jueves, 11 de agosto de 2016

LA IMPORTANCIA DE NACER EN PUEBLO


         Es bien sabido por muchos de los que me conocen que tengo una manifiesta debilidad por los pueblos de España, de manera especial por los de Castilla y especialísima por los de Guadalajara y Cuenca, provincias en la que vivo y en la que nací, respectivamente. Los pueblos de Guadalajara los conozco todos: 434 en los que aún vive gente, sobre todo en verano. Y los conozco no como mero espectador o como turista de paso, sino como persona interesada por ellos, cuyo deseo no ha sido otro que conocerlos bien y dejar constancia escrita de ellos pensando en la posteridad. A los de Cuenca los conozco menos, pero debo decir que me interesan todos, y que me hubiese gustado, si la vida en plena forma para hacerlo diera más de sí, haber hecho de ellos otro tanto. Algunos los he visitado y he escrito de ellos, pero son los menos. No obstante, y por razones de peso que a nadie se le escapan, un pueblo de Cuenca tiene garantizada la mayor parte de mis amores y de mis querencias. Me refiero al mío, al pueblo en donde nací, donde fui niño, donde están enterrados mis padres y viven dos de mis hermanos.
         Mi pueblo tiene bonito hasta el nombre: Olivares de Júcar se llama. ¿Cuál otro lo podría igualar?: Madrigal de las Altas Torres?, Villanueva de los Infantes?, Sos del Rey Católico…? No sé; los encuentro demasiado pomposos y altisonantes. Me quedo con el mío.

         Cuando yo era niño, mi pueblo andaba en torno a los dos mil habitantes o algunos más. En Olivares había cinco escuelas repletas de alumnado; contaba con un funcionariado completo y con sanos deseos de vivir. Buenas tierras para la agricultura, que mis paisanos trabajaban con ilusión y con sabiduría; la Nacional II pasaba por el pueblo y le daba vida. Teníamos una ribera formidable de regadío, suficiente para sobrevivir en caso de extrema necesidad, que jamás llegó a darse.
         Se construyó el pantano de Alarcón, subieron las aguas embalsadas hasta cubrir la ribera por completo, y la mitad de la población se quedó sin trabajo y sin medios de subsistencia. Comenzó la obligada diáspora, la gente se fue. La siguiente generación, una buena parte de los que nos quedamos allí nos fuimos abriendo camino por otros derroteros, hasta que el pueblo se fue quedando en la décima parte de lo que había sido; uno más, un futurible lugar de gene mayor, como lo ha pasado a ser gran parte del medio rural castellano. Durante el verano el pueblo se rejuvenece; intenta ser lo que antes fue -por cuanto a población se refiere- por obra y gracia de las fiestas del Santo Niño, nuestro Patrón.

         Como de costumbre, he acudido puntual a la cita con parte de mi familia. Reencuentro con la antigua amistad; momentos y ocasión única de recordar tantas cosas buenas de nuestros años jóvenes, y otras no tanto; pero que llevan el calor y el color de lo que es nuestro y nos devuelve, un poco en alas de la fantasía, a aquellos tiempos ya idos, peores quizás, pero que tuvieron la gracia de hacernos felices; una felicidad muy distinta de la que hoy podemos disfrutar y que ahí está, ocupando su espacio en las celdillas del corazón, que es, siempre lo he creído así, como la primera página del libro de nuestra vida.