sábado, 13 de diciembre de 2008

ROMERÍA A LA VIRGEN DE UCERO



Según hemos leído en el "Diccionario" de don Pascual Madoz, Ucero fue a mediados del siglo XIX un caserío anejo a la parroquia de Olivares. Nosotros lo hemos conocido cien años después como una aldea próspera, de gentes honradas y laboriosas, de mozas guapas que durante el verano se cubrían el rostro con un pañuelo y los brazos con dos manguitos para que los soles de la recolec­ción no dañaran su blanquísima piel; una aldea hacia la que los olivareños nos solíamos volcar en romería una vez al año, coinci­diendo con el segundo domingo del mes de mayo -fiesta grande y única de Ucero-, cuando no en cualquier otra fecha y con apremio, para rogar a la milagrosa imagen de su Patrona que mandase en abundancia el agua para los campos. Jamás, que uno recuerde, falló la suplicante omnipotencia de la Señora, cuando en situaciones extremas la lluvia era pedida con el tesón y la fe de nuestros antepasados.
Mas pongamos en juego la memoria y acerquémonos en visión retrospectiva a la aldea de Ucero, pujante y en pie hasta hace algo más de treinta años. Es el segundo domingo del mes de mayo, y las galeras y los carros del pueblo, algunos mozos en bicicleta y los chicos en tropel, partimos en buena hora carretera adelante.
A eso de la media mañana se oye a distancia sonar por los sembrados el campanillo de la ermita avisando a los que llegan que la misa comenzará de un momento a otro. Las gentes se van acomodando por los alrededores del caserío, a la sombra de los árboles si los hay o de sus carruajes en pequeños grupos de familia. El sonoro esquiloncillo da el último toque. Como la ermita resulta pequeña, decenas de asistentes han de seguir la ceremonia desde el exterior. Al terminar el acto religioso dentro de la ermita, se saca en procesión la imagen de la Virgen que da la vuelta entera un par de veces por los alrededores de las casas. El público fiel camina detrás de las andas entonando cantos de súplica que los campos de la aldea oyen repetir cada año:

Virgen del Lucero
poderosa Madre,
mándanos el agua,
no nos desampares.

Virgen del Lucero
extiende tu manto,
y dile a tu Hijo
que riegue los campos.

Los trigos se secan,
las hierbas no nacen,
y los corderillos
se mueren de hambre...

Entre canto y canto la Tía Marciana de Roda improvisa unos versos que recita delante de la Virgen.
La imagen es una talla románica de la primera mitad del siglo XIII. Una de aque­llas imágenes en posición sedente con el Niño Jesús sentado sobre sus rodillas. En la mano derecha sostiene un lucero hecho con chapa plateada y un pequeño espejo redondo. Alguien tuvo alguna vez la desafortuna­da idea de revestirla con una especie de ropajes de saco y escayo­la, pintándola después con fuertes tonalidades ocre, blanco y azul. No hay duda de que bajo ese tosco revestimiento se esconde una imagen extraordinaria del tipo, quizás, de aquellas catalanoa­ragonesas de Monserrat, de la Merced y de Torreciudad, antes de que éstas fueran tan cuidadosa­mente restauradas.
La comida familiar sobre la hierba, las horas de convivencia y de viaje a campo abierto al caer la tarde, completaban cada primavera aquella jornada de amistad con los habitantes de Ucero.
Cuando subieron las aguas del pantano, las cuatro o cinco familias que allí vivían se vieron obligadas a abandonar la aldea. Casi todas ellas se marcharon a Villaverde, de donde eran oriun­das. La imagen de su Patrona también se fue con ellos, y allí la conservan en una de sus viviendas con toda dignidad y respeto. Aún se tiene en cuenta aquella fiesta. Grupos de olivareños se acercan cada año hasta Villaverde y, por lo general, se trae a nuestra iglesia la venerable imagen durante una temporada.
La aldea de Ucero ya no existe. Hay en todo aquello un montón testimonial de piedras y de escombros no lejos de los cauces del Júcar; una muestra más de lo mucho bueno que se llevó el panta­no.

(La fotografía nos muestra el estado actual de la aldea de Ucero. Ruinas de la ermita)

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