más dispar procedencia. La Almarcha, fundada por los árabes sobre un poblado romano ya existente, es ante todo un pueblo agrícola, un pueblo que en ningún momento llegó a perder el tren de los modernos sistemas y cuenta hoy, como consecuen­cia, con una economía saneada y un porvenir seguro a corto y a largo plazo.


Hurgar en la historia de La Almarcha es perderse en el último rincón de la noche de los tiempos. Motivos fundados hay para pensar que esta zona de la Mancha fue asiento para la tribu celtíbera de los Usetanos, incondicionales del dios Airón, cuya morada creyeron estaba en el fondo del pozo que todavía lleva su nombre. No obstante, por cuanto a épocas certeras que de algún modo hayan podido tener relación con éste o con aquel aconteci­miento, La Almarcha sigue el ritmo de la historia al compás que le marcó la villa madre, El Castillo, a cuyas tierras perteneció hasta 1672 en que le fue posible la ansiada indepen­dencia por real privilegio de doña Mariana de Austria, viuda regente de Felipe IV.
Al llegar a La Almarcha uno se encuentra con un pueblo típicamente manchego, de casas bajas, de patios amplios a los que se entra después de atravesar unas portonas enormes, cubiertas casi todas ellas por el característico tejadillo que vimos tantas veces en las ilustraciones de aquellos volúmenes infantiles del Quijote. Los escudos familiares en piedra noble vuelven a presi­dir, con idénticos motivos heráldicos, las paredes encaladas de varias casonas del pueblo. Sobre una de estas fachadas, enjalbe­gada con un blanco de cal fortísimo que el sol devuelve a los ojos, hay una placa oscura que recuerda el nacimiento del insigne escritor y diputado en Cortes don José Torres Mena, autor del libro "Noticias Conquenses" publicado hace más de cien años. Por una calleja empinada se llega a la escalinata que sube hasta la iglesia. Dos mujeres llenan pacientemen­te sus vasijas en el grifo de una fuente pública.
‑ La sequía ¿Verdad?
‑ Si señor; ahora es que nos la cortan.
‑ ¿Podrían decirme por donde se va hasta el Pozo Airón?
‑ Pues mire, baje usted hasta la plaza y siga por el camino de la ermita de San Bartolomé, que allí lo tiene detrás de un cerro pequeño.
‑ Aquel agua será mala, ¿no?
‑ Para beber sí es mala, pero va muy bien para cosa de epidemias de la piel, de los ojos y eso. Este año puede que esté más bajo.
La distancia es mínima hasta el Pozo Airón. Desde las afueras del pueblo se ve cómo los remolques de los agricultores, cargados de trigo, aguardan su turno en la explanada del silo. Nos sale al paso a la izquierda del camino la ermita blanca de San Bartolomé, en el lugar mismo donde cuenta la tradición que el apóstol se apareció sobre una zarza a cierto pastor que apacenta­ba por aquellos contornos. Los almarcheños celebran cada verano con singular júbilo las fiestas en su honor, y le honran desde hace siglos en este tranquilo lugar al que suelen acercarse con frecuencia.
La laguna aparece muy pronto, al pie de un cerrillo de tierras rojizas y yeso cristalizado en donde crece la aliaga, dando vista a la fertilísima llanura de Los Ardalejos. El Pozo Airón tiene una superficie no mayor a la de una plaza de toros, bordeado en sus orillas por matorrales que favoreció la humedad. La leyenda habla de que no posee fondo conocido, que no es posible en sus aguas la vida animal y que, como se dijo, sus entrañas fueron habitáculo de añosas deidades presentes todavía en la toponimia del paraje. En su tiempo, el Pozo Airón atrajo el interés personal del emperador Carlos I y del rey Felipe II, quienes llegaron a La Almarcha exprofeso para visitar la laguna; Cervantes lo menciona en el "Viaje al Parnaso", y en su entorno toma cuerpo uno de los romances más populares de la Castilla medieval: la Leyenda de don Bueso. Don Bueso, lugarteniente en La Almarcha del rey moro de Sevilla, fue aquí golpeado en la nuca mortalmente por la más bella mujer de su harén y tragado por las aguas. El Pozo Airón es hoy un lugar olvidado y hasta un poco romántico, en el que los vencejos y las golondrinas bajan a beber en pleno vuelo y viven en sus orillas una especie poco común de las ranas ínfimas, muy curiosas, con membranas interdigitales en sus patas que se tiran al agua asustadas cuando alguien llega.

(Continuará)

martes, 13 de enero de 2009

DE SOL A SOL DONDE LA MANCHA ACABA ( I )


En el verano del año 1980 me encargó José Luís Muñoz, director de la revista “Olcades” sobre temas conquenses, un trabajo más o menos extenso acerca de Olivares, y un poco de su comarca como pórtico de las tierras manchegas. Se publicaría con el título "De sol a sol donde la Mancha acaba". Lo hice con mucho gusto, y con mucha ilusión, entre otras cosas porque me daba la oportunidad de pasar toda una jornada recorriendo calles, hablando con personas, y aprendiendo cosas de marcado interés con el exclusivo fin de darlo a conocer a los muchos lectores de aquella publicación, no sólo de Cuenca, sino del resto de España y de otros lugares del mundo donde haya conquenses; es decir, en todas partes.
Han pasado más de veintiocho años desde entonces, demasiado tiempo como para que las cosas, las situaciones y las personas, no hayamos cambiado bastante. Algunas de las buenas gentes con las que me encontré, ni siquiera viven.
“Olcades” se publicaría después en tres tomos, y en forma de libro que me gusta conservar como un verdadero tesoro. Cuenca, su campo, sus pueblos, su historia, las gracias y desgracias de las que nuestra tierra ha sido testigo a través de los tiempos, es algo que produce verdadera pasión el conocerlo.
En la presente página, y en las dos que irán apareciendo en semanas sucesivas, me he propuesto transcribir literalmente íntegro aquel trabajo: El Castillo de Garcimuñoz, La Almarcha, y Olivares como final, fueron el escenario por el que en aquella ocasión transcurrieron mis pasos, que ahora me gusta recordar, y brindar a los posibles lectores en lengua española de todo el mundo a través del blog de nuestro pueblo. Nada mejor.


DE SOL A SOL DONDE LA MANCHA ACABA ( I )

Con el mapa provincial delante de los ojos, el autor de este trabajo se ha tirado al camino para colarse un poco a hurtadillas por la inmensa portona que cierra y que abre los campos de la Mancha. Pudo ser la del alba, o más tarde quizás. La del alba —bien lo sabía el bueno de don Alonso Quijano— es la hora de la Mancha. Es en ese instante preciso del amanecer cuando la universal llanura saca a la luz del día su balumba de hechizos y de encantamientos con profundo olor a mies, bajo un cielo límpido entre grana y azul mar, que limita allá en la lejanía un horizonte monótono, sin variación apenas. Por los caminos polvo­rientos de la Mancha todavía se vislumbra al amanecer la figura estilizada, soñadora, etérea, del Ilustre Hidalgo a lomos de un Rocinante inmate­rial, en espera —quién sabe hasta cuándo— de desfacer el último entuerto que fluyere, antes del final de los tiempos, del alma de su tierra.

EL CASTILLO DE GARCIMUÑOZ: SOMBRA Y LUZ
DE LA LITERATURA CASTELLANA.

Colocado encima de una loma, rodeando con sus casas encala­das la histórica fortaleza del Marqués de Villena, el castillo invita al viajero a dar comienzo aquí, al pie de sus muros, la proyectada andadura que espera le ocupe todas las horas del día hasta la caída del sol. La enorme masa de sillería está sola, sumida para siempre en el sueño inacabable de los siglos. Pesa la piedra noble sobre el otero, contemplando así, una mañana más desde lo alto, el paulatino despertar de la villa. Un perro errabundo mordisquea la piel apelmazada de una cabra muerta que ha conseguido sacar por entre los escombros. Las golondrinas se cuelan en vuelo suave por los ventanales en restauración. Los ancianos más madrugadores van acudiendo a paso lento en busca de la primera sombra del transfor­mador de corrientes.
‑ ¡Ea! Ya tenemos todo hecho ─me dicen─. Nos juntamos aquí todos los días y nos pasamos la mañana hablando de lo que sale, sin meternos con nadie. Por la tarde, cuando el sol se va por aquella otra parte, nosotros nos sentamos detrás.
‑ Buen castillo, sí señor.
‑ ¿No lo había visto nunca? No está mal. Los entendidos dicen que tiene mucha historia. Lo afea un poco la piedra que le están poniendo en las ventanas. Yo creo que le debían dar algo para que pareciese viejo ¿No le parece a usted?
‑ ¿Lo suelen enseñar a la gente?
‑ Hombre, si busca al señor cura y se lo quiere enseñar, entonces lo podrá ver. Lo de allá es la iglesia y esta otra parte está ahora vacía; antes teníamos aquí el cementerio. Cuando las excavaciones encontraron debajo cimientos y ajuares de cuando los moros.
Dejando a un lado las tremendas proporciones de la fortale­za, que ya por sí sola justifica la presencia del visitante, el castillo conserva incólume el recuerdo vivo del poeta de las Coplas, como así reza una lápida adosada a la puerta principal, y que fue erigida en 1944 por la Real Academia Española a expensas y por iniciativa del Duque de Alba. Sobre el mármol rojo, situada a la derecha de la artística portada del siglo XV, se puede leer:
"RECUERDA CAMINANTE QUE A LAS PUERTAS DE ESTE CASTILLO SE "VINO LA MUERTE" SOBRE EL POETA QUE MEJOR LA HA CANTADO EN NUESTRA LENGUA, EL CAPITAN JORGE MANRIQUE,EN EL AÑO DE MCDLXXVII CUANDO PELEABA POR SU REINA ISABEL LA CATOLICA"
Con un error injustificado a la hora de señalar con fecha la muerte del poeta, que no acaeció según parece en 1477, sino dos años después, peleando como es sabido contra los ejércitos del Marqués de Villena, defensor de la causa de Juana la Beltra­neja, el recuerdo material de los padres de la Lengua perpetúa la memoria del insigne guerrero y del hombre de letras, cuya refe­rencia volverá a ocuparnos en más de una ocasión recorriendo las calles y los alrededores de la villa.
El Castillo de Garcimuñoz entona desde las mil bocas de piedra vieja el bellísimo himno de su nobleza ancestral, de su historia imperecedera. En las calles del pueblo uno acaba por perderse muchos siglos atrás en el tiempo. Aquí, las casonas blasonadas de sillería donde habitaron hombres y familias ilus­tres que nadie recuerda; allá, la sublime filigrana artesanal de hierro forjado que cubre las ventanas, buscando como remate las más finas alusiones a la fe, a las artes o a la guerra. Por la calle Mayor sube una señora pregonando a toque de trompeta la mercancía con la que acaba de arribar el furgón de un vendedor ambulante.
‑ ¡Fruta de todas clases y pescado en la Plaza del Horno!, ¡Está fresca, mujeres, está fresca!
En una tiendecilla que es a la vez estanco, en la calle Mayor, me indican dónde puedo ver a don Teodoro. El cura me recibe en su casa y me hace sentar al lado de una mesa llena de libros. Don Teodoro Bonilla es un hombre estudioso que dedica una parte considerable de su tiempo a la investigación histórica y literaria en torno al enclave en donde vive. En la mesa redonda de don Teodoro hay, entre un montón de libros, de documentos y de recortes de prensa, distintas ediciones de "El Conde Lucanor". A don Teodoro no le gusta, me di cuenta enseguida, que el periodis­ta ignore tan impunemente la relación personal con el Castillo del propio autor del "Libro de Patronio".
‑ No, no, no. Ese es el peor mal que tenemos los castellanos. Si en vez de ser aquí hubiera sido en Cataluña donde vivió don Juan Manuel, estoy seguro de que ahora mismo tendría un monumento en cada pueblo.
‑ Quiere usted decir que el Infante pasó por aquí.
‑ Quiero decir que estuvo aquí y que vivió más de treinta años en el Castillo; los más importantes, por cierto, de toda su producción literaria. Lo que me llevó a defender la teoría de que "El Conde Lucanor" se escribió en este pueblo, cosa que hasta el momento nadie me ha rebatido. Aquí tuvo su casa y aquí pasó más de la mitad de su vida. Eso se puede demostrar documentalmen­te siempre que se quiera.
‑¿Es que no les parece suficiente el ser éste el lugar de cita entre el poeta Jorge Manrique y su cantada, la muerte?
‑ No, y aún hay más. Don Juan Manuel fundó en su propia casa
un convento en el que estuvieron los Agustinos hasta 1834. Así que, si considera­mos que Fray Luis de León pasase, como lógica­mente debió de ser, muchas temporadas en Belmonte, y siendo éste el convento agustino más cercano, cabe pensar que con frecuencia acudiría también por aquí. De tal manera que, con la relación personal y prolongada de don Juan Manuel, con la muerte de Jorge Manrique, y con la estancia más que posible de Fray Luis en el pueblo, yo creo que todo aquel que quiera penetrar un poco en serio en la Literatura Castellana, no tendrá más remedio que pasar por aquí.
Fue la noble villa manchega cabeza de una zona extensísima de tierras y de pueblos que el rey Alfonso VIII de Castilla conquistó para la cristiandad en 1177, a la vez que tomaba posesión por las armas de la que ahora es capital de provincia. Don Teodoro me acompañó por algunos de los lugares más significa­tivos y me fue explicando gentilmente, sobre la marcha, pormeno­res de lo que en su día debieron ser aquellos retazos de historia antigua que, en piedra sobre todo, cuando no en el recuerdo solamente, son testigos mudos de tanta gloria pasada.
Aquí estuvo también el gran Jamete, el del famoso arco de la catedral de Cuenca. Estando aquí, recibió Jamete por medio de un cura francés varios libros del propio Erasmo. Aún queda por ahí destrozada alguna escultura que lo recuerda.
‑ ¿Cómo fue el instalar la iglesia en medio del castillo?
‑ Bueno, aquello fue para cubrir una necesidad que surgió al hundirse la primitiva iglesia de San Juan en el año 1630. Aquel arco que se ve allá lejos es lo único que se conserva de ella. Después se edificó la nueva aprovechando parte del castillo a finales del XVII, aunque no se inauguró hasta el siete de junio de mil setecientos ocho.
En la parte de fortaleza que el templo deja libre, detrás siempre del muro que delimita la iglesia, se ven los restos de una antigua alcazaba árabe sobre la que, sin duda, debió cons­truirse el castillo. Hasta 1975 fue aquella escueta superficie de terreno el cementerio municipal, donde, durante los últimos siglos, los muertos fueron encontrando su cobijo definitivo entre piedras morunas o en los ventanales y en las oquedades del grueso murallón.
La antigua iglesia de San Juan estaba situada en un alcor desde el que se domina un magnífico panorama de campo abierto, variadísimo, y la vista general del pueblo en sentido opuesto a través de una curiosa ojiva, todavía en pie, reliquia de la primitiva iglesia.
‑ Desde aquí se distinguen perfectamente lo que fueron los dos barrios en la Edad Media: el moro y el judío. Aquellas pare‑ des de sillería que se ven por encima pertenecieron a la casa y a la iglesia de don Juan Manuel. Aún quedan los argos del claustro.
A estas alturas de la provincia de Cuenca pisamos tierra de transición entre la vertiente Mediterránea, cuyas aguas se encarga de recoger el vecino Júcar, y la Atlántica, a la que sur‑ te el Záncara que podríamos encontrar a cuatro leguas, poco más, de paso hacia la Alberca. Por el camino de la Nava se llega muy pronto al monolito que marca, según la creencia popular ‑no la de los estudiosos que parece ser se inclinan por las mismas puertas del castillo‑ el sitio exacto donde fue herido de muerte Jorge Manrique. El hecho se recuerda al borde del camino con un sencillo monumento de piedra labrada y una cruz de hierro asida al muro. Hay en la base del altar que le sirve de peana un hueco en el que se guardó al principio de ser construido un ejemplar impreso de las Coplas a la muerte de su padre, para que el caminante dedicase, tras su lectura, unos minutos siquiera a considerar la fugacidad de la vida terrena y la importancia de conseguir con buen tino la otra que viene después, más allá de la muerte.
‑ ¿Le gusta? Ahí dicen que mataron a uno.
‑ Ya, ya. Pues no sabía yo que tenían aquí esto.
‑ Se llamaba don Jorge. Según oídas debía ser un señor muy importante, que hacía poesías y cosas de esas. Creo que le pegaron un lanzazo y se fue a morir por allá, por la parte de Santa María.
El simpático campesino de El Castillo siguió caminando con su cargamento de matas de garbanzos a lomo de una burrilla gris, retozona, satisfecho de haber sabido estar a la altura de las circunstancias, de haber sabido servir como es debido al viajero que continúa allí, sentado a la sombra del monolito, encerrado en sí mismo, con la mirada fija en las tierras de labor y en los olivares que se tuestan alineados al sol del mediodía.
(Continuará)

miércoles, 7 de enero de 2009

RECUERDOS DE UNA DÉCADA (y II)


(Continuación)
Hacia el verano de 1950 un acontecimiento tristísimo llenó al pueblo de dolor y de conmoción a toda la comarca, pues en el corto espacio de dos meses murieron de sarampión veintiocho niños, lo que supuso una marca profunda de pena para tantas familias oliva­reñas que aún evocan con inmenso cariño a tantas criaturas como la muerte se llevó en época bien temprana. Quiero recordar a ciertas familias en las que fallecieron tres de sus hijos.
Ya bien metidos en los años cincuenta nos trajeron el cine de una manera fija y permanente. Durante los fines de semana se ofrecía al vecindario la oportunidad de ver en pantalla algunas de las películas ya estrenadas en los cines de Madrid. Todo un acontecimiento que, sin duda, contribuyó en parte a escapar de nuestras más viejas y arraigadas costumbres.
Mientras tanto los chiquillos seguíamos jugando a las buchas, al trompo, a los porritentes, al escondecorreas, a la ciminicerra, al fin derecho, al ruiceluno, al calinche..., y las chicas a los pitos o a los alfile­res arrastrando las uñas por el cemento de las aceras, juegos que requerían poco desembolso y que, si el gasto era preciso, pagába­mos con frendis y con capones, o llevando acuestas al ganador de una a otra esquina de la calle. Los mozos se diver­tían jugando a la pelota en el frontón del Lejío o hacien­do rular el hierro en el camino del Boleo. Los hombres mayores, por su parte, le daban a la media azumbre de tintorro con cacahue­tes y pellejos de bacalao en las tabernas de la Vicenta y de Julio Valera, cuando no en los bares de la Carre­tera tomando café y refrescos de jarabe dulzón los más al corrien­te de la vida moder­na. Las mujeres, ¡póbreci­tas ellas!, se dis­traían a veces jugando a las cartas o en eterna conversación en tertulia de aceras viendo quien pasa. Durante las largas trasno­chadas del invierno, quienes tenían aparato mataban las horas escuchando los programas de discos dedicados que se emitían desde Radio Andorra, o los sonoros concursos de Radio Madrid que presen­taron aquellos astros de la locución Boby Deglané y José Luis Pecker. Las radionovelas de la tarde fueron por entonces un valioso entretenimiento para las sufridas señoras y jovencitas del pueblo.
La Navidad tuvo por estos años la categoría de fiesta fami­liar con la más profunda raíz. Fueron días en los que la amistad mutua marcaba las cotas más altas entre la gente del pueblo, sobre todo entre la juventud. Las cuadrillas de mozos trasnochaban en las tabernas, deambulaban de casa en casa, muchas veces con música de acordeón recorriendo las calles, para volverse a tomar -por supuesto que sin necesidad por parte de nadie- una copilla de anís y un par de rolletes, cuando no algún chorizo de la matanza con vino y pan si la cosa rayaba a niveles de seriedad todavía más altos. Los rolletes, qué duda cabe, fueron la estrella de nuestra repostería navideña. Nadie, como en todo lo que realmente merece la pena, podría darnos noticia de su origen, si bien sabemos que es un producto exclusivamente olivareño.
A partir de 1954, cuando la subida de las aguas del pantano fue para el pueblo y para sus habitantes, no una quimera, sino una palpable realidad irreversible, Olivares vio marcharse a tierras lejanas una buena parte de su población de derecho. Comenzaron a cerrarse puertas en muchas calles; espec­táculo lamentable que, hasta que llegó el momento, siempre consideramos lejano. El pueblo comenzó a declinar. Los que aquí quedaron se vieron comprometidos en la tremenda tesitura de mecanizar las tareas agrícolas, huyendo definitivamente de los viejos sistemas bajo amenaza de sucumbir. La sociedad de consumo no había llegado, pero comenzaba a vislum­brarse. En 1958 instalaron las primeras televisiones en los bares del pueblo. De ahí en adelante, qué decir, para qué hablar, es algo que con datos más o menos comple­tos casi todos conocemos. Y así hasta hoy, cuando vemos, no sin asombro por parte de quienes vivimos fuera, que nuestro pueblo comienza de nuevo a merecer la pena, que ha tomado plaza de manera segura en el complicado tren del progreso y que, confiamos, pueda entrar sin demasiadas compli­caciones en el previsible maremagnum del tercer milenio. De que ello sea así, han de responsabilizarse como portadores del testigo los más jóvenes.
La fotografía muestra la cúpula de cargado barroco en la Capilla de Cristo de la Nave