martes, 23 de diciembre de 2008


Feliz Navidad

y un año 2009

lleno de venturas


(Nacimiento de Jesús, de Juan de Borgoña. Catedral de Cuenca)

jueves, 18 de diciembre de 2008

EL PADRE FLORENTINO ALCAÑIZ



Las personas que han cumplido los setenta y todos los mayores del pueblo, que cada vez son menos, conocieron al Padre Alcañiz allá cuando por los años cuarenta, y parte de los cincuenta del pasado siglo, solía venir por Olivares acompañado de otro misionero de la Compañía de Jesús, que era la Orden religiosa a la que pertenecía él. El Padre Florentino Alcañiz no fue en nuestro pueblo como de casa, pues era de casa. Había vivido su niñez y parte de su juventud en el Molino de Abajo, aunque no estoy en condiciones de asegurar si nació en Olivares o en el vecino lugar de Cervera, pueblo en el que sí tengo por seguro que vivieron, y tal vez vivan algunos todavía, de su familia: los Alcañices.
Nuestros padres, y muchos de nuestros abuelos también, fueron coetáneos suyos, jugaron de niños con él en pueblo, fueron a la misma escuela, y hasta que se ordenó sacerdote el trato con las gentes del pueblo fue muy frecuente. Recuerdo haberlo visto comer en casa de mis padres, como uno más de la familia, con ocasión de alguna de las Misiones Populares que generalmente dirigía él.
Después debió marchar como misionero fuera de España. Fue un gran trabajador, un gran santo, y un misionero eficiente. Murió en olor de santidad y está abierta su causa de beatificación, como se desprende de la estampa que se incluye en esta página, y que hace algunos años me enviaron las monjitas de Granada, hermanas de una congregación fundada por él: Misioneras Hijas del Corazón de Jesús. El Padre Alcañiz escribió varios libros de espiritualidad, siendo el más conocido de todos ellos su Consagración Personal al Corazón de Jesús.
Mejor de lo yo pueda hacerlo, y con más rigor sobre todo, saben de su vida y de su obra los religiosos de la Compañía de Jesús, de quienes transcribo literalmente los siguientes datos biográficos de aquel nuestro paisano ilustre, y que he encontrado en las páginas de Internet. Son éstas:

«El Padre D. Florentino Alcañiz S. J. nació en los ariscos campos de Cuenca en el año 1892 y murió con fama de santidad el 13 de agosto de 1981 en la ciudad de Lima (Perú). A los 15 años ingresó en la Compañía de Jesús en la casa que llaman la Cartuja (Granada) buscando sobre todo una vida de oración y silencio. Durante su tiempo de estudios empezó a desarrollar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús que le iba a hacer famoso. Se doctoró en Filosofía por la facultad Gregoriana de Roma y fue profesor de la misma en la Facultad Teológico de Granada.
Con objeto de extender con más amplitud la devoción al Corazón de Jesús pidió y obtuvo de los superiores ser dedicado a las misiones populares, sin dejar por eso su ocupación más importante: escribir artículos, libros y folletos para propagar esta devoción. Finalmente marchó a Perú donde misionó regiones inmensas en la sierra de los Andes y por las riberas de los ríos Marañón y Amazonas.
Durante sus años de profesor en la Facultad Teológico de Granada fundó en colaboración con la Rvda. Madre Carmen Méndez la Congregación de Religiosas MISIONERAS HIJAS DEL CORAZÓN DE JESÚS en Granada con la misión específica de extender a todos los lugares el amor de Cristo, simbolizado en su Sacratísimo Corazón.
Sus escritos son tan bellos y profundos que no hay persona que los lea que no quede prendada de la sabiduría y amor de que están impregnados. Aún después de muerto, por sus obras -siempre actuales- el padre Alcañiz sigue dando fruto inmenso en las almas, de los que se cuentan varios testimonios de personas que cambiaron de vida al leer algún escrito suyo. Estos escritos se pueden adquirir en Granada, en la Congregación fundado por él «Misioneras H. del Corazón de Jesús».

sábado, 13 de diciembre de 2008

ROMERÍA A LA VIRGEN DE UCERO



Según hemos leído en el "Diccionario" de don Pascual Madoz, Ucero fue a mediados del siglo XIX un caserío anejo a la parroquia de Olivares. Nosotros lo hemos conocido cien años después como una aldea próspera, de gentes honradas y laboriosas, de mozas guapas que durante el verano se cubrían el rostro con un pañuelo y los brazos con dos manguitos para que los soles de la recolec­ción no dañaran su blanquísima piel; una aldea hacia la que los olivareños nos solíamos volcar en romería una vez al año, coinci­diendo con el segundo domingo del mes de mayo -fiesta grande y única de Ucero-, cuando no en cualquier otra fecha y con apremio, para rogar a la milagrosa imagen de su Patrona que mandase en abundancia el agua para los campos. Jamás, que uno recuerde, falló la suplicante omnipotencia de la Señora, cuando en situaciones extremas la lluvia era pedida con el tesón y la fe de nuestros antepasados.
Mas pongamos en juego la memoria y acerquémonos en visión retrospectiva a la aldea de Ucero, pujante y en pie hasta hace algo más de treinta años. Es el segundo domingo del mes de mayo, y las galeras y los carros del pueblo, algunos mozos en bicicleta y los chicos en tropel, partimos en buena hora carretera adelante.
A eso de la media mañana se oye a distancia sonar por los sembrados el campanillo de la ermita avisando a los que llegan que la misa comenzará de un momento a otro. Las gentes se van acomodando por los alrededores del caserío, a la sombra de los árboles si los hay o de sus carruajes en pequeños grupos de familia. El sonoro esquiloncillo da el último toque. Como la ermita resulta pequeña, decenas de asistentes han de seguir la ceremonia desde el exterior. Al terminar el acto religioso dentro de la ermita, se saca en procesión la imagen de la Virgen que da la vuelta entera un par de veces por los alrededores de las casas. El público fiel camina detrás de las andas entonando cantos de súplica que los campos de la aldea oyen repetir cada año:

Virgen del Lucero
poderosa Madre,
mándanos el agua,
no nos desampares.

Virgen del Lucero
extiende tu manto,
y dile a tu Hijo
que riegue los campos.

Los trigos se secan,
las hierbas no nacen,
y los corderillos
se mueren de hambre...

Entre canto y canto la Tía Marciana de Roda improvisa unos versos que recita delante de la Virgen.
La imagen es una talla románica de la primera mitad del siglo XIII. Una de aque­llas imágenes en posición sedente con el Niño Jesús sentado sobre sus rodillas. En la mano derecha sostiene un lucero hecho con chapa plateada y un pequeño espejo redondo. Alguien tuvo alguna vez la desafortuna­da idea de revestirla con una especie de ropajes de saco y escayo­la, pintándola después con fuertes tonalidades ocre, blanco y azul. No hay duda de que bajo ese tosco revestimiento se esconde una imagen extraordinaria del tipo, quizás, de aquellas catalanoa­ragonesas de Monserrat, de la Merced y de Torreciudad, antes de que éstas fueran tan cuidadosa­mente restauradas.
La comida familiar sobre la hierba, las horas de convivencia y de viaje a campo abierto al caer la tarde, completaban cada primavera aquella jornada de amistad con los habitantes de Ucero.
Cuando subieron las aguas del pantano, las cuatro o cinco familias que allí vivían se vieron obligadas a abandonar la aldea. Casi todas ellas se marcharon a Villaverde, de donde eran oriun­das. La imagen de su Patrona también se fue con ellos, y allí la conservan en una de sus viviendas con toda dignidad y respeto. Aún se tiene en cuenta aquella fiesta. Grupos de olivareños se acercan cada año hasta Villaverde y, por lo general, se trae a nuestra iglesia la venerable imagen durante una temporada.
La aldea de Ucero ya no existe. Hay en todo aquello un montón testimonial de piedras y de escombros no lejos de los cauces del Júcar; una muestra más de lo mucho bueno que se llevó el panta­no.

(La fotografía nos muestra el estado actual de la aldea de Ucero. Ruinas de la ermita)

lunes, 8 de diciembre de 2008

Dr. VICENTE MOYA PUEYO


Todavía permanece fijo en la memoria de muchos de los que ya han saltado -o estamos a punto de saltar- a la década de los setenta, el recuerdo de Vicente Moya, aquel muchacho espigado de nuestro pueblo, hijo de don Inocente Moya, Maestro Nacional y natural de Belmontejo, y de doña Candelaria Pueyo, altoaragonesa de nacimiento, natural de Barbastro, maestros los dos de las escuelas de Olivares.
Vicente vivió en Olivares de manera continua desde su nacimiento en 1933, hasta que los estudios del Bachillerato le obligaron a salir, para volver al pueblo tan solo en vacaciones. Poco después, sus padres se trasladaron a Cuenca y con ellos Vicente y su hermana María Teresa, dejando Olivares para siempre, después de haber vivido allí y ejercido la profesión docente en sus escuelas alrededor de veinte años.
El día 15 de agosto de 2007 y a ruego de la alcaldesa, el Dr.Vicente Moya Pueyo volvió a su pueblo natal durante unas horas como pregonero de las fiestas del Santo Niño, entre la expectación de la gente y el regocijo de tantos como lo conocimos de muchacho.
Como profesional de la Medicina, investigador y científico, conocíamos algunas cosas de él, no tantas como las que hace pública en la “red” de forma resumida, la Real Academia Nacional de Medicina, de la que es miembro correspondiente, en su apartado de “Personajes Ilustres”, y que por mi parte me limito a transcribir literalmente, con la admiración y el afecto que merece tan insigne olivareño; y de paso, haciendo también público el deseo de tantos exalumnos de sus padres, coetáneos y antiguos amigos suyos, a los que les agradaría verle por Olivares con mayor frecuencia.


Currículum personal de la Real Academia de Medicina:

El Dr. Vicente Moya Pueyo: “Nació en Olivares de Júcar (Cuenca) el l8 de mayo de 1933. Se licenció en Medicina en Madrid donde se doctoró en 1958 con una tesis sobre «La investigación del pelo con fines identificativos».
Es Especialista en Medicina Legal (1960), en Psiquiatria (1964) y en Medicina del Trabajo, en 1967 en el Instituto de Medicina Legal y Social de Lille (Francia). Desde 1980 y hasta la fecha es Catedrático de Medicina Legal, primero en Salamanca y desde 1981 en la Complutense.Ha sido Presidente de la Asociación Nacional de Médicos Forenses desde 1973 a 1984. Es especialista en Psiquiatria Legal de la Clinica Médico-Forense de Madrid. Médico forense de categoria especial desde 1968 y Director de la Escuela de Medicina Legal a partir de 1982.
Secretario de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense desde 1976 a 1980, Vice-Decano en 1.981 y Decano desde 1982 hasta la fecha. Intervino activamente en la reforma del Plan de Estudios de la carrera de Medicina. Ha centrado sus investigaciones sobre Medicina Legal y de Tráfico, sobre repercusión de la intoxicación etilica en accidentes de tráfico, investigación de la paternidad, responsabilidad legal del médico y los derechos del enfermo.”
Es Académico Correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina desde 1980.
Está casado y tiene tres hijos. Es montañero y uno de los mejores conocedores de la Sierra de Guadarrama
.

NOTA: Tan ilustre paisano falleció en Madrid el 16 de abril del año 2010. Los homenajes póstumos en su memoria, de la Real Academia de Medicina y de otras instituciones de las que fue miembro, así como grupos de médicos, alumnos suyos y compañeros de cátedra en su mayor parte, han sido numerosos.

jueves, 4 de diciembre de 2008

EL LIBRO DE OLIVARES



Olivares de Júcar es mi pueblo natal, la puerta de entrada en la comarca manchega para quienes viajan desde la capital a las tierras de don Quijote. Los pueblos de Castilla -me escribió Delibes- quedarán muchos de ellos sólo en los libros. Se cierran las escuelas por falta de alumnado; desaparecen los médicos residentes; un solo cura debe atender a media docena de parroquias, mientras que la juventud desaparece dejando en el lugar a los pensionistas y a la gente mayor, que por razones obvias van desapareciendo poco a poco. Es el signo de nuestro tiempo, bastante negativo y de oscuro porvenir para el medio rural. La inmensa mayoría de estos pueblos recuperan una población desmedida y artificial durante los meses de verano como sitio de vacaciones, fenómeno social que los va sosteniendo, aunque no sabemos durante cuanto tiempo.
En el año 1995 decidí escribir y publicar este libro de costumbres y recuerdos dedicado a mis paisanos en un intento de mantenerlo vivo y a perpetuidad, al menos en el papel impreso. Hoy, aquel libro viene a ocupar el lugar que le corresponde en impresión electrónica, gracias a los adelantos habidos durante los últimos diez o quince años, lo que permite darlo a conocer, con el famoso “Pino del Tío Justo” en la portada, por todo el mundo. Una parte de su contenido se recoge en este “blog” como base del mismo.
En su presentación al gran público debe entrar algún párrafo como detalle de su contenido a título de muestra. Será el correspondiente a la página 34, refiriéndose a un pasado todavía no demasiado lejano, y que dice así:

(el detalle)

“La Navidad tuvo por estos años la categoría de fiesta fami­liar con la más profunda raíz. Fueron días en los que la amistad marcaba las cotas más altas entre la gente del pueblo, sobre todo entre la juventud. Las cuadrillas de mozos trasnochaban en las tabernas, deambulaban de casa en casa, muchas veces con música de acordeón recorriendo las calles, para volverse a tomar -por supuesto que sin necesidad por parte de ninguno- una coptla de anís y un par de rolletes, cuando no algún chorizo de la matanza con vino y pan si la cosa rayaba a niveles de seriedad todavía más altos. Los rolletes, qué duda cabe, fueron la estrella de nuestra repostería navideña. Nadie, como en todo lo que realmente merece la pena, podría darnos noticia de su origen, si bien sabemos que es un producto exclusivamente olivareño.
A partir de 1954, cuando la subida de las aguas del pantano resultó para el pueblo y para sus habitantes, no una quimera, sino una palpable fatalidad irreversible, Olivares vio marcharse a tierras lejanas una buena parte de su población de derecho. Comenzaron a cerrarse puertas en todas las calles; espec­táculo lamentable que, hasta que llegó el momento, siempre consideramos lejano. El pueblo comenzó a declinar. Los que aquí quedaron se vieron comprometidos en la tremenda tesitura de mecanizar las tareas agrícolas, huyendo definitivamente de los viejos sistemas de labranza bajo amenaza de sucumbir. La sociedad de consumo no había llegado; pero comenzaba a vislum­brarse. En 1958 instalaron las primeras televisiones en los bares del pueblo. De ahí en adelante, ¡qué decir!, ¡para qué hablar!, es algo que con datos más o menos comple­tos casi todos conocemos. Y así hasta hoy, cuando vemos, no sin asombro por parte de quienes vivimos fuera, que nuestro pueblo comienza de nuevo a merecer la pena, que ha tomado plaza de manera segura en el complicado tren del progreso y que, confiamos, pueda entrar sin demasiadas compli­caciones en el previsible maremagnum del tercer milenio. De que ello sea así, han de responsabilizarse como portadores del testigo los más jóvenes.”

sábado, 29 de noviembre de 2008

FIESTAS Y COSTUMBRES LOCALDES (y IV)


LAS CALAVERAS
Se colocaban durante la noche de difuntos en la cima del Cerro de la Horca mirando hacia el pueblo. Eran calabazas ahuecadas, gordas, a las que se le habían abierto tres agujeros figurando los ojos y la boca. Dentro de la calabaza se le colocaba una vela encendida que alumbraba durante toda la noche, mientras que las campanas de la iglesia tocaban a muerto. El resultado era sencillamente lúgubre, para los niños sobre todo, que procurábamos taparnos los oídos y no salir a la calle desde la hora del anochecer. Durante la tarde habíamos bajado al cementerio. Todo actuaba sobre el ánimo y producía una sensación que se recuerda durante toda la vida.
Como otras de las costumbres perdidas, ésta es una de las que se podían recuperar. Es cuestión de que algún grupo de muchachos se lo proponga, monten las calaveras -cosa la mar de fácil- y se repartan la noche en dos o tres turnos para tocar las campanas.

LAS HOGUERAS DE SANTA BÁRBARA
Se encendían en casi todas las calles la noche del 3 al 4 de diciembre. Allí se quemaban las matas secas que los chavales habían recogido por los huertos durante las tardes, sobre todo en las tardes de los jueves que no había escuela, los botillos de vino inservibles, las sillas viejas, las ropas en desuso y todo aquello que fuera capaz de arder. A eso de la media noche el pueblo se convertía en una luminaria. Los mozos más atrevidos saltaban por encima del fuego gritando: ¡Viva Santa Bárbara Bendita...! Quiero recordar como más voluminosas, y por tanto también más festivas, las hogueras del Lejío y la de la Carretera.

Aunque hace muchos años que no me coge en el pueblo esa fecha, tengo idea de que con menos importancia de la que antes tuvo, esta fiesta se ha recuperado.
Esta santa y mártir tuvo en Olivares fiesta local durante varios siglos, con procesión, sacando la imagen que se guarda en la iglesia.

EL PUÑAO
Era la invitación vespertina que antiguamente se hacía en todas las bodas que se celebraban en el pueblo. Fue, por tanto, una costumbre sin fecha fija, pero habitual e infalible hasta bien entrada la década de los años sesenta. Consistía en un puñado de "chochos", compuesto por trigo tostado, garbanzos torraos, cañamones, y alguna que otra avellana, o almendra, o bolita de anís. Solían “tomar el puñao” sólo los invitados a la boda, en un descanso del baile al ponerse el sol, quienes a media mañana, después de la Misa, se habían deleitado en la casa de la novia con una jícara de chocolate y dos bizcochos (los carotas y los amigos de la repartidora, quizá tres). En las bodas de los más pudientes, allá a principios de la década de los cincuenta se daba de comer a los invitados al medio día: sopa de boda y carne a hartar.
También era costumbre dar el puñao en los recorridos festivos de la Ranra durante la fiesta del Santo Niño; y el día de San Antón, para los hombres y mozos que en apretado tropel acudían con los animales a la bendición del Santo.
(A falta de una fotografía adecuada, icluyo esta impresionante vista aerea de carreteras y almacenenes. Al pinchar en la foto aparecera de un tamaño mucho mayor)

lunes, 24 de noviembre de 2008

OLIVARES DE JÚCAR, FIESTAS Y COSTUMBRES ( III )


LA ENRAMÁ
Aparecía colocada por los quintos de aquel año en la puerta de la iglesia y en el centro de la plaza del Lejío mientras la madrugada del Domingo de Resurrección. El día anterior se habían sentido en el pueblo toques de caracola, y por las calles que van hasta la iglesia los ruidos de los carros cargados de ramas y troncos de pino. Era a modo de pasadi­zo o de largo arco de triunfo hecho de ramas y de robus­tos ejemplares enteros al principio y al final del sombrío túnel. Se plantaba durante la noche del Sábado de Gloria, para que en la procesión del Encuentro, a las del alba, pudieran pasar por debajo las imáge­nes y los fieles del pueblo que habían asistido a la misa de madrugada.
Las mozas habían preparado su pelele, o judas, con ropas de hombre rellenas de paja, durante la tarde anterior. Seguido a la función religiosa -aún de buena mañana- las mozas manteaban al judas que, mientras la proce­sión, había permanecido expuesto en alguna ventana; a veces con un cartón escrito colgado del cuello. El manteo del judas iba acompañado de un ripio que las muchachas cantaban con esta letra:

El pobre pelele
no tiene camisa,
que se la han quitado
los frailes en misa.
¡Arriba con él...!

Tu padre te quiere,
tu madre también,
y todos te queremos,
¡Arriba con él...!

SAN BERNARDINO
La fiesta de San Bernardino se celebraba durante la tarde del 20 de mayo. No había clase en las escuelas. La juventud del pueblo, y sobre todo los chicos, se marchaban al campo a comerse los huevos cocidos y teñidos con pintahuevo. El pintahuevo es una planta que se da abundante en el Barranco del Pilar y que, al cocer su raíz con los huevos de las gallinas, los coloreaba de un tono marrón amarillento muy característico de esa fiesta. Otros los pintaban con lápices, formando sobre la cáscara gajos de distin­tos colores.
La fiesta de San Bernardino ha vuelto a aparecer después de muchos años perdida en el olvido. No tiene mucho que ver con la fiesta tradicional que vivimos los chiquillos de otros tiempos. Ahora es el pueblo vecino de La Hinojosa el que colabora en ella y se erige en protagonista; pues en su término se congrega la gente de ambos pueblos para celebrarla.

LA RANRA
Tenía su hora de actuación durante las fiestas del Santo Niño. Si se pudiera hurgar con un mínimo de fundamento sobre cuál fue su origen, es posible que nos encontrásemos con la sorpresa de que tiene sus raíces en la España de finales del XVI, en la Castilla afín a los ejércitos y a las costumbres de la corte de Felipe II. Sus miembros eran hombres serios, casi todos de edad avanzada. Solían vestir de negro riguroso con una flor artificial sobre el ala del sombrero. El tamboril y la pita eran la forma de manifestarse durante su andar callejero; el estruendo de los trabucos, su toque de guerra.
Durante dos o tres décadas faltó la Ranra en Olivares, y a fe que en las fiestas del Santo Niño se hizo notar su ausencia. Hace ya varios años -veinte, quizás-,volvió a reaparecer una nueva versión de la "Ranra", muy distinta en la forma y en el fondo a aquella otra que desapareció hace más de medio siglo. Una idea estimable y meritoria, cuyo resultado está ahí, dando un especial colorido a las fiestas patronales; si bien, debiera buscar con mayor interés sus principios a fin de mostrarse más auténti­ca, de ajustarse en lo posible a los viejos modos y a la razón primera por la que nació.
En el mes de septiembre se dedicó en este mismo blog una página a la Ranra; muy merecida, por cierto.


(En la fotografía, tres componentes de la Ranra actual)

miércoles, 19 de noviembre de 2008

OLIVARES DE JUCAR: FIESTAS Y COSTRUMBRES (II)



LAS MÁSCARAS DE CARNAVAL
Las máscaras de nuestro pueblo, como todas las del resto de los pueblos de la comarca, suponiendo que las hubiera, no eran un ejemplo de elegancia y lujo al estilo de las de Venecia, ni por el ropaje tampoco tenían nada que ver con las famosas de los Carnavales de Río de Janeiro, o de las capitales canarias, donde las fiestas del Carnaval suelen ser uno de sus principales atractivos.
En Olivares, las máscaras salían con la cara tapada con un pañuelo, y como ropaje lo más estrafalario que podían encontrar: mujeres con ropa usada de hombre solía ser el modelo más frecuente. Salían en grupo. Por las calles iban gritando de manera ininteligible algo así como ¡Que no me conoces, no; que no me conoces!
A última hora de la tarde, una vez que las máscaras se descubrían el rostro, la fiesta de máscaras terminaba en baile, en merienda, o en las dos cosas a la vez.
Señoras venerables de hoy, con ochenta o más años sobre sus espaldas, fueron muy divertidas cuando se disfrazaban de máscara en su juventud.

LOS ANIMEROS
Eran un grupo de muchachos que durante los días de Carnaval y los fines de semana de Cuaresma salían por las calles del pueblo, visitaban las casas una a una, recogiendo limosna (dinero, huevos, judías y otros productos), para que con su importe se dijeran misas y se ofrecieran sufragios por los difuntos.
Los “animeros” tenían como centro de toda su fiesta una chaque­ta horrorosa, de un fondo color hueso tomado, con dos tibias y un cráneo de tela roja sobrepuestos en la espalda. Quiero recordar que llevaba también como tétrico adorno los signos alfa y omega del alfabeto griego.
Los animeros salían a la calle, uno de ellos vestido con la chaqueta en cuestión, y la gente les daba una propina para que le colocaran la "prenda" a una persona determinada de entre los espectadores bajo secreto. Éste, a su vez, daba otra propina para que se la colocasen a la persona (anónima) que tuvo "el bonito gesto" de vestir­lo de animero... Y así sucesivamente.
Fue una fiesta muy simpática que, cuando menos, dabas ambiente al pueblo durante esos días.

LA ALMONEDA
Esta costumbre creo que se ha vuelto a repetir en ediciones relativamente recientes. La palabra “almoneda”, según el Diccionario de la RAE, significa “venta de géneros que se anuncian a bajo precio”. Es una especie de mercadillo que el domingo de Carnaval se colocaba sobre unas mesas en la Plazuela del Cura. En la “almoneda” se vendía de todo: enseres diversos, frutas, objetos que la gente regalaba con destino a la campaña de ánimas o con otro fin más o menos piadoso. Se vendía de todo. No he olvidado el sabor tan exquisito de los pestiños y de las hojuelas empañadas en aguamiel que se compraban por una perra gorda la unidad.
Esta es una costumbre perdida, o medio perdida, que se podría recuperar con muy poco esfuerzo y muy escaso coste económico. Es cuestión de ponerse a ello.

domingo, 16 de noviembre de 2008

OLIVARES DE JUCAR: FIESTAS Y COSTUMBRES ( I )


FIESTAS Y COSTUMBRES LOCALES ( I )

La presente página, que trata de las fiestas y costumbres del pueblo, muchas de ellas ya desaparecidas o en serio peligro de desaparecer, la incluyo pensando en aquellos paisanos a los que con diferencia sobrepaso en edad, porque quizá no las conozcan o hayan oído hablar de ellas de una manera imprecisa; no como servicio para aquellos otros que ya dejaron atrás los umbrales de los sesenta y más, en cuya larga lista me cuento; que peinan canas, como yo; que se acongojan cada mañana al mirarse al espejo, como yo me he acongojado alguna vez, ante los estragos que el tiempo, implacable, dejó al arrancar de su rostro aquella tersura de su juventud; a éstos, a los que ahora son de mi edad y aun más mayores, prefiero en este punto olvidarlos; pues bien saben ellos que conocieron durante sus años jóvenes todos esos aconteceres, y ellos mismos serían capaces de ofrecer noticia tan completa y tan veraz como la mía.
Dejando a un lado la fiesta mayor en honor del Santo Niño, que con más grandiosidad y estruendo se viene celebrando desde que se trasladó del tercer domingo de septiembre a su encuadre actual en el calendario a mediados de agosto, paso a recordar algunas de las otras fiestas, menores y entrañables, en número de diez. Tuvimos algunas más, pero estoy seguro de que las que aquí se refie­ren son las más representativas. Van colocadas por orden cronoló­gico a lo largo de distintas páginas, tal y como se solían presentar a lo largo del año.
Es una lástima no poder contar con fotografias reales de muchas de ellas. Eran otros tiempos, y el furor de la imagen estaba por entonces bastante lejos del momento actual. Se subsanará esa obligada deficiencia con fotografías del pueblo y de sus alrededores, como la que hoy encabeza esta página en la que se ve un encuadre del Barranco y de Los Lamparazos como fondo.

EL GORRINO DE SAN ANTÓN es una de las tradiciones más simpá­ticas que hubo en el pueblo, y que, dado el cambio lógico de las formas de vivir durante el último medio siglo, no tiene hoy -bien a pesar nuestro- ninguna razón de ser.
Se trataba de un cerdo joven, de pocas semanas, regalado por un vecino oferente en testimonio de gratitud al Santo Abad, o como compromiso de petición o súplica piadosa en espera de algún beneficio. El animal llevaba siempre su collarín atado al cuello con un cascabel o campanilla que anunciaba su presencia. Andaba suelto por las calles del pueblo, y se alimentaba de las sobras y otros desperdicios que le echaban los vecinos. Para dormir le servía cualquier esquina, o el amable refugio de alguna pared junto a las portadas en cualquier callejón, casi siempre a la intemperie.
El cerdo, naturalmente, a pesar de su vida errante iba creciendo con el paso de los días. El día 17 de enero, festividad de San Antón -que el pueblo celebraba con prcesión y bendición de caballerías en la puerta de la iglesia-, se procedía a la rifa del animal en acto público desde la balconada del antiguo ayunta­miento, para que a partir de ese día terminase para él la vida errante, y pudiera tener, como todos los de su especie, a un vecino como dueño y una gorrinera más o menos digna donde habitar y desenvolverse hasta la madrugada fatal del día de la matanza.
Para los que vivimos en aquellos años, la figura del “gorrino de San Antón” todavía permanece fija en nuestra memoria, y el sonido arrítmico de la campanilla, quiere hacerse sentir en nuestros oídos.

jueves, 13 de noviembre de 2008

PARQUE NATURAL BARRANCO DEL RÍO DULCE


EL BARRANCO DEL RIO DULCE
Los seres vivos tenemos una fecha exacta de nacimiento que todos conocemos, y una fecha de caducidad, desconocida por todos, que a menudo se convierte en la gran incógnita de la vida. Aunque no lo sea de derecho, el libro es también un ser vivo; pues tiene una fecha de nacimiento -el día que sale de la imprenta- y una presumible fecha de definitiva desaparición imposible de conoce y ni siquiera de poderse imaginar; pues pasarán los años, quizás los siglos, y siempre aparecerá perdido en alguna parte o en los anaqueles de alguna vieja biblioteca, como mera curiosidad, cualquiera de los cientos o de los miles de ejemplares que salen a la vida en un mismo parto. Un libro es, en fin, un ser que nace con una misión que cumplir como cualquier viviente, y si esa misión es beneficiosa para la humanidad, celebremos su feliz alumbramiento.
Soy el padre de la nueva criatura. Nace en una edición de lujo, con fotografías de Paco Gracia, publicado por la Editorial Mediterráneo de Madrid, y su contenido no es otro que una exposición acerca del “Parque Natural Barranco del Río Dulce”, uno de los cinco parque naturales que tiene nuestra región, y de los cuales, tres se encuentran en diversas comarcas de la provincia de Guadalajara.
Y ¿Por qué en esta página dedicada exclusivamente a nuestro pueblo? Hay dos razones para ello: una, porque yo soy de allí, que ya sería motivo bastante; pero hay otra además, y es que en su mayor parte este libro ha sido escrito en Olivares durante el pasado mes de agosto. Se comprende que la primera presentación al público lo sea a todo el mundo a través de Internet, pero por la vía de nuestro pueblo, como no podía ser menos, en el mismo día de su nacimiento.
Como detalle, voy a transcribir unos cuantos párrafos del capítulo primero, en el que se explica de manera sucinta algo de su contenido.

(el detalle)

“Hablaremos de campo, de senderos de tierra y hierba para el camino a pie junto a la corriente del río, de elevaciones y de risqueras impresionantes de caliza donde anida el ave rapaz, de profundidades y de estrechos pasadizos por los que corren las aguas de un arroyo, el Dulce, a la vera de un rosario de pequeños pueblecitos con su leyenda, su historia, su paisaje y sus costumbres, ingredientes que nunca deberían faltar en el siempre escaso atuendo del caminante.
El camino a pie por todo el recorrido, o al menos por parte de él, sería lo ideal para el pleno disfrute del viaje, un ideal posible aunque no fácil de cumplir; pero que también puede hacerse cómodamente en automóvil por carreteras en aceptables condiciones, sin que el resultado final apenas desmerezca.
En este trabajo encontrarás, amigo lector, todo lo que es preciso conocer para que en dos o tres jornadas de tu tiempo puedas disfrutar, a cielo y corazón abierto, de lo que la madre Naturaleza nos ofrece como regalo, y que seguramente tienes a cuatro pasos de la ciudad en donde vives, pero que, por desconocimiento del sitio, tal vez -¡Es tanto lo que nos queda por conocer de esta España de nuestros amores y de nuestros pecados!- no contaba en tus proyectos, al menos inmediatos, como lugar donde perderte al amparo de la Naturaleza, que, como bien sabemos, suele ser buena pagadora.
Los Valles del río Dulce abren sus puertas a un paso de la autovía Madrid-Barcelona, a cien kilómetros de distancia desde la capital de España, y en el centro de la provincia de Guadalajara. Capricho natural conocido por pocos, no lejos de la ciudad de Sigüenza, y por el que a partir de este momento comienza nuestra andadura.”

sábado, 8 de noviembre de 2008

REQUIEM POR NUESTRAS FUENTES


REQUIEM POR NUESTRAS FUENTES

Gracias a ellas la vida fue posible en nuestro pueblo durante toda su historia. A las fuentes naturales me refiero. Olivares has sido un pueblo tocado por la fortuna en cuanto a fuentes se refiere. En cierta ocasión, me regaló Julián Domínguez (el cartero, q.e.p.d.) una lista de las fuentes de nuestro término, reconocidas y con nombre propio, muy próxima al medio centenar. El exceso de papeles que hay en las casa, los traslados, y esa serie de inconvenientes que siempre nos vemos obligados a salvar, me han llevado a perder tan deseado documento.
Muchas de las fuentes del término ya no existen, casi seguro por la escasez de lluvias y de nieves durante los últimos treinta años. Y de las fuentes del pueblo, aunque tres de ellas todavía fluyen sobre sus respectivos pilones, la gente no hace caso: el Pilar, las Palomas, y el Calentejo, son las tres a las que me refiero, y que por fortuna, aunque tan solo sea a título testimonial, todavía están ahí, olvidadas; pero monumentos al fin cada una de ellas en memoria de nuestros antepasados, y también de muchos de nosotros, cuya imagen como abrevadero de caballerías permanece fija en nuestra memoria.
La fuente del Pozo fue de la que bebimos el agua, cocinaron nuestras madres, y nos lavábamos la cara por las mañanas (los medios de que se disponía no daban para mucho más) generaciones y generaciones de olivareños. Se llevaba a casa en aguaderas, a lomos de un borrico, cuatro cántaros en cada viaje. Aunque tuvimos escasez, el agua jamás nos llegó a faltar, a pesar de que andaba muy cerca de las dos mil personas la población de hecho. El Pozo, la principal de todas, es la única de nuestras fuentes que ya no existe. Para los más jóvenes, que supongo serán la mayoría de mis lectores en Internet, os diré que la fuente del Pozo se encontraba justamente debajo de la que ahora es la ermita de San Isidro; sí, eso es, al otro lado del túnel donde nos reunimos a comer la carne del toro al final de las Fiestas.
Cuando la gente de mi generación éramos pequeños y nuestra madre no mandaba con la borrica ir al pozo por una carga de agua, pedíamos a las personas mayores que nos cargasen los cántaros en las aguaderas. Son detalles tan pegados a la vida de cada uno, que vierten a los tules de la memoria cada vez que uno pasa por allí. Se podrían contar infinitas anécdotas, con el protagonismo de nuestras fuentes como escenario de hechos recordados, pero lejanos en el tiempo.
Todos los veranos procuro darme un paseo por nuestras fuentes. Están cuidadas. Se nota cómo la gente y las autoridades conservan ese mínimo de sensibilidad para hacer las cosas agradables. Las fuentes, en este tiempo nuestro en que se vive mejor, como tantas cosas más que se han ido abandonando, apenas aportan utilidad; tal vez para regar los huertos durante el verano se pueda emplear alguna de ellas; pero están ahí, cuidémoslas porque son un legado de nuestros padres y de nuestros abuelos; un referente, siempre laudable de otras maneras de vivir.
En la fotografía la Fuente de las Palomas en su estado actual.

jueves, 6 de noviembre de 2008

UNA VISIÓN EXTRAÑA


UNA VISIÓN EXTRAÑA

Ocurrió hace ya mucho tiempo. Debió de ser a finales de verano del año 1995 ó 1996, cuando al dar un paseo por las eras de las Columnas me encontré con esta inesperada visión, que, si digo la verdad, creo que me heló la sangre. En un primer momento tuve la impresión de que los dos ejemplares de la “raza brava” estaban saliendo del interior de la tierra, bien preparados de defensas, mirándome los dos fijamente; y yo allí, solo, en pleno campo, inerme, sin ningunas ganas de correr y con el susto metido dentro del cuerpo. Fue sólo un instante. Los encontré detrás de un montón de escombro, o de basura, no lo recuerdo bien.
Una vez pasado el primer sobresalto, y todavía sin dar crédito a lo que acababa de ver, bajé hasta el pueblo, cogí la cámara de fotos, y con el coche me puse de nuevo en pocos minutos delante el macabro espectáculo. Todo seguía igual. Algunas moscas más, seguramente. Tomé la fotografía que quise llevarme como recuerdo, y la presento aquí, a título de mera curiosidad o como una historia menor que merece ser contada; porque la imagen, sobre todo en casos como éste, vale más que mil palabras. ¡Ah!, se me olvidaba, las fiestas del Niño habían terminado dos días antes.

lunes, 3 de noviembre de 2008

EL TÉRMINO MUNICIPAL



EL TÉRMINO MUNICIPAL

Son, en cifra muy aproximada, cincuenta kilómetros cuadrados (49,9), los que ocupa el término municipal, distribuidos en las cuatro direcciones a manera de cuña, cuya porción más cumplida en superficie tiene al casco urbano como centro, llegando escasa­mente a los cuatro o cinco kilómetros de distancia en dirección a Belmontejo, a Cervera, a Hinojosa y a La Almarcha. El punto más alejado del término, como vértice final en la punta de flecha de su trazado, se encuentra en los Llanos de Villafranca, junto a la transversal en línea recta que uniría los lugares de Villaverde y Pasaconsol con Valverde de Júcar, desde luego a más de diez kilómetros del casco urbano hacia el este y al otro lado del Júcar.
El término municipal no es en exceso accidentado. El pueblo marca, junto al Ayuntamiento, una altura de 900 metros sobre el nivel del mar, aumentando y disminuyendo a lo largo y ancho en parajes muy concretos, de los que cabe señalar algunos de ellos a título de muestra: 946 metros en el llamado Alto del Telégrafo, 948 en el Alto de las Peñillas y 957 en la cumbre del cerro de Cabeza Gorda; luego, más hacia el saliente, es decir, hacia el propio Valle del Júcar, la altura desciende considerablemente, hasta alcanzar una media de 830 metros en la ribera y otras tierras de sus aledaños.
El río principal es el Júcar, como bien se indica en el propio nombre del pueblo, uno de los más importantes de la ver­tiente Mediterránea, que nace en el Cerro de San Felipe (Serranía de Cuenca) y desemboca en las levantinas costas de Cullera, siendo todos los demás pequeños arroyuelos sin importancia, generalmente secos en verano o de muy escaso caudal, tales como el regato de la Fuente de la Olacera, la rambla de Cañahonda, y las de la Fuente del Arco y las Cañás más al norte.
La red municipal de caminos, antigua y muy completa como corresponde a su añeja condición de pueblo de agricultores, se vio sensiblemente favorecida tras la puesta en funcionamiento de la concentración parcelaria, que en la década de los años cincuen­ta (tercer municipio de España en que se llevó a cabo) redistribuyó sus campos. Ahora se cuenta con media docena de pistas, repartidas por todo el término de manera radial, que ponen muy a mano los cientos de parcelas de labor en estado de culti­vo. Muchos de los antiguos senderos han desaparecido con la nueva distribución de sus tie­rras, si bien, son varios aún los que se conservan con esa carga de rememoranzas y de valores emotivos para la gente mayor.
Siete términos municipales entornan a los campos de Olivares como tierras fronterizas, dándose el caso de que las posesiones de los olivareños penetran en casi todos ellos: Belmontejo, Cervera, Hinojosa, La Almarcha, el Castillo, Villaverde y Valver­de, son nuestros vecinos por cuanto a límites, aunque el trato amistoso en lo personal -y en lo familiar, incluso- todavía llega hasta otros con cuyas tierras no colindamos, pues no en vano es San Lorenzo de la Parrilla, tal vez, el lugar de cercanías con el que mantenemos más estrechos y numerosos lazos de familiaridad por razones de casamiento.

miércoles, 29 de octubre de 2008

EL COCHE DE ROSITO


EL COCHE DE ROSITO

El coche de Rosito, el coche del pueblo, el taxi de toda la vida… Aún existe el coche de Rosito. Agapito le hace andar alguna vez, muy rara vez, cuando viene al pueblo. Lo guarda en su cochera del Lejío, y tiene una placa de metal junto a la puerta en la que se indica al viandante cómo allí dentro se guarda algo que merece el respeto, y casi la veneración de las cosas sagradas. A su dueño, Rosito, la gente le llamaba José, José Cantero, pero su verdadero nombre era Sebastián. No sé cuantos miles de viajes hizo a Cuenca el coche de Rosito en sus casi cincuenta años de servicio al pueblo. Se llegó a decir que sabía ir solo hasta la Pensión del Carmen, parando en los Baños, sin necesidad de conductor. Se le arrancaba girando con fuerza una manivela, y enseguida se ponía en marcha con ese run, run, de los coches cansados de vivir.
Los viajes en el coche de Rosito los recuerdo como algo perdido en el mundo de la ficción, como algo con apariencia de verdad, pero en lo que es imposible creer. No es fácil colocar dentro de él a más de cuatro personas, pero se colocaban seis además del conductor, y si eran chavales ya mocetes, hasta siete -sin incluir al maestro y al chofer- nos colocábamos dentro en nuestros viajes del mes de junio a Madrid para examinarnos de los primeros cursos del Bachillerato ¿Quién puede olvidarlo?
Dentro del coche de Rosito nació mi prima Milagritos una mañana muy cruda del mes de enero, en una curva de la carretera, junto al río, antes de llegar a Cuenca. Eran los últimos coletazos de los años del hambre, cuando mi madre me mandaba con el coche de Rosito algún que otro bocadillo de chorizo o de lomo, porque la patrona de la calle del Los Tintes nos daba, la pobre mujer, lo poco que podía.
Cuando Agapito lo saca por las calles del pueblo, uno tiene la sensación de haber visto pasar, solemne y haciéndose notar, al más venerable de los patriarcas locales, que se obstina en no querer morir. La gente lo mira, y Agapito, cuando lo conduce, se sentirá, pienso yo,más feliz que un rey sentado en su trono. Un trono de recuerdos que bien merece tener un espacio aquí, con todo el respeto y toda la gratitud que tantos de nosotros le debemos.

lunes, 27 de octubre de 2008

EN LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


EN LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

La festividad de Todos los Santos no pasa desapercibida para mis paisanos. Las personas, como cualquier producto de consumo, nacemos con la fecha de caducidad señalada no sé si sobre nuestra espalda; pues nada tenemos tan seguro como la muerte.
A diferencia del resto de los seres vivos, la memoria de los que se fueron queda durante mucho tiempo como marcada a fuego en el ánimo de sus familiares, de sus amigos y deudos, y así permanece con intensidad decreciente, porque el tiempo acaba por difuminar, cuando no por borrar por completo, el recuerdo de quienes lo dieron todo por nosotros.
Cada primero de noviembre nos suele reunir, al pie de la tumba donde reposan sus restos, el recuerdo de nuestros seres queridos. Las lágrimas, las flores, las oraciones por los que se fueron, nos acompañan durante la visita al cementerio, ahora personales, ahora colectivas, en el día de Todos los Santos.
En Olivares, la gente que baja al cementerio se distribuye apenas llegar por los diferentes espacios, por donde están las sepulturas de sus familiares y allegados; después se reza en conjunto por todos los enterrados allí, que desde el año 1925 que creo que se inauguró el nuevo cementerio -tres generaciones-, es seguro que su número se cuenta muy por encima del millar.
Hace ya muchos años que las campanas de la iglesia no tocan a clamor durante la noche de Difuntos. Tampoco se plantan las calaveras en el cerro de la Horca, elaboradas de calabaza con una vela encendida en su interior, por lo menos en la cantidad con que se plantaban entonces; costumbres perdidas porque los vientos de la modernidad soplan en dirección distinta, y a ello, mal que nos pese, nos hemos tenido que acostumbrar.

En la fotografía el panteón de la familia de D. Martín García Pelayo, un prohombre de allá por los años cincuenta del siglo XX, situada en el centro del cementerio.

miércoles, 22 de octubre de 2008

LAS PINTURAS DE ESPERANZA LEÓN


LAS PINTURAS DE ESPERANZA LEÓN

Esperanza León Jiménez es una de las pintoras e ilustradoras actuales, cuyo nombre hace tiempo que comenzó a sonar a medida que el gran público fue conociendo, y reconociendo, el valor de sus obras. Mis escasos saberes en esta faceta artística, y lo poco que conozco de su trabajo, me llevan a incluirla en esa lista de artistas actuales, seguidores del llamado expresionismo, que irrumpió con gran fuerza en Europa y los Estados Unidos a mediados del siglo XX.
Esperanza León, Espe, nació en Olivares de Júcar el 18 de diciembre de 1956. Es hija de Augusto León y de Aurora Jiménez, de tan feliz memoria para quienes los conocimos en vida. Antes de haber cumplido un año de edad, sus padres se marcharon a vivir a Madrid, en aquel "boom" de fuerte emigración de jóvenes que sufrió nuestro pueblo por aquellos años. Olivares ha sido, y lo sigue siendo para ella, el lugar de vacaciones durante la mayor parte de su vida: el campo, el aire, el sol del verano…
De espíritu soñador desde muy niña, la fascinación por la pintura la marcaría para toda su vida; pasión que nació en ella con motivo de una visita, con sus compañeras de colegio, al Museo del Prado. Los cuadros de Goya, la extraordinaria fuerza expresiva de las pinturas del inmortal aragonés, dieron una orientación a su vida que ella ha procurado seguir desde los primeros años, aun con la velada oposición de su familia, que no llegó a comprender aquel empeño por ser pintora, como la mejor salida para abrirse un futuro.
Su entusiasmo por el dibujo, y ese tesón autoimpuesto por conseguir lo que ella deseaba, le llevaron a pasar muchas horas en el Museo de Reproducciones Artísticas de Madrid, estudiando y dibujando modelos, estatuas griegas sobre todo, hasta conseguir el nivel que se le exigía para ingresar en Bellas Artes.
Se licenció en dicha disciplina (especialidad de pintura) en la Universidad Complutense de Madrid. Ha participado en gran número de exposiciones, tanto personales como colectivas, no sólo en España, sino también en Francia, Cuba y Suiza. Tiene obras en colecciones públicas y privadas, y comparte su tiempo entre la familia, la pintura, el dibujo, y la enseñanza.
Como ilustradora de libros, el nombre de Esperanza León Jiménez figura en esa nómina, difícilmente alcanzable, de los mejores de nuestro país. Debo advertir que yo la descubrí por sus dibujos en un libro publicado en Suiza.
“Tiempo de palabras en voz baja”, “En un bosque de hoja caduca”, “Soy un caballo”, “La vida encaja”, “El lugar más maravilloso”, y muchos otros que se podrían añadir a esta relación, son títulos de libros ilustrados por nuestra paisana Esperanza León.
La acuarela con un paisaje de invierno que ilustra la página, es una gentileza de Espe, que con mucho gusto pongo como cabecera para que conozcamos, aunque sólo sea un detalle, de su pintura.

domingo, 19 de octubre de 2008

OLIVARES EN EL MADOZ


OLIVARES EN EL MADOZ

A mediados del siglo XIX, un jurisconsulto navarro, Pas­cual Madoz, nacido en la ciudad de Pamplona el año 1805, empren­de la costosa tarea de recoger en un soberbio diccionario todos los pueblos, aldeas, villas y ciudades de España, valiéndose de los datos que de cada una de ellas le iban proporcionando los eruditos del lugar (secreta­rios, maestros, sacerdotes, mé­dicos...) y que un nutrido equi­po de redactores, pagados por él, iban colocan­do en el sitio correspondiente hasta completar la obra. Se publicó con el si­guiente título "Diccionario Geo­gráfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de ul­tramar". En la página 243 del tomo número doce, publicado en Madrid el año 1849, aparece la referencia a nuestro pueblo, que, por resultar muy ilustrati­va e interesante, merece la pena transcribir íntegra. Dice así:

«OLIVARES: villa con ayuntamien­to en la provincia y diócesis de Cuenca (6 leguas), partido judi­cial de San Clemente (6), au­diencia territorial de Albacete (15) y capitanía general de Cas­tilla la Nueva (Madrid 21). Si­tuada sobre una eminencia en terreno pedrego­so y dominando una vega de pan llevar. El clima es templado, combatido por los vientos del Norte y el Este, y muy propenso a calenturas inter­mitentes. Forman la población 298 casas de mediana construc­ción y a propósito para la ocu­pación de sus moradores; hay una fuente de buenas aguas de la que se surte el vecindario; escuela de ambos sexos concurrida por 40 niños y 20 niñas, dotado su mae­stro con 1.500 reales anuales; la iglesia parroquial bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción está servida por un cura de término y un presbítero para los caseríos anejos de Don Benito, Casa Blanca, aldea de Ucero y los molinos denominados Olivares, Marqués y Licenciado. Dentro de la población hay una ermita con la advocación de San Roque, y otra fuera bajo la de San Bartolomé, distante 500 pa­sos al Oeste. Confina el término por el Norte con la Parrilla; Este Valverde; Sur la Almarcha, y Oeste Hinojosa. El término es bastante quebra­do, sin que por esta razón deje de ser producti­vo; parte de él cruza el río Júcar que corre de Norte a Este y tiene un buen puente en el término. Al Este de la población hay un monte poblado de mata baja, del que se surten de leña. Los caminos son locales y su estado malo, a excepción de la carretera que lleva el correo de Madrid a Valen­cia, cuyo estado es regular. Para el servicio de aquel hay casa de postas con 5 caballos. La correspondencia se recibe de la administración de Tarancón, miércoles, viernes y domingos, y sale martes, jueves y domingos. Produce trigo, ceba­da, centeno, avena, azafrán, fruta y vino; la cosecha de más importancia es la de vino. Se cría ganado lanar y algún ca­brío. Caza de liebres, perdices y conejos, y pesca de loinas, barbos, algunas truchas y angui­las. Industria: la agrícola y dos molinos harineros, cuyo es­tado es floreciente, impulsados por las aguas del Júcar. Comer­cio: la exportación de algunos granos y frutas, vino y azafrán. Población: 282 vecinos; 1,122 almas. Capital en productos: 2.691­.000 reales; imponible, 134.550. El presupuesto munici­pal asciende a 6.000 reales, y se cubre con el fondo de pro­pios, pagando de aquella canti­dad 1.500 reales al secretario del ayuntamiento.»


(La fotografía pertenece a un altorrelieve tallado sobre la piedra en el muro norte de la iglesia, dentro del cementerio viejo. La fecha señalada en él es del año 1738, y las dos flores de lis, pienso que están tomadas del emblema familiar de los Borbones, cuyo primer representante, Felipe V, reinaba en España en aquel momento.)

martes, 14 de octubre de 2008

"EL CONDESTABLE"


EL CONDESTABLE

Durante el verano, y después de haber tenido noticia por el “Libro de fiestas” de que llevo publicados 17 libros -a punto estamos de que salga el número 18-, algunos de mis paisanos me han preguntado que cuales son esos libros, que adonde están, y que cómo se pueden adquirir. Lo mío es en todo caso escribirlos, no hacer publicidad de ellos, y mucho menos venderlos.
Dicho esto, lo único que puedo señalar es que todos aparecen en mi otro blog, en el de información general, con referencia a la provincia de Guadalajara de manera casi exclusiva, pues es en la que vivo y la que más conozco. Su dirección sería http://www.jserranobelinchon.blogspot.com/ a ella os podéis dirigir si tenéis interés por conocerlos.
Hoy, en cambio, por ser quizás el que más estimo, y también el que más trabajo me costó darlo a luz, quiero presentarlo aquí. Es la biografía novelada del español, y conquense, más importante de la primera mitad del siglo XV, el Condestable de Castilla don Álvaro de Luna, una historia apasionante basada en la realidad, su título es “El Condestable”, del que, además, os doy a leer como detalle una página sacada al azar de las 222 que consta el libro. El prólogo lo escribió un filólogo bien conocido, sobre todo por la gente mayor: D. Manuel Criado de Val, aquel que cuando las televisiones funcionaban en blanco y negro, presentó un programa muy interesante que se titulaba “La última palabra”.
Está publicado por la Editorial Aache, con el número 10 de la colección “Scripta Academiae”, dato suficiente para que, quien desee, lo pueda pedir en cualquier buena librería, o que el librero os lo consiga por encargo. Se anuncia en varias librerías por Internet; también se puede pedir por correo electrónico a la casa editorial, cuya dirección es ediciones@aache.com .
Y ahora a leer. Aquí tenéis como detalle del mismo la página prometida, la 133, por ejemplo:

El detalle:

«¿Acaso fue un descuido? No es fácil. ¿Fue quizá que los amigos del rey de Navarra tenían comprados a los vigilantes de Medina aquella noche? Posiblemente. Es cierto que la muralla fue abierta desde dentro por dos sitios distintos aquella noche, uno a cada lado de la ciudad, con unos boquetes por los que pudo entrar toda la tropa de los confederados, hombres y caballos que desde hacía dos semanas estuvieron acampados en las afueras esperando la oportunidad. Por uno de los agujeros abiertos en la muralla pasaron seiscientos hombres de armas al mando del rey de Navarra y de otros dos caballeros más. Por el otro entró el infante don Enrique con el resto de los caballeros y de los hombres de armas de su ejército.
El griterío de la gente estalló de pronto en la ciudad. El sonar de los cascos de los caballos contra el empedrado rompió el silencio de la media noche. El Rey se despertó con el alboroto, e inmediatamente se imaginó lo que había ocurrido. Se hizo armar, y a la grupa de su caballo salió del palacio con un bastón de mando en la mano y la cabeza descubierta. Un paje llevaba tras de él la lanza, la adarga y la celada. Su alférez, don Juan de Silva, tendió la bandera de la parte del Rey y así llegó hasta el centro mismo de la plaza de San Antolín, la más céntrica y popular de Medina del Campo. Enseguida acudieron a ponerse junto a él don Álvaro de Luna, los condes de Haro y de Ribadeo, con todos los grandes, caballeros y prelados que había en la Corte por aquellos días. Fueron muy pocos los hombres de a pie que salieron junto al Rey a esas horas de la noche. Tuvieron miedo del estruendo que se produjo en las calles mientras dormían y prefirieron quedarse en sus alojamientos, por lo menos hasta que pintara el día. Quinientos hombres, a lo sumo, se reunieron en la plaza en apoyo del Rey; muy pocos, comparado con el grueso de la tropa que acababa de pasar a través de la muralla.
Con los primeros claros de la mañana el Rey advirtió al Condestable que, puestos en la verdad de la situación, y sabiendo que era a él, más que al propio Rey, a quien buscaban, le convendría abandonar la ciudad y ponerse a salvo antes que los enemigos lo ocupasen entera. Primero se lo aconsejó como amigo, luego se lo ordenó como rey.»

domingo, 12 de octubre de 2008

OLIVARES DE JÚCAR (Reportaje de prensa)


OLIVARES DE JÚCAR (Reportaje de prensa)

Con el título “Olivares de Júcar en el centro geográfico de la provincia de Cuenca”, publiqué la primera semana de agosto de 2006 en el diario “Nueva Alcarria” de Guadalajara, un extenso reportaje sobre nuestro pueblo. Iba acompañado de cuatro fotografías con lo más representativo del lugar, y un texto -el mismo que aquí incluyo- donde se daba a conocer a lo lectores alcarreños lo que nuestro pueblo es. Aprovechando la ocasión de que las nuevas tecnologías permiten lanzarlo a todo el mundo a través de nuestro “blog”, aquí os lo dejo.

Desde los últimos olivos del Cerro del Calvario, la tarde tiñe con limpias transparencias toda la Vega, los campos de labor de la Carrasquilla, el verde opaco del girasol en las tierras que cogió el pantano, y hasta las lejanas colinas de Valverde de Júcar, el pueblo de los famosos festivales de moros y cristianos, se advierten en la distancia con una sorprendente nitidez.
Hace tiempo que pensaba llevar al conocimiento de nuestros lectores este pueblo singular. Después de casi treinta años dando cuenta en este periódico de todos los pueblos de Guadalajara, de los cuatrocientos treinta y cuatro en los que vive gente, y de otros veinte más en donde no vive nadie, ha llegado el momento de que, más a golpe de corazón que en otras ocasiones, les presente este lugar de nuestra Comunidad Autónoma situado en el centro geográfico de la provincia de Cuenca. Se llama Olivares de Júcar, y tiene para mí un atractivo que no se repite en ningún otro. Es el pueblo donde nací, el pueblo de mis padres, el pueblo donde fui niño y fui muchacho, donde quedaron mis raíces, mis primeros amigos, y al que por nada del mundo sería capaz de renunciar.
Han pasado muchos años desde que dejé de figurar en su censo. La vida, como bien sabes amigo lector, gusta jugar con los hombres que somos sus esclavos, y con frecuencia nos arranca de nuestro lugar de origen por motivos la mar de diversos. Mi pueblo contaba con cerca de dos mil habitantes cuando siendo muchacho corría por sus calles, iba todos los días a su escuela, y vi aparecer cuando llegó el momento ese fenómeno natural, inevitable y tantas veces hermoso, de la adolescencia. Luego vinieron los estudios, la carrera, el primer destino, y así, el soplo de la casualidad me llevó en una mañana del mes de abril, ¡ya tan lejana!, a la provincia de Guadalajara, donde trabajé, fui feliz, lo sigo siendo, y jamás se me hubiera ocurrido salir de allí, entre otras cosas porque Guadalajara y Cuenca son para mí la misma cosa, las dos hermanas gemelas de nuestra Comunidad, con sólo unas cuantas, muy pocas, diferencias de matiz.
Pero era de mi pueblo del que os quería hablar. En este momento me encuentro en él tomando el sol del verano y disfrutando de amistades y de recuerdos. Nada en él me resulta extraño -salvo los nuevos rostros de la juventud- después de tantos años sin vivir aquí de forma permanente. Nunca le he perdido el hilo al vivir diario de mi pueblo, he gozado con él en los buenos momentos y he sufrido también con él en sus horas amargas.
De los cerca de dos mil habitantes que como dije llegó a tener, se ha quedado después de medio siglo en poco más de la quinta parte. Por los años cincuenta inundó el pantano de Alarcón las mejores tierras de su término, la despensa segura de mis paisanos con aquella ribera generosa que durante siglos les proporcionó trabajo, alimento y bienestar. Casi la mitad de las familias tuvieron que marchar a resolver en otros lugares algo tan preciso como la propia supervivencia, que de la noche a la mañana se anunció como el más serio problema a resolver, y ahora más bien olvidado que resuelto.
Olivares de Júcar es un pueblo de agricultores, con campos aceptables que mis paisanos cultivan primorosamente valiéndose de maquinarias adecuadas. La cebada y el girasol son los productos habituales que se cultivan en nuestros campos. También algo de huerta para el consumo familiar, que por lo general atienden los jubilados, ahora hijos o nietos de aquellos magníficos hortelanos de la ribera, expertos en el oficio antes que las aguas del embalse acabasen con ella de manera definitiva. Cuando las tierras inundadas vuelven a quedar al descubierto, mis paisanos las siembran de nuevo, bien de cereal, bien de girasol, sacándoles un rendimiento que, como no podía ser de otra manera, debe revertir en beneficio de la comunidad a través del ayuntamiento; un sistema de explotación que durante los últimos años ha ocasionado graves inconvenientes al no ser aceptado por todos.
Hace más de cincuenta años que el Ministerio de Agricultura llevó a cabo en este término la Concentración Parcelaria, digamos que a título experimental, ya que se trataba del tercero de los municipios españoles en los que se llevaba a cabo aquello que en su día se consideró algo así como la más importante revolución del agro español a lo largo de toda su historia. Hubo conflictos entre familias y entre particulares con la Administración del Estado. Aquello de que una finca heredada por varias generaciones, fuese a ser propiedad de otra persona distinta, era una prueba demasiado dura para quienes estaban acostumbrados a razonar más con los sentimientos que con la cabeza, y con la agravante de haberse metido en una aventura de la que nadie podía garantizar los resultados, sobre todo por tratarse de algo tan nuevo en nuestro país. Los buenos resultados se han visto años después, cuando a las maquinarias de gran volumen les está siendo posible faenar en parcelas de considerable superficie como son las actuales, un beneficio con el que no se hubiera podido pensar con aquellas incontables tierrecillas, diseñadas para labrar con el arado y recoger la cosecha a filo de hoz.
Olivares de Júcar es uno de los pueblos más castellanomanchegos de toda la región. Está situado en la línea divisoria entre la Meseta Norte y la Submeseta Sur (si así podemos llamar a la comarca manchega). Muchas de sus casas son blancas por tradición, y aunque el pueblo está enclavado entre dos barrancos importantes, el del Pilar y la Vega, sólo hay que apartarse de él en dirección sur no más de dos kilómetros, para vislumbrar el horizonte llano de las tierras manchegas, recuerdo vivo de las andanzas del Ilustre Hidalgo, con la fortaleza en pie de Garcimuñoz en lontananza, donde Jorge Manrique encontró la muerte a la que había cantado en bellísimas Coplas. Y hacia el norte, a sólo unos minutos de camino a orillas del Júcar, la Cuenca Serrana, con sus peñascos tallados por la erosión que anuncian más arriba al viajero aquel fenómeno paisajístico, irrepetible, de la Ciudad Encantada, en lo que bien pudiéramos considerar el corazón de la Serranía.
El mío no es un pueblo antiguo, aunque es posible encontrarse con algún detalle en sus alrededores de viejas civilizaciones (pequeños senderos, tal vez entre las ciudades romanas de Valeria y Segóbriga), no es posible hallar documento alguno que vaya más allá del siglo XVII. ¿Pudo ser alguna pertenencia más de los señores marqueses de Villena, simple caserío en tierras de olivar durante la segunda mitad del siglo XV? Es una posibilidad que no deberá descartarse, pero sin un documento oficial o simplemente literario que lo avale. La iglesia de la Asunción, ahora en espera de que se la rehabilite una vez acabadas las obras, y la ermita de San Roque, nos llevan al siglo XVII. La primera de sorprendente capacidad, lo que quiere decir que se pudo repoblar tarde, pero que en sus primeros siglos el pueblo debió de albergar un número de habitantes considerable.
En la actualidad el censo anda en torno a las seiscientas almas. Personas de edad en su mayoría, y otros más jóvenes que corren con la responsabilidad de sacar a flote lo que el campo es capaz de dar valiéndose de modernos medios. La agricultura es el único escape para la subsistencia, cada vez más difícil, habida cuenta de que la media de edad de los hombres del campo sobrepasa los cincuenta y que la perspectiva de natalidad es escasa, con pocos visos, por cierto, de que la juventud se plantee la posibilidad de dedicarse a los trabajos del campo.
Cuando llega el verano, los que están y los que nos fuimos, volvemos a abrir las puertas cerradas durante el resto del año. Es la historia mil veces repetida de la Castilla rural. Los más veteranos se reúnen en grupos cada mañana y cada tarde a contarse sus historias ya sabidas, y los demás disfrutando cada cual a su manera de la tierra madre, y un poco también a la espera de lo que nos pueda traer este año la fiesta del Patrón, el Santo Niño; dicen que el mas guapo de todos los patronos de todos los pueblos, y el único, eso sí es verdad, que viste con pantalones cortos como uno más de los niños del pueblo.
Ni qué decir, lector amigo, que también yo tengo un pueblo; un pueblo bonito en una provincia hermana, que no es la tuya seguramente, pero con la que comparto esos amores que desde hace tantos años -más de la mitad de mi vida- dedico a Guadalajara.

jueves, 9 de octubre de 2008

OLIVARES A VISTA DE PÁJARO


OLIVARES A VISTA DE PÁJARO

Los confines de la Manchuela en donde asienta el pueblo es un terreno irregular. Nada tiene que ver Olivares con esos otros lugares situados sobre un plano completamente horizontal de la llanura manchega, como es fácil comprobar viajando solamente unos cuantos kilómetros hacia el sur y dentro de nuestra misma provincia.
Entre un barranco importante: el del Pilar, y un valle de huertos, el de la Vega, se alza como a caballo una buena parte del pueblo. Al pie, ese revoltillo de curvas de las Arrevueltas, la gracia del verde intenso de los Lamparazos, y más arriba campos de labor en el secano, como en abierto contraste con las tierras del saliente, muy a distinto nivel, con dirección al río, campos de cultivo hasta donde la vista se pierde por las colinas grises de Valverde y por las demás sinuosidades que dibuja el horizonte, ahora punteadas allá a lo lejos con generadores eólicos que giran y giran a capricho del viento, algo tan connatural con el paisaje manchego.
Y Olivares, el pueblo, a manera de mirador con sus barrios diferentes, con sus plazas mayores y menores repartidas por todos los barrios; un pueblo que cedió en número de habitantes de forma alarmante, es verdad, pero que ganó en superficie al extenderse extramuros con decenas de almacenes, y con viviendas de aquellos que, con no mal criterio, prefieren para vivir el placer de las orillas dando vista al campo, detalle que en Olivares, y más todavía en ciertas épocas del año, es un regalo impagable.
La fotografía, facilitada años atrás por el ayuntamiento, da fe de todo lo dicho. Si pinchas en la imagen, ésta se ampliará de forma tal que podrás apreciar con detalle hasta el último rincón del pueblo y de sus alrededores.

lunes, 6 de octubre de 2008

EL BOLEO QUE SE FUE


EL BOLEO QUE SE FUE

Las generaciones más jóvenes lo desconocen, y la gente mayor lo añora. El juego del boleo, que nada tiene que ver con el clásico juego de bolos tan extendido por tantos pueblos de Castilla, es un viejo deporte rural que, en la modalidad que se jugó en Olivares, podíamos considerarlo como algo exclusivamente nuestro. Bolas de hierro de media libra, de una y dos, era el material al uso. Había que lanzarlas camino arriba, en un recorrido total de unos cuatrocientos metros, y volver de nuevo hasta el pie del Calvario, punto en el que toda la vida estuvo el límite. Lo normal fue jugarlo por parejas, aunque podían organizarse partidas individuales, incluso de tres jugadores por equipo tirando por riguroso turno. “Farrar” -extraña palabra- significaba iniciar la partida con el primer tiro, y “cerrar” era darla por concluida. Cuando una bola superaba a la del adversario en cierto número de metros, o de centímetros quizás, se le llamaba “ventaja”, y “tiro” cuando se le doblaba.
A veces, los jugadores empleaban un “boledor” de badana, por el que se metían los dedos índice y anular para sujetar la mano. Al boleador había quienes ataban una cinta de filaiz, que se liaba a la bola para que saliera más fuerte de la mano.
Hubo en sus buenos tiempos boleadores de primera, de segunda y de tercera. Quien esto escribe perteneció al último grupo de los tres. Los buenos, no sólo sabían administrar debidamente la fuerza, sino que, además, conocían muy bien el terreno y procuraban que el “pique” fuese sobre terreno duro, y al ser posible sobre piedra, para que la bola saliese disparada con mayor velocidad.
El “boleo”, como pista deportiva natural, ha desaparecido en Olivares. Se ha comenzado a edificar en sus márgenes, y una buena parte de su trayecto se ha convertido en calle pavimentada. Los posteriores intentos de los aficionados, por otros caminos más o menos cercanos al pueblo, no crean afición ni complacen a nadie. El boleo ha significado al cabo del tiempo, una de las más lamentables pérdidas del costumbrismo y del vivir diario de nuestro pueblo.
En esta imagen retrospectiva, Cayo Belinchón (q.p.d.) en el momento de lanzar la bola.

domingo, 5 de octubre de 2008

OLIVARES EN SEMANA SANTA


OLIVARES EN SEMANA SANTA

Como en todos los pueblos y ciudades de España, en Olivares se celebra la Semana Santa con todo el esplendor y con la devoción que requieren tan señalados días. Es ésta una de las temporadas en las que los olivareños que vivimos fuera nos, solemos juntar en el pueblo en cantidad importante. El hecho de que para muchos sea tiempo de vacación, favorece ese reencuentro.
Hace varios años que la Semana Santa de Olivares dio un cambio importante en su favor. La gente, comenzando por los más jóvenes, empezó a tomarse en serio las procesiones, y así, se crearon hermandades, se comenzaron a vestir con túnica y caperuz los feligreses, se fundó una banda local de cornetas y tambores, de manera tal que su estreno -allá por la tarde del Jueves Santo de 1994, si no recuerdo mal-se convirtió en unas horas memorables.
Cuenca es tierra eminentemente semanasantera. La capital de nuestra provincia es una de las cuatro o cinco ciudades de España cuya Semana Santa ha sido declarada de “interés internacional”, debido al arte de sus imágenes, a la gran cantidad de cofradías y de desfiles procesionales, al silencio con que se realizan, y al ambiente natural de sus calles y alrededores que colabora, como ningún otro, a esas jornadas de recogimiento.
Durante los seis últimos años, en los que la iglesia ha estado inhabilitada para el culto hasta que se acabaron las obras, la Semana Santa de Olivares ha acusado el golpe de manera sensible. Las imágenes hubo que guardarlas en almacenes particulares, y de ellos salían y a ellos regresaban después de la procesión en cada Semana Santa. Ese problema ha llegado a su fin, a Dios gracias, y éste es el momento en el que todo está previsto para que las cosas vuelvan a su cauce normal.
En la tarde-noche del Jueves Santo, procesionan desde la iglesia hasta el Calvario, con regreso por el Lejío y San Roque, tres cofradías: El Cristo de la Nave, Jesús Nazareno y la Virgen de los Dolores.
A esa misma hora en el Viernes Santo, con el mismo recorrido lo hacen las tres cofradías del día anterior, a la que se suma la cofradía del Santo Sepulcro. En la media mañana del Viernes, se sube hasta el Calvario con el Cristo de la Nave rezando el Vía Crucis.
En la madrugada del Domingo de Resurrección, es costumbre sacar a la calle la procesión del Encuentro, con la imagen de la Dolorosa, y la de Jesús Resucitado, más acorde con el momento, pues en años anteriores y por carecer de ella se acostumbraba sacar la del Santo Niño, Patrón del pueblo. El encuentro, previas las tres reverencias que manda la tradición, tiene lugar en la plaza del Lejío.

miércoles, 1 de octubre de 2008

VIRGILIO MOYA (IN MEMORIAM)


VIRGILIO MOYA (in memoriam)

No es fácil valorar en justicia lo que supone la pérdida para un pueblo, pequeño como el nuestro, de un personaje de la talla intelectual y humana de Virgilio. Profesor de universidad, investigador profundo, autor de una serie importante de libros sobre Filología y Traducción, entre los que vale la pena destacar el último de ellos: Diccionario de léxico y referentes culturales, que tuvo tiempo de concluir, pero que su inesperada muerte, a los 59 años, le impidió ver publicado.
Su pérdida me causó dolor como paisano y como amigo. El último verano que pasó en el pueblo tuve la suerte de compartir con él algunos ratos en el bar, tomando café -una de sus debilidades-, o en el Lejío a la sombra del porche de su hermano Sine, o en la sobremesa de la comida popular de la fiesta del Niño, a la que pertenece la fotografía que arriba se incluye, en ese ambiente distendido y feliz con su familia y amigos.
Del sentimiento de admiración y de dolor que dejó Virgilio entre quienes lo conocieron y lo trataron, transcribo literalmente el párrafo final del artículo en su memoria que, desde la Universidad de Las Palmas, colgó en la web de su departamento Isabel Pascua Febles, coordinadora del grupo de trabajo al que Virgilio perteneció en vida, y que dice así:
«Aunque éste es un homenaje académico, no puedo evitar comentar algo personal. Por muchos conocimientos, por muy amplia que fuera su cultura, por mucho que lo admiráramos desde el punto de vista profesional, fue bastante más importante el afecto que sentía por sus compañeras. Tal vez por ello su ausencia se nos hace dura y, muchas veces incierta. Puede pensarse que mis palabras son fruto del exceso, de ese amor de compañera y amiga, pero reflejan objetivamente nuestra gran admiración y el reconocimiento de un académico, de un intelectual, de un gran humanista, de un universitario de los de antes y de los de siempre. Continuamente en el recuerdo,Virgilio».
Y también en el nuestro.

domingo, 28 de septiembre de 2008

LAS FIESTAS DEL SANTO NIÑO


LAS FIESTAS DEL SANTO NIÑO

Las fiestas mayores del pueblo en honor del Santo Niño, o del Dulce nombre de Jesús (Hch. 4.12), han sido movidas del calen­dario en dos ocasiones. En la actualidad comienzan en la tarde-noche del día 15 de agosto y tienen su día final en una fecha imprecisa (entre el 19 y el 21 del mismo mes). Hace mucho tiempo -sólo los más viejos del lugar guardan memoria de ello- se celebraron en el mes de enero (segundo domingo), y más tarde en septiembre (tercer domingo), hasta los años del éxodo que aquí, como en tantas otras comarcas del medio rural, se produjo durante la década de los años sesenta del pasado siglo.
Fueron las fiestas patronales del Santo Niño durante años y décadas, el escape deseado y merecido para los duros quehaceres de los olivareños. Eran días de verdadero gozo, con un marcado sentido popular en el que, los casi dos mil habitantes del censo se erigían en protagonistas de su propia fiesta; primero en torno al acontecer religioso, cuyo centro de atención fue la antigua imagen del Niño (verdaderamente hermoso, según cuentas quienes lo conocieron), y luego la figura, no menos tierna y entrañable del Santo Niño actual, que vemos en la imagen, réplica bien conseguida de aquella otra anterior a la guerra civil. Los festejos profanos gozaron, así mismo, de una enorme importancia, incluso para el resto de los pueblos de la comarca, circunstancia que todavía se da hasta el punto de que en dos o tres noches señaladas de la fiesta de agosto, son más los forasteros que deambulan por nuestras calles que los propios nativos; pues, aun contando con los miem­bros de nuestras familias que no nacieron aquí, somos en todo caso minoría.
Suponen a estas alturas las fiestas del Santo Niño un encuentro con una buena parte de los olivareños que en tiempo pasado abando­naron la patria chica, y con no pocos de sus descen­dientes que acuden puntuales cada verano a la convocatoria festiva de la casa común. Las fiestas son ante todo un espectáculo prolon­gado, familiar e íntimo -cada vez menos familiar y menos íntimo- con acordes sonoros de banda de música en las dianas y pasacalles, y explosiones de pólvora como telón de fondo.
El Lejío sigue siendo, como antes también lo fue, el corazón de la fiesta; punto en el que concurren los tenderetes y en donde se dan la mayor parte de las ofertas festivas en las que se puede participar durante esos días. De un tiempo a hoy la fiesta jolgo­riosa del baile popular, de las competiciones deportiva y de los concursos, ha variado de manera sensible hacia la fiesta del consumo fácil. Tan sólo se han conseguido librar del vaivén de los tiempos las manifestaciones religiosas, que continúan situadas en el lugar que les corresponde con toda la pompa y solemnidad que tuvieron siempre: la Salve que se canta durante la noche de la víspera en honor a la Virgen, y las multitudinarias celebracio­nes litúrgicas con procesión de los días 16 (fiesta mayor) y 17 (procesión de la subasta), tal vez hayan ganado en vistosidad, ilusión y entusiasmo.
La Ranra juega un papel fundamental durante las dos prime­ras fechas. Sus componentes se encargan de brindar colorido y de ofrecer un carácter personal a la fiesta. Entre las más destacadas innovaciones del acto religioso, figura la ofrenda floral al Santo Niño durante la procesión del día dieciséis, aportación, como cabe suponer, de la colonia olivareña en tierras de Valencia y que el pueblo, con el paso del tiempo asumió como suya.
Por lo demás, orquestas para baile cada noche en el Lejío, y capea durante las últimas fechas en la nueva plaza de toros, completan con algunos actos más de diversión el cuadro festivo anual en honor de nuestro Santo Patrón. La aceptación durante las noches de pólvora y encierro de nuestras fiestas por parte de la juventud de los pueblos vecinos, resulta extraordinaria -tal vez demasiado extraordinaria-, hasta el punto de hacerse práctica­mente imposible el tránsito por algunos espacios cruciales.
Un voto a favor del “pregón de fiestas”, como acertada aportación cultural, y de la “comida popular fin de fiesta”, novedades a las que se les dedica en este blog una página aparte.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

COMIDA POPULAR FINAL DE FIESTA


COMIDA POPULAR FINAL DE FIESTA

Por lo que tiene de convivencia en común y de trato con la gente, es éste para mí el verdadero broche de oro en las fiestas del Santo Niño. Se trata de una actividad festiva con un origen reciente. Tiene lugar en el interior del túnel que deja el nuevo trazado de la carretera de Cuenca a la altura de la ermita de San Isidro.
Se me antoja como una especie de homenaje público de feliz reconocimiento a la estrella del menú festivo por excelencia: la caldereta de carne de toro, una delicia para el paladar cuando es cocinada y debidamente condimentada por algunos de los hombres del pueblo, expertos en esta clase de eventos gastronómico, quienes bien entrada la mañana se reúnen en el ruedo de la plaza de toros, sitúan a cierta distancia unas de otras las sartenes de la fritura, y con buena leña, buenos ánimos, y mejores ingredientes, se ponen manos a la obra de su faena, en la que han demostrado ser, un año tras otro, auténticos maestros.
Al hilo de las tres de la tarde, cuando los dos o tres centenares de comensales ya se han situado por grupos de amistad a de familia a un lado y al otro del ancho túnel, la comitiva de los cocineros se hace notar por el camino de las eras a tiro de cohetes, de dulzaina y tamboril, o de música de charanga como en la última edición.
Son doce o quince calderetas las que se distribuyen a lo largo del pasillo central del túnel, tantas y con tal cantidad de producto, que a pesar del elevado número de comensales, todavía suele sobrar una buena parte de la vianda.
Bien comidos y bien bebidos, aunque siempre con unos gramos de moderación, los olivareños ponen -ponemos- punto final a las fiestas patronales sin demasiado pesar ni nostalgia alguna, pues todo el mundo sabe que con renovados ánimos todo volverá a repetirse al año siguiente.
Una función de variedades que, cómo no, también cuenta en gran número con sus incondicionales entre la gente mayor, será la que cierre definitivamente las fiestas patronales en horas bien avanzadas de la noche.

martes, 23 de septiembre de 2008

PARAJES Y PAISAJES ( II )


PARAJES Y PAISAJES ( II )


El Pilar es en realidad un barrio periférico del pueblo, pero también un paraje característico situado al norte del vecindario, al que se conoce como Barranco del Pilar. Siempre estuvo cultivado de huertos, y en una pequeña parte todavía lo está. Se riega con el agua sobrante de la fuente que queda por encima, en la parte alta. La Fuente del Pilar conserva su chorro permanente, y tiene al pie un cumplido abrevadero, casi cuadrado, en el que durante pasadas décadas se sirvieron para beber los pares de mulas que bajaban en verano de trillar desde las eras de las Columnas. En el barrio del Pilar se han construido últimamente algunas viviendas de nueva planta, y transformado la carretera -la antigua general de Madrid a Valencia- con obras recientes de importante envergadura.

Los Lamparazos son dos vallejuelos o cañadas parejos y muy similares, situados al borde de la antigua carretera general cercana al pueblo. En ellos abunda el matorral, los zarzales y el álamo blanco. Fueron muy estimados por sus aguas para el riego; lugares frescos en los que nunca falta el trino sutil y variopinto de diversas especies de pájaros cantores. En uno de ellos se instaló un cómodo merendero.

El Vivero ha perdido ya todo su viejo encanto, y lo tuvo abundante. Su nombre nos lleva a pensar que fue en otro tiempo criadero de árboles, posi­blemente de olmos, para repoblar cuando su trazado los márgenes de las carreteras. Hubo en aquel lugar una casilla de peones camine­ros, de la que apenas queda un montón de piedras, o tal vez ya ni aun eso. Fue un lugar ameno y arbolado, al que daba verdadero gozo ir. Queda a dos kilómetros del pueblo, bajando por la antigua carretera general a mano derecha, con dirección al río.

El Cerro de la Horca resguarda al pueblo de los aires del norte. Sirve de mirador hacia el caserío desde las eras de las Columnas. Es, como casi todos los cerros que entornan a Olivares, de tierra caliza y dura, siendo muy frecuente hallar sobre la superficie puntas de lanza de yeso cristalizado, que los lugareños conocen por "espejillo". En el Cerro de la Horca -que por su nombre pudo ser lugar de ejecución en tiempos muy remotos-, era costumbre colocar durante la noche de difuntos las "calaveras", hechas de calabazas huecas con ojos, boca, y una vela encendida en su interior, mirando al pueblo.

Las Columnas son las tierras altas que hay a la salida del pueblo, a uno y otro lado de la carretera de Cuenca. Hasta su desaparición con la llegada de las modernas técnicas agrícolas, en las Columnas hubo casi un centenar de eras para los trabajos de trilla y recolección. Fueron impresionantes los copudos olmos de las eras, de los que todavía se conserva algún hermoso ejemplare, la mayoría de ellos dañados por la epidemia que amenazó acabar con la especie durante los últimos años. En las eras de las Columnas se jugaba al fútbol, a falta de un campo mejor, contra los equipos de mozos de otros pueblos vecinos. El nombre le viene dado porque, hasta hace algunos años, existieron sobre la parte alta de las eras dos columnas enormes de hierro, de las que sostenían el tendido eléctrico de alta tensión.

El Lavadero del Cojo fue un lugar privilegiado por la abun­dancia de agua que manaba de una fuente a ras de tierra y como tal que ya no existe. Quedaba muy cerca de la rambla de las Cañás, y se llegaba por un camino que parte de la carretera de Cuenca, con dirección a La Parrilla, a un kilómetro escaso de las eras de las Columnas. En el Lavadero del Cojo había dos pilones enormes, preparados en sus bordes con artesas de cemento para lavar la ropa. Las mujeres acudían a lavar casi todas las semanas, con el avío de ropa sucia en un serón de esparto a lomos de una caballe­ría. A última hora de la tarde regresaban con su cargamento de ropa lavada y seca. Los dueños del lavadero solían cobrar una peseta por el servicio, y dos durante los años últimos cercanos a su cierre definitivo. Se clausuró hace más de cincuenta años, cuando el agua se llevó a las casas y en los hogares se contaba con medios más prácticos y más cómodos.

Las Arrevueltas es el nombre popular con el que en el pueblo se conoce la serie de curvas que forma al salir la carretera que baja hasta el cementerio. Son cinco en total las curvas que aparecen antes de llegar a la Fuente de las Palomas. Cuando entra el buen tiempo, las Arrevueltas sirven como lugar de paseo que la gente suele frecuentar, sobre todo al caer la tarde y en los anocheceres serenos del verano. La imagen representa un aspecto de las Arrevueltas desde el pretil de la iglesia.

lunes, 22 de septiembre de 2008

PARAJES Y PAISAJES ( I )


PARAJES Y PAISAJES ( I )

Por las orillas de Olivares, pero dentro de lo que es posible llegar dando un paseo, son varios los lugares que para los vecinos tienen un atractivo muy especial; parajes del agrado de todos; sitios donde a la gente gusta ir y recordar con nostalgia; campos u orillas cargados de recuerdos de juventud siempre entrañables. Casi ninguno de estos sitios es ya lo que fueron antes. Al publico, unos por probar fortuna y otros por necesidad cuando el pantano acabó con la ribera, les dio por emigrar y el campo se quedó adonde estaba, allí en su sitio, ajeno al dictado de los nuevos tiempos; pero en cada lugar queda para cuantos ya hemos llegado a la madurez el memorial afectuoso de lo que antes fue, de lo que significó en su día como escenario incomparable de nuestras alegres correrías de juventud.
De todos estos parajes que rodean al pueblo, posiblemente sean los más significativos:

La Vega, con su famoso puente en la carretera que sale hacia La Almarcha. En la Vega no se hizo la concentración parcelaria por tratarse de una tierra excepcional, de regadío, muy cercana al pueblo. Se extiende extramuros al suroeste del caserío, y baja de poniente a saliente a uno y otro lado de la rambla. Casi todo el vecindario tenía (y aún tiene) su pequeña parcela en la Vega; terrezuelas de ínfima capacidad, de doscientos o de trescientos metros cuadrados como mucho por término medio, que fueron durante tanto tiempo despensa de hortalizas para casi todo el pueblo. Desde la Vega se regresa por la senda empina­da de los Olmos de Poveda o por la Cuesta de la Iglesia. Hoy, el vistoso vallejo de la Vega se ve atravesado por el nuevo desvío en la carretera de Cuenca. La visión abierta de la Vega desde el pretil de la iglesia, es la imagen que nunca se borra en la memoria de los olivareños.

La Fuente de las Palomas está situada junto a la antigua carretera de Valencia, entre copudos y elevados olmos al otro lado del cementerio. Tiene un pilón alargado de cemento. Su agua, en exceso caliza, baja entubada a flor de piel desde la cima del cerro próximo en donde tiene el manantial. Sirvió durante muchos años como abrevadero para los pares de mulas que pasaban por allí a diario hacia la Ribera, o hacia los trabajos de labor y de acarreo. Su agua, que sigue manando como un pequeño hilo, limpio y transparente que baja desde el cerro, hoy se aplica para lavar los coches y para que los niños bajen a pescar renacuajos.

Cañalastejas es el nombre de la cañada que se cierra al final de un valle que lleva su mismo nombre. Dista del pueblo algo más de un kilómetro en línea recta y se va por camino de tierra. En Cañalastejas manó siempre una de las fuentes más emblemáticas del término. La abundancia de vegetación, las frescas sombras, lo escondido y romántico del sitio durante los atardeceres, convierten a aquel en uno de los rincones más aconsejables para el paseo, incluso para dar cuenta de una merienda a la sombra de los pinos cercanos.

La Cruz del Cerro Tejao la han movido de sitio para construir la desviación de la carretera de Cuenca. Se alcanza a ver sobre un montículo desde las inmediaciones del pueblo y desde el atrio de la iglesia. Más o menos está situada entre la Vega y la carretera de La Almarcha a la altura de la Fuente de la Guindale­ra.
Parece ser que la mandó levantar un coronel carlista, hacia los años finales de la guerra contra los isabelinos, aunque de ello nada debió quedar escrito. La forman dos pesadas piezas de caliza; una como brazo principal sube desde el suelo hasta la cruz propiamente dicha, la otra forma los tres brazos restantes en un solo bloque.

El Pozo. Fue durante años -siglos quizá- la fuente de agua potable que sirvió al pueblo para el consumo diario de personas y de familias. Hay varios pozos en Olivares, pero el pozo por antonomasia, El Pozo, queda al poniente del casco urbano, apartado escasamente quinientos metros desde las últimas casas. La desviación de la carretera de Cuenca lo ha separado del pueblo y ahora se accede a él por el ojo de un enorme túnel de metal. En el año 1991 se construyó sobre el manadero de El Pozo una ermita en honor de San Isidro.
El público utilizó sus servicios, acarreando el agua con caballerías provistas de aguaderas de esparto para cuatro cánta­ros, hasta la década de los años sesenta que se llevó el agua a los distintos domicilios.

La Moraleja queda como remate de un mismo valle al final de la Vega, con dirección al antiguo camino de La Hinojosa. Choperas de finos y elevados ejemplares, huertecillas fértiles, ceremeños y matorral, constituyen la vegetación propia de aquel paraje. El reciente desvío de la carretera de Cuenca ha dejado los campos de la Moraleja apartados del resto de la vega.


En la fotografía un aspecto de la Vega de Olivares en el mes de mayo.