lunes, 22 de agosto de 2016

A FELIPE "IN MEMORIAM"


A su primo José Antonio y a mí, que a principio de los años sesenta  hicimos la mili corriente y moliente en el cuartel donde él era oficial, nos aconsejó el entonces joven teniente Aparicio -oriundo de Villares del Saz- que nos hiciésemos cabos, como primer paso para conseguir un buen destino al salir del campamento. Así lo hicimos y así sucedió después. Un grupo de veinte salimos nominados, no al regimiento de Artillería A.A. 71 que era nuestro destino inicial, sino a la Jefatura de Artillería del Ejército, sita en el Ministerio, que como sabido es se encuentra en un lateral de la Plaza de Cibeles. Despachos todos de jefes y de algún que otro general.
         Como lugar de residencia nos adjudicaron en calidad de agregados al Parque y Maestranza de Artillería como cuartel más cercano. La suerte quiso que para mí, salvando las distancias, aquello fuera un poco como mi propia casa, pues me encontré con personas conocidas y eso siempre viene bien en semejantes circunstancias: el teniente Escribano, Félix Buendía a punto de ascender a sargento, los soldados Felipe Beltrán y Felipe Belinchón, mis quintos, el primero de ellos encargado de la lavandería del cuartel y el segundo asistente de algún oficial.
         Aunque mi grupo tenía un horario distinto de comidas y la estancia en el cuartel se limitaba tan sólo al comedor y al dormitorio, a los Felipes los veía casi a diario. Por razones que no vienen al caso, algunas noches volvíamos al cuartel después del toque de silencio, de manera que para llegar a nuestro improvisado dormitorio debíamos pasar por la batería en la que dormían los “enchufaos” del cuartel, entre ellos los dos Felipes, con sus literas juntas y su costumbre de dormir con los pies al descubierto. Algunas noches, al pasar, se me ocurría hacerles cosquillas en los pies, a lo que Felipe Beltrán me respondía con un exabrupto;  y otras, cuando hacía frío, procuraba taparlos.
   
      Han pasado casi sesenta años. Felipe Beltrán (Balagué entre los amigos) falleció años atrás, y el otro Felipe atraviesa el último tramo de su vida soportando la cruz de una enfermedad cruel. Tanto el uno como el otro son dos de las personas del pueblo para las que guardo el mejor de mis recuerdos; dos amigos especialmente queridos. Cuando las estancias del cuartel estaban desiertas, Felipe Beltrán entraba en la minibateria donde nos habían instalado a los del Ministerio, y me cambiaba las sábanas por otras limpias todas las semanas (a los demás, los servicios del cuartel se lo hacían cada quince días). Alguna vez me hizo la petaca, y otras me recriminaba de sucio y de dejao, que no había por dónde cogerme. Felipe disfrutaba con eso, y yo también.
         Saco estas cosas a colación, porque días atrás, alguien de los que vinieron a las fiestas del pueblo, me preguntó si ese Felipe Beltrán al que estaba dedicado el polideportivo era algún deportista famoso, hijo de Olivares, o algún personaje importante relacionado con el mundo del deporte. Le dije que no, que Felipe era Felipe, alguacil que fue durante casi toda su vida, servidor fiel del municipio, persona querida por todos, pese a sus salidas de pata de cabra tantas veces, a su censurable vocabulario en tantas ocasiones, regañón cien por cien porque ese era su carácter; pero una persona entregada al servicio del pueblo haciendo las cosas lo mejor que pudo,  pese a su estado de salud no siempre en exceso boyante.
         Varios días después de la inauguración del estupendo polideportivo que lleva su nombre, lo cogí una mañana y le dije que se viniera conmigo a dar un paseo hasta el Pozo y que a la vuelta nos tomaríamos una cerveza en el bar. La primera respuesta fue mandarme a paseo a mi solo, usando de la antigua confianza, con una de sus frases irreproducibles. Al final aceptó. Mi propósito no era llegar hasta la fuente del Pozo, sino sacarle una fotografía delante del polideportivo dedicado a su persona. También me costó lo mío hasta que se puso donde le indiqué y al fin se dejó fotografiar. Aquí os lo dejo como recuerdo.

domingo, 21 de agosto de 2016

TERMINARON LAS FIESTAS


Hemos llegado al final de las fiestas del Santo Niño en Olivares de Júcar, mi pueblo natal. La última página del libro de fiestas concluyó esta madrugada a las seis, con la actuación de la orquesta Maxims en la última sesión de “baile en la plaza”. Como resumen, y salvo mejor opinión que no dudo las habrá, quiero destacar dos actos en los que la gente se suele contar por centenares. Con ello me refiero a la Misa y procesión del día clave de la fiesta (martes 16), y a la “comida popular” en el deportivo (sábado 20), éste, de carácter más familiar, más íntimo, al que por lo general sólo asistimos los hijos del pueblo y familiares.
         El menú es siempre el mismo: caldereta con carne de toro cocinada por hombres, en una docena de recipientes distintos, a modo de concurso, con premio final para la que el jurado considera la mejor de todas; difícil decisión, pues todas son estupendas, si bien, con alguna pequeña diferencia, digamos de matiz. Este año, la comisión nos ha sorprendido con el obsequio, además, de medio melón o un cuarto de sandía por mesa; un detalle que habrá que revisar en futuras ediciones, pues hay mesas o grupos de dos o cuatro comensales, junto a otras de diez, de doce o de catorce. No obstante, se agradece el detalle. La bebida, por parte del comensal.

         Han terminado las fiestas sin que en ellas hayamos tenido algo que lamentar, cosa muy a tener en cuenta; pues suelen ser bastante corrientes los conflictos en este tipo de acontecimientos, casi siempre por exceso de bebidas perjudiciales, que no lo es en nuestro caso. Favor que, como siempre, tenemos que agradecer a nuestro Patrón, el Santo Niño, primer valedor de nuestro pueblo; un pueblo en paz del que no sólo nos sentimos honrados, sino orgullosos.

jueves, 11 de agosto de 2016

LA IMPORTANCIA DE NACER EN PUEBLO


         Es bien sabido por muchos de los que me conocen que tengo una manifiesta debilidad por los pueblos de España, de manera especial por los de Castilla y especialísima por los de Guadalajara y Cuenca, provincias en la que vivo y en la que nací, respectivamente. Los pueblos de Guadalajara los conozco todos: 434 en los que aún vive gente, sobre todo en verano. Y los conozco no como mero espectador o como turista de paso, sino como persona interesada por ellos, cuyo deseo no ha sido otro que conocerlos bien y dejar constancia escrita de ellos pensando en la posteridad. A los de Cuenca los conozco menos, pero debo decir que me interesan todos, y que me hubiese gustado, si la vida en plena forma para hacerlo diera más de sí, haber hecho de ellos otro tanto. Algunos los he visitado y he escrito de ellos, pero son los menos. No obstante, y por razones de peso que a nadie se le escapan, un pueblo de Cuenca tiene garantizada la mayor parte de mis amores y de mis querencias. Me refiero al mío, al pueblo en donde nací, donde fui niño, donde están enterrados mis padres y viven dos de mis hermanos.
         Mi pueblo tiene bonito hasta el nombre: Olivares de Júcar se llama. ¿Cuál otro lo podría igualar?: Madrigal de las Altas Torres?, Villanueva de los Infantes?, Sos del Rey Católico…? No sé; los encuentro demasiado pomposos y altisonantes. Me quedo con el mío.

         Cuando yo era niño, mi pueblo andaba en torno a los dos mil habitantes o algunos más. En Olivares había cinco escuelas repletas de alumnado; contaba con un funcionariado completo y con sanos deseos de vivir. Buenas tierras para la agricultura, que mis paisanos trabajaban con ilusión y con sabiduría; la Nacional II pasaba por el pueblo y le daba vida. Teníamos una ribera formidable de regadío, suficiente para sobrevivir en caso de extrema necesidad, que jamás llegó a darse.
         Se construyó el pantano de Alarcón, subieron las aguas embalsadas hasta cubrir la ribera por completo, y la mitad de la población se quedó sin trabajo y sin medios de subsistencia. Comenzó la obligada diáspora, la gente se fue. La siguiente generación, una buena parte de los que nos quedamos allí nos fuimos abriendo camino por otros derroteros, hasta que el pueblo se fue quedando en la décima parte de lo que había sido; uno más, un futurible lugar de gene mayor, como lo ha pasado a ser gran parte del medio rural castellano. Durante el verano el pueblo se rejuvenece; intenta ser lo que antes fue -por cuanto a población se refiere- por obra y gracia de las fiestas del Santo Niño, nuestro Patrón.

         Como de costumbre, he acudido puntual a la cita con parte de mi familia. Reencuentro con la antigua amistad; momentos y ocasión única de recordar tantas cosas buenas de nuestros años jóvenes, y otras no tanto; pero que llevan el calor y el color de lo que es nuestro y nos devuelve, un poco en alas de la fantasía, a aquellos tiempos ya idos, peores quizás, pero que tuvieron la gracia de hacernos felices; una felicidad muy distinta de la que hoy podemos disfrutar y que ahí está, ocupando su espacio en las celdillas del corazón, que es, siempre lo he creído así, como la primera página del libro de nuestra vida.    

miércoles, 13 de julio de 2016

ESTUVE EN EL PUEBLO

    
     El verano nos saca a veces de casa, con todas las ventajas y con todos los inconvenientes que la tan deseada estación suele llevar. Volver, aunque de tarde en tarde, al pueblo, es una situación excepcional, grata siempre, que a mi me gusta experimentar, cada vez con un mayor deseo.
         Y es que a medida que los años pasan, se van acumulando ingentes cantidades de nostalgia en la memoria y en el corazón por mi lugar de origen, por donde fui niño. Uno tras otro van pasado por el cerebro los recuerdos y las imágenes que no se borran nunca; escenas graníticas, inamovibles, que toman parte de mi personalidad sin que el tiempo haya conseguido evitarlo. Tal vez esto mismo nos ocurra a casi todos.
         Desde los callejones de esta otra parte del Barranco del Pilar, me he detenido -no es la primera vez- unos instantes en contemplar mi casa, la casa de mis padres, en la que yo nací y viví parte de mi juventud. Los recuerdos del pasado se agolparon en mi memoria, desfilando rápidos, a velocidad de vértigo, los felices y los que no lo fueron tanto, pero queridos todos, y las personas, los muchos que fuimos allí y de los que vamos quedando tan pocos. Permanecen, a Dios gracias, los muros encalados de aquella enorme mansión, sus ventanales de uno y otro lado, sus estancias que, pasados muchos años, me llevan a evocar momentos concretos de mi infancia y de mi adolescencia.
         De mis padres, la casa  pasó a pertenecer a Esperanza, mi hermana mayor de tan feliz y piadosa memoria, y de ella a sus hijos e hijas, mis sobrinos, que aunque son seis, tienen espacio suficiente para todos. Con cierta frecuencia, unos u otros vienen a pasar unos días en ella. Toda una satisfacción que la magna obra de mi padre sirva, después de tantos años, como lugar inmejorable de esparcimiento para sus nietos y bisnietos; cosa que no siempre suele ocurrir.

         Tarde de verano, la casa hoy está cerrada, dentro se sentirá el murmullo del caño de la “pila”, agua natural de la que bebíamos de niños. Debo decir, con el corazón un poco en volandas, que siento emoción al mirarla, emoción y cariño, un cariño inmenso e indefinible. Me marcho pensando en tantas personas queridas como vivimos allí, de la familia y de tantos que vivieron con nosotros, que el furor de la vida se llevo por delante. Una lágrima de afecto quiere saltar; le impido que salga. Por un momento me he sentido inmensamente feliz contemplando mi casa desde este otro lado del Barranco.            

domingo, 27 de marzo de 2016

SEMANA SANTA EN EL PUEBLO


Tres días en el pueblo. Cambio de hora, pequeño chubasco matinal, bajas temperaturas… Hemos decidido adelantar unas horas el viaje de regreso y ya estamos en casa. Los días clave de la Semana Santa han sido estupendos. Precisamente porque solemos ir de tarde en tarde, uno acostumbra tomar el viaje al pueblo con verdadero deseo. Es allí donde nos reencontramos con nuestro pasado, que no es pequeña cosa. Recuerdos perdurables de otro tiempo en cualquier paraje, en cualquier esquina, en cualquier rincón de nuestro pueblo, vuelven a ocupar su espacio prominente en la memoria y, por qué no, también en el corazón durante unos instantes; pocos, pero sí los suficientes como para saborear con exquisito gusto el poso, lejano ya, de otros tiempos.
         Olivares, mi pueblo, ha disminuido en su número de habitantes de manera aparatosa durante los últimos cincuenta años. De las dos mil almas que llegó a tener como censo, a los tal vez menos de quinientos que tiene hoy, la pérdida se sitúa en los límites de lo considerable. Viene a ser la misma proporción en la que se ha hecho aumentar la superficie del cementerio. Cinco o seis fallecimientos durante los últimos dos meses ha supuesto un impacto demasiado fuerte como para no acusarlo. Cuando llegamos en la mañana del Jueves Santo, la gente, no sólo del nuestro sino de otros pueblos más de la comarca, volvían del entierro de Jesús Beamud, un olivareño querido por todos que venía arrastrando su mal desde hacía varios años, quien al final tuvo que rendirse ante situación tan comprometida. En la noche del Viernes, los pasos del Cristo de la Nave y del Santo Sepulcro hicieron un alto frente a su casa junto al Calvario, y la trompeta lanzó al aire de la noche un canto de dolor. Al día siguiente, Pilar, su viuda, a la que subimos a acompañar durante unos minutos, nos habló de él viéndose reflejado en su rostro la viva señal de la amargura, pero con una entereza ejemplar.
         Por las calles del pueblo, a redoble de tambor y repiqueteo de palillos, desfilaron las cuatro cofradías que componen nuestra Semana Santa. Actos litúrgicos propios de esos días, Misa de Pascua y procesión del Encuentro, a la que la situación atmosférica no ha querido contribuir; y el pueblo, mucho me temo que mañana mismo volverá a quedarse en su expresión mínima, con su silencio, su quehacer diario; pero eso sí, con su campo hermoso, provocador: verde, azul y siena, en magnífico juego de tonalidades, con las que se pinta el paisaje y que no son otras que las del verde intenso de los sembrados, el azul de las aguas del pantano allá en la distancia, y el siena de la tierra madre, de la que tanto saben mis paisanos, los trabajadores del campo.

 Y como nota final, una puntualización, una idea, un consejo, nunca un reproche. Y es que seguimos echando en falta la asistencia de una representación de las cofradías en la procesión del Vía Crucis, el Viernes Santo a las once de la mañana por las calles del pueblo. Centenares de fieles en las procesiones vespertinas, soportando el frío, a veces la lluvia, todo fantástico y realmente encomiable, un ejemplo de silencio y de respeto que de verdad nos honra; pero eso de que sólo hayamos podido contar quince personas acompañando al Señor en su Camino del Dolor, es algo que deberemos corregir. Con cuatro o cinco personas de cada una de las cofradías, el pequeño grupo de la mañana del Viernes Santo tomaría más cuerpo y más color; contribuiría a mejorar esa Semana Santa que nunca debemos consentir que aminore en su interés. Pienso que no supondría el menor sacrificio; si, en cambio, una manera más de ensalzar los actos religiosos de nuestra Semana Grande, de la que tenemos motivos bastantes para sentirnos orgullosos.    

jueves, 3 de diciembre de 2015

"CUADERNO DE RECUERDOS"


Hace unos meses que terminé de escribir “Cuaderno de recuerdos”, titulo de “mis memorias”, una edición privada, íntima y familiar, de la que sólo he hecho 8 ejemplares para la familia, hijos y demás, y amigos más próximos. Es, como todos los de su especie, algo así como el libro de mi vida durante los primeros setenta y cinco años, del que os dejo un par de páginas de mis años de juventud en Olivares. La foto, mala de solemnidad, nos la hicieron en el Puente de la Vega, y aparecemos en ella, de abajo a arriba: mi primo Rafael Santoyo, Pedro José Bermejo, Honorio García y yo. Supongo que nadie nos reconocerá. Ahí os dejo el texto prometido. 

         «Creo que es éste el momento oportuno para hacer una breve referencia a la vida extraescolar, de vacaciones de verano, en aquellos años de adolescencia, cuando con muy pocos recursos, los quinceañeros teníamos que dar rienda suelta a los impulsos propios de la edad, teniendo en cuenta la situación y las circunstancias particulares de cada uno.
         En aquellos veranos de los años 1953 a 1955, algunos de los mocetes del pueblo con los que más trato solía tener, por motivo de trabajo disfrutaban de menos tiempo libre del que disponía yo. Las tareas de la siega, la recolección, la trilla y los demás quehaceres propios de ese tiempo en el medio rural, tenían ocupados a varios de ellos durante casi todas las horas del día. Para otros, como era mi caso, el compromiso al respecto era más suave, apenas me ocupaba algunas madrugadas, alguna mañana entera también, como “hacedero”, es decir, para alzar con la horca los haces de mies al mozo (Sixto), que se encargaba de ir colocando convenientemente sobre el meriñaque del carro hasta que se completaba la carga; labor que se solía cumplir de buena mañana, para evitar los fuertes calores del día. Alguna vez me tocó colaborar en las labores de la era, pero muy poco, de ahí que tuviera muchas horas para disfrutar del verano. Otros, en cambio -caso Pedro Belinchón y alguno más-, no tenían trato alguno con esas faenas, de manera que podían disfrutar libremente de todas las horas del día.
         Con los amigos “menos disponibles” nos solíamos encontrar alguna vez por la calle, sobre todo por las noches en momentos muy concretos, y en las tres fiestas de guardar más importantes del verano, que eran tres: el 18 de julio, el 25 del mismo mes, fiesta de Santiago Apóstol, y el 15 de agosto, solemne celebración de la Asunción de la Virgen. Cuando prácticamente se habían terminado los trabajos más urgentes del verano llegaban las fiestas mayores en honor del Santo Niño, nuestro Patrón, que por entonces tenían lugar el tercer domingo de septiembre, y duraban tres días. Eran unas fechas deseadas por todos, soñadas y preparadas convenientemente para disfrutar de ellas, sobre todo la juventud.
         Muchos de los mocetes y de los jóvenes del pueblo solíamos estrenar traje el día de la fiesta. Compraban el corte, al uso de última hora, nuestras madres en los almacenes de Modesto Abad, en Valverde, y nos los confeccionaba a medida un sastre de Valverde que se llamaba Aurelio. Tomarnos medida, probarlo, ir a recogerlo, era como una liturgia anual que nos obligaba a bajar en bicicleta (28 kilómetros entre ida y vuelta) todos los veranos. Hubo años en los que el enorme acopio de trabajo del sastre, nos obligó a bajar a Valverde en la mañana del mismo día de la fiesta. Regresar al pueblo sudorosos, lavarnos un poco -no había duchas-, plantarnos el traje, y salir en exposición a la hora de misa. Por aquellos años estaban en moda los color gris marengo y verde ike, y los bajos de las perneras lo más estrechos posible, dentro de lo razonable. Los pantalones de campana, es decir, la concepción opuesta, aparecerían una generación después de la nuestra.
         Las tres ocupaciones principales a las que dedicaríamos nuestro tiempo durante las fiestas del Santo Niño eran: la misa y procesión, en donde estrena y lucir nuestros trajes; el baile, como único contacto con las chicas de nuestra edad; y el bar o las tabernas, a los que con cierta moderación éramos bastante aficionados. En las horas intermedias nos bajábamos a pasear por las Arrevueltas, a fumar donde no nos viera nadie. Nos comprábamos a escote entre unos cuantos un paquete de “Ideales” de hebra, que procurábamos nos durase todo el día. Costaba dos pesetas y diez céntimos. Si se trataba de fiestas importantes, como las de Navidad o el Santo Niño, siempre aparecía alguno por allí con un paquete de “Bisonte”, tabaco rubio sin grandes pretensiones, de uso personal y restringido, que costaba seis pesetas y lo solíamos adquirir en el estanco de Valverde.»


lunes, 2 de noviembre de 2015

     
       El recuerdo de nuestros antepasado, familiares y amigos, nos llevó a pasar en el pueblo el fin de semana. Festividad de Todos los Santos. Nada especial que no sepamos. El sábado tuvimos un día estupendo; domingo día 1 la climatología se torció, el cielo se cubrió de nubes amenazadoras, pero aguantó sin llover y nos permitió regresar a casa sin el inconveniente de la lluvia ya en noche cerrada. El día de Todos los Santos sopló un viento fortísimo que acabó tirando por los suelos del cementerio muchos de los ramos y macetas de flores con los que la gente había engalanado las tumbas de sus seres queridos.

            Para los amigos que siempre agradecen las fotos del pueblo, aunque no llevé la cámara con la que acostumbro a tomarlas, sí que con el móvil saqué ésta desde la casa de mi hermana Pili, en el Calvario, con medio término de Olivares en la distancia, incluso de Villaverde y de Valverde allá al fondo, con el agua del pantano en la ribera donde ya se distinguen los pigotes de cemento del puente de la Caserna, a medida que el nivel del agua va descendiendo. Fue en la tarde del sábado, con esa iluminación especial de la ribera en las tardes de otoño.