domingo, 24 de enero de 2010

UNA DÉCADA PARA EL RECUERDO 1946-1956 ( I )


De mi libro “Olivares de Júcar” -que supongo estará en los domicilios de casi todos los olivareños, tanto residentes como ausentes-, creo que me falta por incluir en el blog el capítulo “Una década para el recuerdo. 1946-1956” Fueron los años de mi niñez y de mi primera juventud. Recuerdos gratos a pesar de las privaciones de la época y de la escasez de todo tipo de medios. Recuerdos felices, a pesar de todo.
(Debido a su extensión lo presento en dos páginas consecutivas”.


"No es sólo ésta a la que me refiero en el presente capítu­lo la época de mayor interés que ha vivido el pueblo a lo largo del presente siglo. Hubo un tiempo en el que Olivares debió ser un pueblo activo y de feliz convivencia, un pueblo en el que la gente hubo de sentirse a gusto, pese a las privaciones impuestas por la época, y en donde las actividades de tipo cultural (música y teatro sobre todo) debieron sonar al mismo ritmo del corazón del pueblo. De ese tiempo dejó testimonio gráfico abundante, en centenares de fotografías tomadas durante la primera mitad de los años treinta, un olivareño muy singular, don Quinciano Guijarro, maestro, hombre pulcro y elegante, de cuya producción en el entonces primerizo arte de la fotografía se ofrecen en este libro algunas muestras de incalculable valor. El tiempo -que rara vez juega en favor de la persona- acaba con todo, y buena cosa será detenerlo, aunque sea forzándolo con violencia, por medio de la palabra y de la imagen.
Malamente acababan de transcurrir aquellos que la gente mayor todavía conoce como los años del hambre. Era preciso moler el trigo a escondidas para tener pan; que sacar el aceite de la propia cosecha por sistemas rudimentarios, pisando los sacos de aceituna a deshora de la noche, prácticamente a oscuras y en el silencio de las cuadras, de los jaraíces, de las cuevas y de otros lugares cerrados en los que nadie pudiera sospechar el "fraude"; pues al comer -quienes tenían para ello- daba la impresión de que se cometía un delito... Eran los tiempos del estraperlo, del ocul­tismo hermético por sobrevivir, y de los maquis, asaltadores de campos y caminos que, por estas tierras de Cuenca y de otras provincias limítrofes, asentaron con preferencia su centro de operación.
Ya por el año 1947 lentamente, muy lentamente, las penosas secuelas de la Guerra Civil se fueron suavizando. Olivares comenzó a levantar cabeza y a renacer de aquella dolorosa situación a fuerza de privaciones, de trabajo, del sudor de sus gentes, y, desde luego, con la generosa colaboración de aquellos campos que a un lado y al otro de los cauces del Júcar, aguas arriba y aguas abajo del puente de la carretera, todavía recordamos con nostalgia y añoramos como un bien infinito que se marchó para siempre: nuestras huertas, el único medio de vida para tantas familias que, con la subida de las aguas del pantano, se vieron obligadas a emigrar, dejando al pueblo, en el corto espacio de una docena de años, reducido a la mitad de su censo: Valencia, el País Vasco, Madrid, Cuenca y Barcelona -quizás en ese orden-, se convirtieron en tierras de recepción para cientos de olivareños que hubieron de marchar cuando la ribera desapareció bajo las aguas del embal­se. Hoy uno lo lamenta con todo el dolor de su alma; no son pelillos a la mar, pues ante la palpable realidad de aquellos parajes desolados, sólo cabe una verdad visible y contrastable: al final, el pueblo se quedó sin lo uno y sin lo otro, sin la riqueza en frutas y hortalizas de aquellos cultivos, y sin las demás posibilidades turísticas que hubieran podido surgir en torno a las aguas del pantano, si éstas se hubieran mantenido en los mismos niveles o similares a los que tuvo cuando el agua subió por primera y única vez en toda su historia.
Durante aquellos años Olivares fue un pueblo amenazado, pero alegre, palpitante y con deseos de vivir. Si en el aspecto econó­mico se desenvolvía al mismo ritmo que los demás lugares de su entorno, también es cierto que el problema de la alimentación lo tenía prácticamente resuelto con la ayuda de la ribera, servicio del que carecían los demás. El agua para beber tampoco llegó a faltar, pues "El Pozo", justo en el bajo que ahora ocupa la moderna ermita de San Isidro, fue capaz de llenar, uno a uno, todos los miles de cántaros que para el consumo humano fueron precisos, y no para el consumo animal salvo en casos extremos, que para ello buen servicio prestaron los abrevaderos del Pilar y de la fuente de las Palomas, donde hubo ocasiones en las que las mulas debían turnarse para beber al bajar de las eras o regresar del campo en tiempo de labranza.
Las fiestas patronales del Santo Niño eran un acontecimiento ansiado por todo el vecindario. Duraban tres o cuatro días, con toros incluidos. El baile para la juventud se celebraba en la plaza de la gasolinera, ampliándose la capacidad del salón con unos tableros a manera de cercado en el que todos tuvimos nuestro sitio. Un acordeón, un saxofón y una batería, fueron la orquesta incomparable de cada tarde y de cada noche. Los mambos de Pérez Prado, los chachachás de Xavier Cugat y los boleros sudamericanos, eran la novedad en cada fiesta. No había dinero, y era preciso rayar al máximo la diversión con el mínimo de gastos, y a fe que ello se conseguía.
Los viajes -que tan sólo movían a la gente en ocasiones y en circunstancias bien justificadas- se hacían preferentemente en el coche de Rosito, que funcionaba como único vehículo al servicio público, y donde, con un poco de suerte, se solían "acomo­dar" ocho o nueve personas, y, desde luego, en la Catalana y en la Taranconera, cuando los viajes se hacían a Cuenca o Motilla-Taran­cón y no había personal suficiente para completar un viaje con el taxista local don Sebastián Cantero, de tan feliz recuerdo. Lo de Auto-Res y otras empresas todavía en vigor llegaría más tarde".
(En la fotografía, un detalle del Molino de Arriba antes de que lo inundara el pantano).

martes, 15 de diciembre de 2009

LA NEVADA DEL SIGLO




Al decir del siglo me refiero al siglo en que ahora estamos; porque muchos de nosotros las recordamos todavía mayores. De todas formas es digno de celebrar el detalle que el tiempo atmosférico tuvo ayer con nuestro pueblo. Estoy seguro de que los menores de cuarenta años no recuerdan una nevada así. Treinta centímetros de altura en medio del Lejío.


Pilar Aranguren, a la que agradezco estos detalles que tiene con el blog, me ha envíado algunas fotografías que supongo tomaría ayer, día 14. De ellas he elegido, para que los olivareños que no viven allí puedan darse una idea de cómo está el pueblo, las dos que me han parecido más expresivas: rincón de un parque, y el Barranco del Pilar.

jueves, 10 de diciembre de 2009

LAS HOGUERAS DE SANTA BÁRBARA




Buena cosa es que se vayan recuperando algunas de nuestras costumbres perdidas, escalas festivas de tiempo inmemorial que durante las últimas décadas del siglo XX fueron desapareciendo, a la par que la modernidad iba ocupando su sitio y las buenas gentes de los pueblos tuvieron que huir a otras tierras en busca de mejores horizontes para el futuro. En Olivares hubo mucha devoción a Santa Bárbara. Recuerdo que se celebraba, allá por los años cuarenta y cincuenta, con misa, procesión, y baile por la noche.

La noche de Santa Barbára (del 3 al 4 de diciembre) fue la más jolgoriosa de las fiestas de invierno. Se quemaba en las calles de los distintos barrios todo aquel volumen de matas secas que durante más de un mes los chicos conseguíamos recoger por los huertos, ardían las sillas y objetos en desuso que la gente guardaba a lo largo del año para quemar esa noche, y los botillos viejos de vino, los neumáticos de los coches, y todo lo que fuera capaz de arder encontraban en la media noche su glorioso final
Los mozos saltaban por encima de la hoguera al grito de ¡Viva Santa Bárbara Bendita!
Por fortuna son varias las hogueras que de un tiempo a hoy vuelven a iluminar en la noche de diciembre las calles y las plazas de nuestro pueblo. Pilar Aranguren ha tenido el bonito gesto de mandarme fotografías de la hoguera que este año ardió en el barrio del Calvario. Debió de ser un espectáculo impresionante y muy alegre en la noche fría, allá por la zona más alta del pueblo. Funcionarían, ¡qué decir!, la pitanza abundante y nutritiva rememorando las viejas costumbres, los vasos de cubata, de zurra, y las copas de coñac y de anís, como en los buenos tiempos, para hacer frente a las circunstancias.
Por mi parte cumplo con el deber de llevar la noticia al mundo; pues son más de un centenar las personas que nos siguen no sólo desde el nuestro, sino desde otros países de la tierra.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

NUESTROS JUEGOS (III): "LA CÍMINICERRA"


La “Címinicerra” era otro de nuestros juegos que al menos por lo que tiene de gracioso y de poco común, conviene sacar del olvido, procurando que prevalezca aunque ya nadie lo juegue, en el saber popular de generaciones actuales y venideras. De los que hoy vivimos, es muy probable que para los menores de cuarenta años, incluso aun mayores, resulte novedoso. Lo considero, sin duda, como el más nuestro de todos los juegos infantiles; pues no tengo noticia de que en su pureza olivareña, o con alguna posible variante de matiz, se haya llegado a practicar en ninguna otra parte. Es además un juego de muchachos, algo brutote, pero que tiene hasta cierta gracia; y así recuerdo con agrado haber jugado a él tantas veces en aquellos atardeceres y trasnochadas tan añorados de nuestros barrios.
En la “Címinicerra” el que se quedaba, tenía absoluto poder, mucho más que un árbitro de fútbol, porque no estaba sujeto a ningún tipo de reglamento.
Se jugaba así:

Un grupo de chavales, los que hubiera, cuatro o seis, y una correa de las de vestir que solíamos pedir a los abuelos, es todo lo que se necesitaba para empezar el juego.
Uno de los muchachos, el que “se quedaba”: dirigía el juego, para entendernos, cogía con una mano el extremo libre de la correa. Los demás, la sujetaban todos del otro extremo en donde estaba la hebilla. El que dirigía el juego, lo hacía con esta frase:

Címinicerra, panza de perra,
en mi huerto hay un arbolito
de alto, de alto…, así de alto.

Y señalaba con la mano libre la altura sobre el suelo de la planta en la que acababa de pensar. Entonces, sin orden ni preferencias de turno, a grito vivo, el resto de los jugadores empezaban a decir nombres de plantas, que ellos consideraban pudiesen tener esa altura.
- ¡La lechuga!
- ¡No es la lechuga
- ¡La col!
- ¡No es la col!
- ¡La patata!
- ¡No es la patata!
- ¡Las zanahorias!
- ¡No es las zanahorias!
- ¡Las habichuelas!
Y sonaba, todavía más fuerte, la voz del que manda…
- ¡¡¡habichuelazos!!!
Entonces salían todos de estampida, perseguidos por el afortunado que acertó, y que corría tras ellos sacudiendo correazos a diestro y siniestro.
Cuando el director consideraba que se encontraban lo suficientemente lejos, volvía a gritar:
- ¡¡¡A la pelala!!!
Momento aquel en el que todos se volvían contra el de la correa, y si lo pillaban, le revolvían los pelos de la cabeza, lo tiraban al suelo, hasta que la criatura conseguía llegar al sitio de salida, sofocado y sudoroso, para empezar otra vez.
Entre las plantas de marras que más solían aparecer, estaba un arbolito de alto “al ras del suelo”. Cuando ello ocurría, se adivinaba siempre a la primera. Era la correhuela o corregüela, que para nosotros era la correduela.

viernes, 27 de noviembre de 2009

NUESTROS JUEGOS ( I I ): "LAS BUCHAS"



Es otro de los antiguos juegos de muchachos que hace infinidad de años que desapareció. La Plaza de la Carretera o el Lejío solían ser el sitio ideal para jugar a las “buchas”, y la cancha de partidas memorables. Un ejercicio para el que no hacía falta el dinero, como para casi todos los juegos de entonces, y que consistía en lo siguiente:

«Se reunían dos grupos de muchachos, de cuatro personas o más cada grupo. Se echaban pies para saber a cuál de los grupos le tocaba “quedarse” como grupo perdedor, y enseguida comenzaba el juego.

Los componentes del grupo perdedor (todos menos uno que actuaba de vigilante) se colocaban en medio de la plaza, haciendo corro y unidos uno a otro, mirándose de frente y con los brazos por encima de los hombros de sus compañeros. El vigilante tenía por misión defender la bucha, es decir, a sus compañeros unidos en corro, para que los del equipo rival no viniesen a subirse sobre sus espaldas. La partida cambiaba a los perdedores por ganadores y viceversa, cuando el jugador vigía lograba tocar con la mano a cualquiera de los componentes del equipo contrario. Siendo su misión la de correr tras de ellos.

Si un jugador o jugadores conseguían colgarse de la espalda de los que formaban la bucha, estaban fuera de peligro. También cuando cualquiera de los que iban corriendo, perseguidos por el vigilante, se refugiaban en la “chufa” (un espacio en círculo dibujado en el suelo). Cuando alguno de los que estaban acuestas parecía estar a punto de caer, el vigilante no se apartaba de él, agarrándole de la ropa con la mano. Pues en el momento que tocara el suelo con cualquier parte de su cuerpo, se daba por pillado, lo que suponía cambiar el sentido del juego.

Si uno de los jugadores subidos sobre la espalda de cualquiera de las buchas, se veía en dificultades para mantenerse sin caer al suelo, y con la mano del vigilante del equipo rival sujetándolo de la camisa o del jersey de lana -que es la indumentaria que solíamos llevar-, entonces se producían escenas verdaderamente cómicas, por las posturas que adoptaba el de arriba por mantenerse sin caer, y el sufridor que lo estaba sosteniendo, por tirarlo al suelo.»
(En la fotografía otro de los rincones más reconocidos del pueblo, la Placeta de la Cuesta del Moro)

jueves, 12 de noviembre de 2009

NUESTROS JUEGOS (I): ¡PORRITENTE TO EL MUNDO!


Eran juegos aquellos de nuestros tiempos en los que, al faltar el dinero, tenía que funcionar hasta el límite la imaginación. Juegos emocionantes a veces, de mucho gritar y de mucho correr, tanto por el pueblo como por sus alrededores. Juegos que sólo recordamos los que hemos pasado la barrera de la jubilación, y que mucho me temo que si no se le pone remedio se perderán para siempre, sin que de ellos, como parte de nuestra cultura local, quede el más remoto recuerdo.
Intentaré incluir aquí algunos de aquellos juegos, mas fáciles de ejecutar que de contar, pero que en homenaje a la gente de mi generación, voy a hacer el pequeño esfuerzo de recordarlos, por supuesto que con la nostalgia de aquellos tiempos, cada vez más lejanos, en los que capeando el temporal nos sentimos felices, y hoy recordamos con nostalgia.
Haré lo posible por incluir como detalle gráfico alguna fotografía de esos rincones tan recordados y tan cargados de personalidad de nuestro pueblo. Hoy hablaremos del juego de “Los porritentes”

LOS PORRITENTES
En una plaza cualquiera o en una calle se hace una serie de hoyitos en hilera al lado de la pared. Tantos hoyos (porritentes) como participantes entren en el juego; adjudicando después un hoyo a cada jugador.
Desde una distancia de tres o cuatro metros, cada jugador por riguroso turno lanza una pelota hacia los porritentes. Si la pelota cae en uno de ellos, todos los jugadores salen corriendo, mientras que el titular del hoyo se va rápido a coger la pelota. Una vez que la ha cogido, grita ¡Porritente to el mundo!, y en ese momento los demás jugadores se quedan quietos en el sitio donde se encuentren, sin poderse mover. Seguidamente, el de la pelota se queda quieto y la tira con fuerza sobre uno de ellos, casi siempre sobre el que tiene más cerca. Si consigue darle con la pelota, el jugador que recibe el impacto deberá “cumplir” con el que lanzó el tiro, y si no le da, entonces se inicia una nueva partida.
El hecho de “cumplir” consistía en los juegos de niños de Olivares en llevar acuestas al ganador una distancia prevista: cincuenta o sesenta metros, más o menos.
Cuando alguno de los jugadores (esto era común a casi todos los juegos) consideraba que existía alguna irregularidad en el desarrollo del juego, denunciaba al infractor con la frase: ¡Pido emborricate, Fulano! Demanda que quedaba anulada por parte del presunto infractor con esta otra frase: ¡Pido emborricate que no me emborriques, Mengano!, lo que inmediatamente daba lugar a la gresca correspondiente.
(En la fotografía un aspecto de la placita de “Las Juanorras”, entrañable rincón que después de los años seguirá añorando los juegos de niños de otros tiempos)

martes, 3 de noviembre de 2009

EN LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


La de Todos los Santos es una de las fiestas que suele llevarnos al pueblo cada año empujados por el recuerdo de los nuestros que un día nos dejaron; y allí, junto a su tumba, evocar su memoria, rogar por su descanso eterno, y recordar junto al mármol frío de sus enterramientos tantos momentos de nuestra vida en los que fuimos felices junto a ellos.
Familiares, amigos, vecinos que se llevó la muerte, vienen en ese día a nuestro recuerdo de forma muy distinta. El pueblo, no sólo el nuestro sino todos los pueblos, celebran en el día de Todos los Santos la fiesta de sus difuntos con flores y con oraciones; a veces -cada vez menos- también con lágrimas. Tengo la sospecha de que en Olivares es el homenaje floral el que prevalece sobre la piedad y los sentimientos.
Se dice que la concordia interna en cualquier pueblo o ciudad, así como el grado de respeto y de entendimiento entre sus habitantes, tiene entre otras como referencia el estado de sus cementerios. El cementerio de Olivares era antesdeayer un auténtico vergel. Ya me gustaría que fuese la muestra evidente de que en nuestro pueblo predominan el entendimiento y la concordia entre unos y otros, como una de sus principales señas de identidad.
En todo caso, resulta grato comprobar cómo el lugar sagrado en donde descansan nuestros antepasados y una buena parte de nuestros amigos, aparece atendido como merece. Pienso que, por esto al menos, debiéramos sentirnos orgullosos.
La fotografía fue tomada en la mañana del pasado día uno. Un día de auténtico verano, algo que también es digno de agradecer.