viernes, 12 de junio de 2009

BERNARDINO BUENDÍA BELINCHON


Días atrás celebró don Bernardino una misa de acción de gracias en nuestro pueblo con motivo de los cincuenta años de su ordenación sacerdotal , que si mal no recuerdo, tuvo lugar el día 31 de mayo de 1959 en Villamayor de Santiago, con motivo del Congreso Eucarístico Diocesano celebrado en aquella villa manchega.
Don Bernardino Buendía ha ejercido su labor pastoral durante el último medio siglo en las parroquias de Albaladejo del Cuende y Villaverde Pasaconsol, de Ledaña y Casas del Olmo, de Campillo de Altobuey y Paracuellos de la Vega, y finalmente en Quintanar del Rey. En la actualidad atiende la parroquia de Santa Ana en la capital de provincia.
Siempre ha supuesto un motivo de alegría volverme a encontrar, aunque haya sido muy de tarde en tarde, con Bernardino, amigo de juventud. Mis visitas al Seminario de Cuenca en las mañanas de los domingos, siendo estudiante, para pasar alguna hora en su compañía, permanecen tiernas en el recuerdo; también las escapadas al río en bicicleta para bañarnos en vacaciones; y, sobre todo, la marcha a pie por toda la Costa Brava, de Cadaqués a Barcelona, él como asesor religioso del campamento y yo como uno más de los asistentes: la visita al pintor Dalí en su casa de Port Lligat, los bailes de sardanas en las plazas de los pueblos por toda la costa, nuestro encuentro con el viejo cura de Tossa de Mar, Mosén José Soler de Morell, escritor y dibujante, y tantas vivencias más como suelen ocurrir en ese tipo de situaciones, buenas y menos buenas, me han llevado a mantener en favor de Bernardino un cariño especial y permanente.
Con motivo de tan grata efemérides, he vuelto a estar en contacto con él a través del teléfono y del correo electrónico. Hemos recordado cosas, y hemos dado un paso adelante más intentando quitar de la memoria la pátina que van dejando los años de separación. Como persona admirada, respetada y querida por sus paisanos, no podía faltar su presencia en este escaparate al mundo de nuestro pueblo. Enhorabuena al amigo, y a Olivares también; pues siempre es un honor contar entre sus hijos con personas así.

sábado, 23 de mayo de 2009

VIAJE A LA SERRANÍA DE CUENCA


En el verano de 1983 pude ver cumplida una vieja ilusión: la de conocer la Serranía de Cuenca, andarla a pie desde la capital, recoger las impresiones que fueran surgiendo en el camino, y darlas después a conocer al publico a través de la palabra escrita. No sin algunas dificultades, ni más ni menos que las previstas y que ya han pasado al olvido, conseguí mi propósito.
Publiqué dos libros como consecuencia, un “Viaje a la Serranía de Cuenca” de corte literario, y otro posterior como guía de turismo, “La Serranía de Cuenca”. Fueron muy comentados los dos entre la intelectualidad conquense, no siempre al gusto de todos. Es lo primero que se escribía acerca de la comarca más espectacular de nuestra provincia, y eso gustó a muchos, pero a todos no. Ambos se agotaron enseguida.
Del capítulo segundo del “Viaje a la Serranía de Cuenca”, titulado “El camino de la capital”, que hice desde Olivares a Cuenca en la Catalana, trata el cumplido fragmento que transcribo a continuación:

“El coche entró a la plaza con la mitad de los asientos sin ocupar. Ju­lito, el cartero, le entrega al con­ductor una valija de lona ribeteada con los colores nacionales que aparen­temente no contiene nada, y recibe a cambio un envoltorio de cartas, de periódicos, de impresos y de giros postales. Unos al sol de la ventani­lla, otros adormilados sobre los cabe­zales de sus asientos respectivos, los hombres y mujeres que vienen desde la Mancha me miran con indiferencia. Se ve que son viajeros sin costumbre de viajar a los que les duelen las mue­las, señoras que tienen a sus maridos en la residencia de la Seguridad So­cial operados de próstata, chóferes con el plazo acabado del carnet de conducir, soldados que se les terminó el permiso, estudiantes de enferme­ría­... A unos y a otros le trae sin cui­dado la mochila, los panta­lones vaque­ros, los calcetines de lana gorda y las botas de andar del recién llegado.
Fuera de la ventanilla, de una ventanilla que intento abrir pero que no lo consigo, aguarda la salida del autobús la esposa del viajero. Con el ruido del motor apenas si le llega hasta el oído la última recomendación de su mujer que le habla desde abajo.
- ¡Ten cuidado y llama por telé­fono todas las tardes!
- ¡Adiós, procuraré hacerlo!
El coche de línea arranca de inmediato y sale de la plaza sin es­trépito, con desacostumbrada suavidad. Se va calle arriba buscando a las afu­eras del pueblo la carretera de Cuen­ca, que así se llama a partir del em­palme con la antigua general de Madrid devorada por el pantano. El pueblo se ha quedado atrás, despere­zándose, acu­rrucado más allá de los terraplenes que dibuja a su caída el cerro del Horca. Pasadas las eras de las Colum­nas, Olivares se pierde definitivamen­te. A derecha e izquierda del camino se abren con el primer sol, como en un mosaico de luz acabado de estrenar, los ocres de las tierras baldías, los verdes y amarillos cubriendo los cuar­teles de girasol que suben y bajan en delicioso vaivén a merced de la arru­gada piel de la Lastra, los oros páli­dos de la cosecha a punto de hoz sobre una extensión que se escapa al alcance de los ojos.
Por Belmontejo, el sol se hace notar a través de las ventani­llas si­tuadas al saliente. Hay una señora enlutada, rechoncha, con una bolsa en la mano, que espera el autobús en el empalme. Belmontejo queda a cuatro pasos de aquí, a la derecha de la ca­rretera, como extendido en la vertien­te sur del cerro de la Iglesia, miran­do al Riato. La señora, al fin, consi­gue subir al coche por sus propios medios, sin ayuda de nadie, después de un esfuerzo que la ha debido dejar medio deshecha. Una vez arriba, la mujer se da cuenta de que ha olvidado la bolsa.
- ¡Lo que me faltaba! ¡Vamos que...! Anda hermoso, tú que estás más suelto, baja y cógeme la bolsa.
El muchacho se apea del autobús y le sube la bolsa. La mujer, con su equipaje encima, recorre el pasillo buscando un asiento. Para mantener el equilibrio sobre la marcha la mujer se va aga­rrando con la mano libre a los respaldos, tocando casi las cabezas de los viajeros.
- Señora, puede usted elegir el que más le apetezca -le digo-. El co­che viene medio vacío
- Mire, mire; ya lo veo. Prefie­ro donde mejor me dé la sombra, porque en cuanto llevo un rato en el coche, ¿sabe usted?, me da por vomitar.
- Ah, claro. Pues aquí donde yo estoy no se va mal. Si quiere yo me levanto y se sienta usted. A mí me da lo mismo un sitio que otro. Lo que siento es que no sé abrir la ventani­lla si le ocurre algo.
- ¡Ea! Pues, si dice usted que en ese sitio no se marea el personal, me sentaré si me hace el favor.
En tanto que la mujer se acomo­da, me pongo de pie y le sostengo el equipaje en el pasillo.
- Muchas gracias. Que Dios se lo pague. ¿Qué viene usted de la parte de La Roda?
- No señora, vengo de más cerca. Yo soy de Olivares.
- ¿De Olivares del Júcar? Enton­ces será usted abubillo, como tenemos la costumbre de decir por estos pue­blos.
- Pues no lo sé, ya ve usted. Pero, si usted lo dice...
- ¡Ea! Siempre lo hemos oído así. Y a los de La Almarcha les dicen barracos.
- ¡Vaya! Pues eso me parece to­davía peor.
- Oiga: ¿Usted no se marea? –me pregunta.
- No. Yo casi nunca me mareo. Para eso lo mejor es no acor­dar­se, ponerse a pensar en otra cosa.
- ¡Huuiiiii...! Pero qué dice. Usted no sabe cómo me pongo por estas malditas carreteras. Me sube una cosa por aquí, que me pongo malisma.
Al entrar a La Parrilla la mujer lleva la boca tapada con un pañuelo. Los tractores esperan su turno en la explanada de la gasolinera cargados de bidones vacíos. Dejamos a la derecha el desvío y no colamos por el primiti­vo itinerario para recoger a un par de viajeros que esperan arriba, cerca de la antigua fábrica de mantas. La Pa­rrilla es un pueblo distinguido, de gente inquieta y emprendedo­ra con un alto sentido del deber; de gentes que, amando con pasión a su patria chica, se tiran al difícil ruedo de los mil mundos en busca del codiciado pan de cada día que llevar a los suyos. Los parrillanos no se sujetaron nunca a vivir de la tierra, arrastrando el sudor por los barbechos como lo hacen los de sus pueblos vecinos; y, unas veces en el trato, otras con el trans­porte de mercancías, en la pequeña industria, despreciando con valentía los consabidos reveses de la vida nó­mada, han sido siempre un pueblo prós­pero, habitado por una raza especial de gentes simpáticas, laborio­sas y admirables.
- Un poco gitanos, digo. No se vaya a creer, que a éstos no los saca usted a bailar si no va la peseta por delante.
El camino discurre entre campos de labor y oscuros roquedales hasta darse de bruces con el Júcar, cuyas aguas verdes vemos colarse bajo los ojos de un puente romano, luego de haber movido las turbinas de una fá­brica de luz. Por Valdeganga aparecen los primeros pinos. La Serranía la tenemos ya aquí. Por Valdeganga la carretera pasa marcada de continuo por las sombras del pinar. Quedan a nuestro lado las ruinas de un balnea­rio comido a trozos por la desi­dia, nobles paredones derrui­dos de vieja residencia princi­pesca, techum­bres desmanteladas que la maleza se va comiendo poco a poco en medio de un bosque de casta­ños locos, de álamos, de tilos y de zarzamoras.
Mi acompañante, a la que procuro no molestar, anda con el cuerpo re­vuelto. Las curvas y el olorcillo pe­netrante del gasoil tienen eso, que empiezan por nada y acaban destrozando el aparato hasta ponerlo a morir: "Me sube una cosa por aquí, que me pongo malisma". La mujer lleva ahora la boca tapada con una toalla muy limpia que huele a alcanfor. Tiene la cara blanca y los ojos lacrimosos, como en estado de trance. Uno no sabe qué hacer.
- Señora: fíjese bien en aquel pedrusco que sobresale por las capotas de los pinos. ¿A que parece un San Antonio?
- Ande, no diga tonterías, que el sanantonio lo llevo yo dentro.
En la primera curva, con las aguas mansas del Júcar como testigo al otro lado de los árboles, la mujer arroja su sanantonio en la toalla limpia con olor a alcanfor y se queda traspuesta, como dormida, respi­rando hondo, relajada sobre el sillón, con el hatillo de sus males recogido en el halda."

martes, 12 de mayo de 2009

EN LA FIESTA DE SAN ISIDRO



Nadie hubiera podido pensar que allá por las primeras décadas del siglo XII, cuando un humilde campesino de Torrelaguna labraba las tierras de su amo -el noble Ivan de Vargas- en los campos de Caraquiz, su vida ejemplar habría de tener tanta repercusión por siglos posteriores entre los labradores de España.
Fue declarado santo en el año 1622; con anterioridad, su vida había sido escrita en verso nada menos que por Lope de Vega, y aireada en otros sectores de la literatura universal por Torcuato Tasso y por Ariosto en “El Isidro”.
San Isidro, Patrón de Madrid y de los labradores españoles, ocupa un lugar destacado en el costumbrismo festivo de nuestro pueblo, con una celebración popular que tan solo superan en importancia las fiestas de verano y de invierno en honor del Santo Niño. Cosa lógica en un pueblo de labradores, cuya principal fuente de trabajo y de ingresos ha sido la agricultura a lo largo de toda su historia.
Procesión con su imagen hasta la ermita del Santo; Misa al aire libre en la explanada del Pozo, y comida general, a escote, a la sombra de los árboles con un aperitivo previo, donde la gente se lo pasa sencillamente bien.
Soy un habitual de la fiesta de San Isidro, a la que suelo faltar tan sólo por fuerza mayor, y éste año es uno de los que no me será posible compartir tan gratas horas con mis paisanos. Las circunstancias mandan, y bien que lo lamento.
(En la fotografía, don Germán celebrando misa junto a la imagen del Santo, al que acompaña el coro de la parroquia que dirige Camarada)

sábado, 9 de mayo de 2009

"LAS MÚSICAS" EN NOCHE DE MAYOS


Las músicas” se solían cantar por los quintos del pueblo en la noche del dos de mayo. Igual que “los mayos” son estrofas con rima asonante - a – a, y versos octosílabos (la propia del romance) con más contenido que inspiración, como corresponde a los cantares de ronda de origen popular; compuestas probablemente hacia la segunda mitad del siglo XIX. Se suelen repetir -o ser mu parecidas- en muchos de los lugares donde existió esta costumbre, con cierta variación sobre todo en la tonada y en el acompañamiento (almireces, guitarras, laudes, acordeones, etc.)
El texto que sigue es incompleto; pero como muestra de una de las costumbres más arraigadas de nuestro pueblo, bien puede servir. Dicen así:


Principia en nombre de Dios
y de la Virgen María,
por ser la primera copla
que cantamos este día.

Principia en nombre de Dios
y del Espíritu Santo,
bien nos puede ayudar Dios
llevando tan buen encanto.

Principia en nombre de Dios
y de la buena Santa Ana,
y del Niño de la Bola
que lleva al mundo en la palma.

Tres coplillas van cantadas
y con la mía van cuatro,
bendita sea la tierra
donde pisan tus zapatos.

Cuatro coplas van cantadas
y con la mía van cinco,
eres hermosa en extremo,
ni te pongo ni te quito.

Cinco coplas van cantadas
y con la mía van seis,
y la dama que hay adentro
si se asoma la veréis.

Siete coplas van cantadas
y con la mía van ocho,
y la dama que hay adentro
es la espuma del bizcocho.

Ocho coplas van cantadas
y con la mía van nueve,
y la dama que hay adentro
es más blanca que la nieve.

Nueve coplas van cantadas
y con la mía van diez,
y la dama que hay adentro
es más dulce que la miel.

La blanca espuma en la mar
la barandilla en Toledo,
para cantar el romance
la licencia es la que espero.

La blanca espuma en la mar
la barandilla en Valencia,
para cantar el romance
ya está dada la licencia.

La blanca espuma en la mar
la barandilla en Madrid,
para cantar el romance
la licencia ya está aquí.

Para cantar el romance
la licencia nos han dado,
¡ea! pues, amigo mio,
principialó de contado.

Olvidada la memoria
adivina el pensamiento,
a dar principio a mis ansias
es la verdad y lo cierto.

Salí pues una mañana
cuando abril de flores lleno,
tan sólo con su fragancia
los montes, valles y cerros.

Alegre me divertía
y en la maleza me siento,
dándole vista a unos montes
donde pasa un arroyuelo.

Quien ha robado cristales
cría una selva de espejos,
y mirando a la corriente
sobre una alfombra me siento.

Al cabo de un breve rato
de estar sentado yo observo,
que por el agua bajaba
un guante que yo desprecio.

Lo saqué de la corriente
y de afligido lo veo
que todo estaba bordado
con letras finas de oro,
con letras de oro que dicen:
«Yo soy la hija de Venus».

El romance se ha acabado,
perdonad señora mía,
porque no ha sido contado
como vos lo merecía.

El romance se ha acabado
y todo se acabará,
tus amores y los míos
de nuevo principiarán.

***************
A la entrada de esta calle
compañeros cantad fuerte,
que la cama de esta dama
está en hondo y no lo siente.

¡Ea! pues, amigo mio,
habrás dormido con ella,
cuando sabes que está en hondo
la cama de esta doncella.

¡Ea! pues, amigo mio,
yo no he dormido con ella,
que estando mala en la cama
pasé con su madre a verla.

¡Ea! pues, amigo mio,
las señas te puedo dar,
las sábanas son de hilo
y las mantas de percal.

Mis compañeros me han dicho
que nombre una despedida,
los ojos me lloran agua
y el corazón sangre viva.

Quién ha sido el atrevido
que la despedida ha echado,
quién ha sido el atrevido,
pues dígalo de contado.

Pues yo he sido el atrevido
que la despedida eché,
pues yo he sido el atrevido,
qué quiere vuestra merced.

Si lo has sido o no lo has sido
pa que otra vez no lo seas
coge la capa y la espada
y vente conmigo afuera.

¡Ea! pues, amigo mio,
no venimos a reñir,
que venimos a cantar
a puertas de un serafín.

Adiós serafín hermoso,
adiós mi adorado bien,
adiós bien de mi esperanza,
cuándo te volveré a ver.

Despedida y confianza
es bueno saber echar,
porque el dueño de esta casa
es muy noble y principal.

Despedida y confianza,
es bueno saber su nombre,
porque el amo de esta casa
es muy principal y noble.

Despedida vienen dando
por el puente Reventón,
San Juan y la Magdalena
y el glorioso San Antón.

Despedida vienen dando
por la orilla del lugar,
San Juan y la Magdalena
y la Virgen del Pilar.

Despedida vienen dando
por la cuesta del Calvario,
San Juan y la Magdalena
y la Virgen del Rosario.

Por la calle abajo baja
una naranja rulando,
per Cristum dominum nostrum
la Música se ha acabado.

miércoles, 29 de abril de 2009

MAYOS DE LAS MOZAS



Un poco cursis quizá, para los tiempos que corren; pero añorados y respetables como también lo fue toda la larga época en que se cantaron a las mozas, este puñado de estrofas que tanto nos suenan y que muchos de nosotros hemos cantado alguna vez en noches claras por las calles del pueblo. Queden, pues, enganchados desde hoy en la red para general conocimiento, sobre todo para los olivareños en edad madura que viven fuera de la patria chica y que, igual que a mí, les traerán a la memoria aquellos viejos tiempos.
La fotografía con la que se presentan es actual, tomada esta misma primavera por las eras de las Columnas.


MAYOS DE LAS MOZAS:

Estamos a treinta
del abril cumplido,
yo y mis compañeros
sean bienvenidos.

Estamos a puertas
de un fuerte castillo,
yo y mis compañeros
del amor heridos.

Heridos venimos
todos a cual más,
a pedir licencia
si la queréis dar.

Viene tu galán
prometiendo mayo,
con verdes pimpollos
blancos y encarnados.

Encarnada rosa
feliz primavera,
los que han de cantar
tu licencia esperan.

Esperando estamos,
luz de la mañana,
ver el cielo abierto
y el sol en tu cara.

Cara pinta hermosa,
número de apeles,
para dibujarte
no traigo pinceles.

Pinceles son plumas,
una me has de dar
de tus alas bellas,
águila imperial.

Águila imperial
que al sueño reposa,
despierta si duermes
y oirás tu copia.

Copiosos y rubios
tus cabellos son,
tu cabeza es ara
de la discreción.

Con discreción brillan
tus finos pendientes,
formando Cupido
flores en tu frente.

Frente y cejas rubias
tus pestañas brillan,
tus ojos luceros
relumbrante niña.

Relumbrantes son
tus mejillas bellas,
tu nariz al punto
discreción de perlas.

Perlas son tus dientes,
tu boca un clavel,
tu labio chiquito
dulce panal es.

El panal sellado
que a la barba baja,
es dulce y sabroso
que a la nieve cuaja.

Cuaja en finas perlas
tu hermosa garganta,
con venas azules
que al pecho desmandan.

Desmandados torpes
son los que atormentan,
que a la nieve cuaja
frente que alimenta.

De alimento son
señora tus brazos,
con diez ramilletes
de jazmín tus manos.

Manos más divinas
fueron pues pintadas,
cuerpo más perfecto
del galán soy dama.

Del galán soy dama
podéis perdonar,
tu hermosura es tanta
no puedo pintar.

Pintaré tu garbo,
menudito el pie,
chiquitito encanto,
hechicera es.

Hechicera es
aquí esta señora,
FULANA se llama,
de esta calle aurora.

Aurora en tus luces
planté una azucena,
mayo le prometo
sea enhorabuena.

Sea enhorabuena
pimpollo encarnado,
FULANO se llama,
recibe por mayo.

Quiérelo madama,
quiérelo llorosa,
clavel jaspeado,
encarnada rosa.

Encarnada rosa,
azucena blanca,
reina de este pueblo,
de esta calle mapa.

Mapa de galanes,
tan sólo nos falta
una bendición
de tu mano blanca.

Blanquea la aurora
y le dice al sol:
espejo brillante,
quédate con Dios.

Quédate con Dios
que el mayo ahí se queda,
con diez ramilletes
a la cabecera.

Quédate con Dios
que con Dios nos vamos,
hasta el sotro día
que es la Cruz de Mayo.

Adiós alhelí,
adiós azucena,
adiós clavelina,
adiós rosa bella.

lunes, 27 de abril de 2009

LOS MAYOS



Estamos terminando el mes de abril, y ha llegado el momento de hacer referencia a una de las tradiciones más gratas y de mayor peso costumbrista que hubo en nuestro pueblo. Quiero hacer, con ésta y con las dos o tres siguientes páginas, mi pequeño homenaje a “Los Mayos”, transcribiendo las primeras estrofas de cada modalidad, comenzando por los Mayos de la Virgen. En mi libro Olivares de Júcar aparecen las versiones íntegras de todas ellas.

Los Mayos -largo romance de amor, popular en tantos lugares de la Castilla y del antiguo reino de Aragón- los cantaban los quintos del pueblo en la noche del 30 de abril, y “las Músicas” dos noches más tarde. Era costumbre comenzar los Mayos cantando a la Virgen en la puerta de la iglesia. Luego, los quintos se distri­buían en dos grupos y recorrían todas las casas del pueblo cantan­do a las mozas; también a las niñas, pensando en la propina que habrían de recibir por parte de la madre después, y que debían justificar previamente cantando en la noche de mayos.
Por lo general los quintos no eran mal recibidos. Muy pocos solían asomarse a la ventana para saludarlos o decirles alguna cosa. En ocasiones muy excepcionales se les invitaba a un trago de vino o, por el contrario, se les arrojaba un cubo de agua (esto último era lo menos frecuente, pero algún caso se dio). Las muchachas permanecían en vela toda la noche, atentas para escuchar el nombre del "galán" que le echaban por mayo.
El canto se acompañaba con almireces, con raspones acompasa­dos en el vidrio de las botellas de anís, y, cuando ello era posible, con el acordeón, que era el instrumento encargado de hacer los acordes y las variaciones oportunas entre copla y copla.
Cuidando al máximo la fidelidad al texto autóctono, transcri­bo a continuación la letra íntegra de los Mayos -por lo menos los que a mi quinta nos tocó cantar-, de las Músicas y de los Sacra­mentos, que durante tantos años, y siglos quizás, sonaron en su día por las calles y plazuelas de nuestro pueblo:


MAYOS DE LA VIRGEN

Gracias a Dios que llegamos
a cantar aquí a esta puerta,
al templo donde está Dios
lo que llamamos la Iglesia.

Para poder principiar
y dar fin a mis flaquezas,
pedir el sagrado auxilio
a la Celestial Princesa.

A quien humilde y devoto
mi santo ingenio dedico,
a la más Divina Aurora
Madre del Verbo Divino.

Para que pueda pintar
aquella purisma y santa,
que es María concebida
y San José Patriarca

Sacramento, Sacramento,
de la gloria dulce prenda,
sea por siempre alabado
en los cielos y en la tierra.

Sacramento, Sacramento,
Sacramento del Altar,
sea por siempre alabado
sin pecado original

Aquella paloma blanca
que junto al sol tiene el nido,
es el Espíritu Santo
del parapeto divino.

Es la paloma divina
la que nunca cayó en falta,
para subir a su nido
su dulce vuelo levanta.

Es la paloma la Virgen
María llena de gracia,
que subió a reinar al cielo
de virtudes coronada.

Es la Aurora Soberana
de las cortes celestiales,
los ángeles la veneran
por Esposa, Hija y Madre.

La que en el pobre pesebre
parió sin tener pañales
para envolver a su Hijo,
Majestad de Majestades.

Oh, dulce Virgen María,
madre de la tierra y cielo,
y los hombres en el mundo
honran tu poder inmenso.

En fin, Virgen Soberana,
Ave fiel y Sol perfecto,
luna que nunca menguaste,
hermosísimo lucero.

Madre de Dios Soberano,
alumbra mi entendimiento
y gobierna mi memoria
y purifica mi aliento.

Para que con vuestro auxilio
me determine sin riesgo,
a cantaros vuestro mayo
a las puertas de este templo.

Oh, dulce Virgen María,
Madre de la tierra y cielo,
a los que alaban a Dios
poned el remedio eterno.

La que mereció tener
en sus divinas entrañas
al Hijo de Dios Eterno,
Segunda Persona y santa.

La que del fuego infernal
a todo el mundo libraste,
a todos cuantos nacimos
la que más gloria alcanzaste.

La que parísteis a Dios
sin quedaros corrompida,
en el parto virginal
la que nos diste la Vida.

Alta Reina Soberana,
Madre de la tierra y cielo,
a San José Patriarca
por vuestro mayo lo echo.

Aquel galán que en el mundo
fue escogido Padre Eterno,
que le floreció la vara
estando dentro del templo.

Y si estas letras compuse
fue por entrar en tu templo,
y también en tu capilla,
un rato me estuve atento.

Allí contemplé humillado
mis ternuras y lamentos,
del amor ardiente y puro
adiós Reina de los Cielos.

Y para no estar ocioso
su oficio fue carpintero,
se dedicó a trabajar
para poder mantenerlo.

Si en esta vida tuviste
oficio de carpintero,
con que mantener pudiste
a Jesús, Manso Cordero.

Sin perder cruz ni trabajo
Jesucristo entró en los cielos
¿Cómo podremos nosotros
entrar en el reino eterno?

Si rendidos lo imitamos
y lloramos nuestras guerras,
conseguiremos la gracia
y después la gloria eterna.

San José fue el escogido
para esposo de María,
por eso digamos todos:
¡Viva la vara florida!

viernes, 24 de abril de 2009

VOCABULARIO PECULIAR OLIVAREÑO ( y II )


Continuando con el muestrario iniciado días atrás de nuestro vocabulario particular, se expone a continuación una segunda serie de palabras de uso común en nuestro pueblo:


FRENDI: Sus. Cada una de las dos estampillas de cartón que salen de una caja de cerillas. Los chicos los empleaban como moneda de pago al no tener dinero. «Te doy por el trompo cuarenta frendis».
GALILLO: Sus. En Olivares se llama también galillo a la garganta. De chavales solíamos negar alguna cosa diciendo: “No se te atrancará un pelito en to el galillo”, al tiempo que nos dábamos golpecitos en la nuez con la uña del dedo gordo.
GANCHA: Sus. Racimo pequeño o parte menor de un racimo de uvas. «Toma una gancha. Verás que dulces son están este año».
GOBANILLA: Sus. deformación del vocablo "bobanilla", con referencia a la muñeca de la mano. Ninguna de las dos palabras figuran en el Diccionario de la R.A.L. Por extensión, se dice gobanillera a la correa que en ocasiones se emplea para sujetar la muñeca. «Al levantar el saco se me ha resentido la gobanilla y no sabes lo que me duele».
GUACHERA: Sus. Cada una de las señales que quedan en ambos extre­mos de la boca por falta de higiene. Suelen terminar haciéndose heridas. «Has visto que guacheras lleva el crio de la Pepita».
GUACHO: Sus. Chico; muchacho de poca edad. «Se conoce que entra ron los guachos y le destrozaron el huerto».
GÜESPEDE: Sus. Vulgarismo local equivalente a “huésped”. En plural “huéspeda”. Puede utilizarse como equivalente a pícaro: «Menudo güespede estás hecho».
HUSMO: Adj. Goloso; aficionado a comer dulces. «Mi suegra es muy husma; cuando vamos a Cuenca se le van los ojos detrás en los escaparates de las pastelerías».
LONGUERA: Sus. Campo de labor de pequeña superficie. Casi siempre se emplea en diminutivo. «La longuerilla que tengo en Los Coto­rros, este año la voy a echar de pipas».
MAJASIEGA: Es la fiesta familiar que se celebraba con los segadores el día que se acababa la siega de la mies. Se limitaba a una comida especial en casa del amo.
MAJO: Sus. Vestido con ropa de domingo. «Mira, éste ya se ha puesto majo para ir a la boda»
MATAZÓN: Sus. La matanza del cerdo. «El jueves voy de matazón en casa de mi tía».
MELENCHA: Sus. Mechón de pelo que cae sobre la frente. «Estos de la melencha no son de fiar».
MELGUE: Sus. Localismo que se emplea en lugar de mellizo: «Los melgues de Fulano son casi iguales».
MORCEGUILLO: Murciélago. «En mi cámara, todas las noches se nos meten dos o tres morceguillos».
OTRE: Pron. Otro; otra persona. «Mi vecino se va dos meses a trabajar con otre y buen jornal que se saca».
PERRILLA: Sus. un herpes; afección pasajera en el labio. «Se conoce que ha tenido calentura, y mira aue perrilla le ha salido en el labio».
PUMA: Sus. Fruta a modo de ciruela. Es genralmente de color negro y forma oval. «Había en Cañalastejas un arbolucho al lado de la rambla, que en agosto negreaba de las pumas que tenía».
RABISCO: Adj. Rabioso; furioso y temible. «El toro Carpintero es el más rabisco que ha venido a Olivares».
RÁPALA: Sus. Juego de niños con la “rápala”, que es el hueso astrágalo, o taba, de la pata de los corderos. Perder o ganar dependía de la postura en la que cayese.
RASMONAZO: Sus. Sinónimo de arañazo o rozadura fortuita hecha en cualquier parte del cuerpo. «Aún tengo en la pierna el rasmonazo que me hizo el toro el día de la fiesta».
REGOLTIJA: Sus. Vuelta rápida y prolongada. «No sé cuantas regoltijas­ tuve que dar por el barrio hasta que lo encontré»
REPISO: Adj. Arrepentido; que tiene pesar por haber hecho mal alguna cosa. «Fulano está repiso de haberse ido a vivir fuera».
REPIZCO: Sus. Pellizco. «¡Madre, que el chache me ha pegao un repizco en el cuello!»
RESUSTÍA: Sus. Susto que se manifiesta con una convulsión o un gesto espontaneo y brusco. «Cuando vio aquel perrazo cerca de él, pegó una resustía...».
RETRANQUILLA: Sus. Zancadilla. «Al pobre chico le echaron la retranquilla al salir de la escuela y se pegó un sostrazo que aínas se mata»
REZUMBELA: Sus. Peonza. Juguete que se hacía con el extremo de un carrete de hilo de coser y un punzón de madera que se metía por el agujero.
ROCHANO: Muchacho de corta edad que acompaña al pastor (mayoral) en el cuidado de las ovejas. «Me acuerdo que cuando mi padre me ajustó de rochano cobraba nueve duros al mes».
RODILLA: Sus. En Olivares también se conoce por "rodilla" al trapo de cocina. «Chico, acercame esa rodilla que seque la sartén».
ROÑETA: Sus. Trampa. «A mí no me gusta jugar con ese porque hace roñetas».
RULANGO: Sus. Puede aplicarse a cualquier objeto de forma redonda. «Anda, hazme rulangos la barra de salchichón». Con rulangos de hierro jugábamos al calinche.
SAJAR: Verb. Andar hacia atrás. Se suele aplicar al movimiento realizado por vehículos o caballerías. «Empezó a sajar, a sajar, hasta que volcó en la cuneta».
SOSTRAZO: Sus. Porrazo; golpe que alguien se da, generalmente contra el suelo. «Se conoce que dio un mal paso y se pegó un sostrazo que casi se mata».
SOTRO DÍA: Sus. Día siguiente a pasado mañana. «Al sotro día iremos a los toros de Belmonte». «Hasta el sotro día» dice un verso del canto de los “mayos”.
TORNAJO: Sus. Recipiente de madera en el que se preparaba y se servía la comida a los cerdos. «¡Chica, el asqueroso del gorrino me ha roto el tornajo».
TRASPELLAO: Adj. Persona famélica, enfermiza y muy delgada porque pasa hambre. «Si no fuera por las huertas, cuando acabó la guerra estábamos traspellaos todos los del pueblo».
TIRULETA: Sus. Voltereta. «Cuando las eras, menudas tiruletas que nos pegábamos por la tarde en las eras».
VACA: "ir de vaca". Acuerdo entre dos jugadores para compartir ganancias y pérdidas en el juego con dinero común. Usual en los juegos de chicos: calinche, pulso, ronde, chapas, montones... "¿Quieres que vayamos de vaca? No, que tú pierdes muchas veces."
VEDREAO: Sustantivo procedente del participio vidriado. Se usa en Olivares para nombrar a los tenderetes ambulantes que a veces instalan en la plaza, y en los que se vende de todo, pero de manera especial vasijas y utillajes de vidrio, barro esmaltado, loza y porcelana. «En el primer vedreao que venga tengo que comprar una redoma».
ZAMARRO: Sus. Apelativo que denota desprecio. Se aplica a las personas lentas, pesadas, inactivas y de poco espíritu. «Ese, menudo zamarro está hecho».