martes, 23 de septiembre de 2008

PARAJES Y PAISAJES ( II )


PARAJES Y PAISAJES ( II )


El Pilar es en realidad un barrio periférico del pueblo, pero también un paraje característico situado al norte del vecindario, al que se conoce como Barranco del Pilar. Siempre estuvo cultivado de huertos, y en una pequeña parte todavía lo está. Se riega con el agua sobrante de la fuente que queda por encima, en la parte alta. La Fuente del Pilar conserva su chorro permanente, y tiene al pie un cumplido abrevadero, casi cuadrado, en el que durante pasadas décadas se sirvieron para beber los pares de mulas que bajaban en verano de trillar desde las eras de las Columnas. En el barrio del Pilar se han construido últimamente algunas viviendas de nueva planta, y transformado la carretera -la antigua general de Madrid a Valencia- con obras recientes de importante envergadura.

Los Lamparazos son dos vallejuelos o cañadas parejos y muy similares, situados al borde de la antigua carretera general cercana al pueblo. En ellos abunda el matorral, los zarzales y el álamo blanco. Fueron muy estimados por sus aguas para el riego; lugares frescos en los que nunca falta el trino sutil y variopinto de diversas especies de pájaros cantores. En uno de ellos se instaló un cómodo merendero.

El Vivero ha perdido ya todo su viejo encanto, y lo tuvo abundante. Su nombre nos lleva a pensar que fue en otro tiempo criadero de árboles, posi­blemente de olmos, para repoblar cuando su trazado los márgenes de las carreteras. Hubo en aquel lugar una casilla de peones camine­ros, de la que apenas queda un montón de piedras, o tal vez ya ni aun eso. Fue un lugar ameno y arbolado, al que daba verdadero gozo ir. Queda a dos kilómetros del pueblo, bajando por la antigua carretera general a mano derecha, con dirección al río.

El Cerro de la Horca resguarda al pueblo de los aires del norte. Sirve de mirador hacia el caserío desde las eras de las Columnas. Es, como casi todos los cerros que entornan a Olivares, de tierra caliza y dura, siendo muy frecuente hallar sobre la superficie puntas de lanza de yeso cristalizado, que los lugareños conocen por "espejillo". En el Cerro de la Horca -que por su nombre pudo ser lugar de ejecución en tiempos muy remotos-, era costumbre colocar durante la noche de difuntos las "calaveras", hechas de calabazas huecas con ojos, boca, y una vela encendida en su interior, mirando al pueblo.

Las Columnas son las tierras altas que hay a la salida del pueblo, a uno y otro lado de la carretera de Cuenca. Hasta su desaparición con la llegada de las modernas técnicas agrícolas, en las Columnas hubo casi un centenar de eras para los trabajos de trilla y recolección. Fueron impresionantes los copudos olmos de las eras, de los que todavía se conserva algún hermoso ejemplare, la mayoría de ellos dañados por la epidemia que amenazó acabar con la especie durante los últimos años. En las eras de las Columnas se jugaba al fútbol, a falta de un campo mejor, contra los equipos de mozos de otros pueblos vecinos. El nombre le viene dado porque, hasta hace algunos años, existieron sobre la parte alta de las eras dos columnas enormes de hierro, de las que sostenían el tendido eléctrico de alta tensión.

El Lavadero del Cojo fue un lugar privilegiado por la abun­dancia de agua que manaba de una fuente a ras de tierra y como tal que ya no existe. Quedaba muy cerca de la rambla de las Cañás, y se llegaba por un camino que parte de la carretera de Cuenca, con dirección a La Parrilla, a un kilómetro escaso de las eras de las Columnas. En el Lavadero del Cojo había dos pilones enormes, preparados en sus bordes con artesas de cemento para lavar la ropa. Las mujeres acudían a lavar casi todas las semanas, con el avío de ropa sucia en un serón de esparto a lomos de una caballe­ría. A última hora de la tarde regresaban con su cargamento de ropa lavada y seca. Los dueños del lavadero solían cobrar una peseta por el servicio, y dos durante los años últimos cercanos a su cierre definitivo. Se clausuró hace más de cincuenta años, cuando el agua se llevó a las casas y en los hogares se contaba con medios más prácticos y más cómodos.

Las Arrevueltas es el nombre popular con el que en el pueblo se conoce la serie de curvas que forma al salir la carretera que baja hasta el cementerio. Son cinco en total las curvas que aparecen antes de llegar a la Fuente de las Palomas. Cuando entra el buen tiempo, las Arrevueltas sirven como lugar de paseo que la gente suele frecuentar, sobre todo al caer la tarde y en los anocheceres serenos del verano. La imagen representa un aspecto de las Arrevueltas desde el pretil de la iglesia.

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